2712

{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}

Una proposición indecente

La taberna de Manuela

Ramiro ojea todos los periódicos de la taberna a primera hora de la mañana cada día de la semana. Un café con leche para impregnarse de la prensa diaria y dependiendo del número de clientes comenta las portadas con Manuela, o directamente con alguno que disfruta de su desayuno junto a él. Ramiro trabaja en un periódico local y ha convertido ya en tradición comentar, aplaudir y cuestionar los titulares de la prensa. “¿Qué tal anoche?”, pregunta dirigiéndose a Manuela. “Bueno, tres copas rotas, un tsunami de insultos, discusiones varias pero vamos, no llegó la sangre al río como en el anterior partido”. “De todas formas –prosigue Ramiro- vaya partido, tengo la sensación de que todo lo que tiene que ver con la justicia en este país funciona mal”. Manuela