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{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}

Unas pinzas para la ropa

“¿Una pinza para la ropa?”, pregunta el novato. “Métetela en el bolsillo y calla”, contesta el veterano. Es la primera vez que el novato va a una manifestación y la cosa está calentita. Los vecinos de la barriada llevan dos semanas de protestas para que se paralicen las obras y el alcalde no se baja del burro. Dice que es necesario hacer unas piscinas. Los vecinos se han movilizado porque creen que lo necesario es que las instituciones públicas les amparen. La barriada cuenta con un 40% de paro y muchas familias no tienen ningún ingreso.


“¿Estás de broma? ¿y tú por qué no llevas?” El veterano mira al novato como el que se mira al espejo y se ve 30 años más joven: “Haces demasiadas preguntas, novato. Lo que tienes que hacer hoy es oír, ver y callar, ¿entendido?”. La intención del novato es insistir y sólo con el gesto de abrir la boca, antes incluso de esbozar una letra… “Que te calles, novato”. Al novato le parece indignante tan humillante trato y está por enfurruñarse el muy porfiado, pero enseguida entiende que necesitará ayuda.


“¿Fuiste ayer a recoger eso?, le pregunta otro veterano a otro novato. “Sí, pero no tenía todo el pedido. Sólo he podido conseguir 40 cajas de 100”. El otro veterano mira a través de la ventana de la habitación. Está amaneciendo y los primeros destellos de luz velan ante el desolador paisaje: campos de hortalizas que fueron expropiados, huertas ahora infecundas por montañas de tierra que las excavadoras se dedican a remover todos los días. “Todo va a salir bien”, sentencia el otro veterano.


Ya es la hora. En cualquier momento van a aparecer los camiones y las excavadoras. Allí están todos preparados. Los vecinos con vítores poniendo la banda sonora a la barricada fabricada con contenedores. La policía preparada para cualquier altercado. El alcalde en su despacho informado en todo momento de lo que pasa. Los camioneros dirigiéndose al lugar sabiendo que ese día tampoco trabajarán, pero que llegarán a sus casas hechos un asco.


“Ahí llegan, se les ve a lo lejos. Echa un plano”, le dice el reportero al cámara de la televisión local de turno. El operador de cámara resopla puesto que ya estaba grabando. Había escogido el ángulo perfecto. En medio de los dos bandos y a lo lejos las excavadoras acercándose. ¿Has cogido las pinzas de la ropa?, le pregunta el periodista al cámara. El cámara no contesta hasta que no deja de grabar. “¿Puedes callarte un minuto? ¿No te das cuenta de que estoy grabando y todo lo que dices se oye por el audio ambiente?”. El plumilla pone cara de poker mientras con la mano juguetea con la pinza que tiene en el bolsillo. También es su primera manifestación y va y le toca esa. Siente que tiene la responsabilidad de relatar un momento histórico y piensa estrenarse haciendo la pieza para el informativo al estilo Kapuscinski.


Los camiones y las excavadoras se van aproximando. A medida que se van acercando, el ambiente se caldea más y más. Los vecinos chillando, los policías de la primera fila protegidos con los escudos y los cascos. Están en posición muralla, listos para cargar.


El veterano ordena al novato que se ponga al final y le advierte de que es hora de sacar la pinza de la ropa. El otro veterano le coloca un pasamontañas al otro novato y le dice que reparta las cajas entre los vecinos que están en primera fila. El periodista de la tele ya tiene puesta la pinza en la nariz y repite en su cabeza una y otra vez la entradilla que tiene preparada. El cámara piensa: “Este se cree que es Kapuciski”. El alcalde espera la llamada de uno de sus asesores, que está allí lo suficientemente cerca como para controlarlo todo y lo suficientemente lejos como para que no le salpique. El delegado del Gobierno también está en su despacho esperando la llamada del alcalde. En última instancia él será quien ordene a la policía cargar contra los manifestantes.


Los conductores están sudando la gota gorda viendo el panorama. El primero llama al segundo: “Yo me paro aquí. No puedo avanzar más.” Y ese mensaje corre hasta el último vehículo. El otro veterano escucha que cesa el ruido de motores y grita: “¡Fuego!” y los manifestantes comienzan a arrojar los miles de bombas fétidas de las que disponen. El asesor del alcalde retransmite por teléfono la jugada al alcalde. Las secretarias hacen el resto del trabajo y la policía ya está cargando.


El plumilla no puede parpadear, el cámara no puede dejar de grabar. Los manifestantes corren, la policía detrás. El conductor del primer vehículo está compartiendo en Facebook los vídeos que graba con el móvil. El novato, con la voz ridículamente congestionada a causa de la pinza de la ropa, le dice al veterano: “vamos a detener a ese, es el cabecilla, es el que ha ordenado lanzar las bombas fétidas”. El veterano le responde: “Cállate, novato. Hay que coger al del pasamontañas y a sus amiguitos. Esos son los que a la larga pueden dar guerra”. Finalmente agarran al otro novato y a otros tantos, lo menos 17. Van a ajustar cuentas con ellos en los calabozos antes de ser juzgados por incitar a la violencia y agredir a la autoridad.


El cámara viene con el coche a recoger al redactor, que sigue allí parado con la boca abierta, la pinza de la ropa en la nariz y los ojos como platos: “Vamos. Sube, plumilla”. Llegan a la redacción. Al final no ha hecho la entradilla pero al redactor jefe le da igual. Lo que le importa es que el plumilla utilice la palabra ‘violentos’ y que cuando termine de escribir la pieza, se la pase para revisarla. Es entonces cuando se da cuenta de que no es Kapuciski. Una lágrima corre por su mejilla y es que la pinza para la ropa le ha provocado una buena herida en la nariz.


La historia ya ha salido en todos los medios de comunicación y siempre con la misma versión, pero ahora parece que la gente se nutre de otras fuentes para enterarse de lo que está pasando. Ha visto muchos vídeos que la tele ha obviado, quizás de los camioneros o de los vecinos o de gente que grababa desde sus ventanas. El pueblo apoya a los manifestantes, la gente se siente identificada con ellos y ante eso, no hay teoría de Goebbels que valga. Los políticos están acorralados y no tienen más remedio que aprobar en pleno extraordinario la paralización temporal de las obras para ver si se calman las aguas.


Pero continúan las manifestaciones. El plumilla ya no lleva pinza para la ropa y ha tirado a la basura el que era su libro favorito, ‘Ébano’. Al veterano le han ascendido a comisario. El novato ya se pone en primera fila. No lleva pinza para la ropa sino casco y ya puede repartir palos. El alcalde recibe una llamada. Es una conferencia desde una ciudad italiana. Parece que es necesario convocar otro pleno extraordinario. Esta vez para paralizar las obras de manera definitiva.


El otro veterano ha encontrado un buen abogado para el otro novato. El fiscal pide para él 8 años de cárcel. Va a verle a casa para decirle que no está solo, que la comunidad le respalda. Está lleno de hematomas y heridas, pero no tiene un parte médico ni pruebas de que le han pegado. Está hecho polvo física y moralmente: “¿Qué he hecho yo? ¿por qué me quieren meter a la cárcel?” El otro veterano le habla con franqueza: “Los detenidos sois las cabezas de turco. Recibís un castigo ejemplar para meter miedo y que todo el mundo esté calladito. Pero no nos van a callar y menos ahora que hemos comprobado que hay esperanza si estamos unidos, que la gente nos apoya y ya no se cree lo que sale en los telediarios. Este cuento acabará bien para el pueblo, para todos nosotros, para ti también”.


El otro novato mira hacia el suelo perdiéndose en sus propios pensamientos. Quizás tenga razón y el cuento acabe bien. A lo mejor puede salvarse. El otro veterano se levanta y se asoma a la ventana. Está anocheciendo y los últimos rayos de luz velan ante el desolador paisaje. En la ventana de al lado está la madre del otro novato tendiendo la ropa y observa como una de las pinzas se resbala de sus manos e inevitablemente se precipita al vacío./Montse Catalán desde el blog 'Mundo mundano'



Autor: Montse Catalán

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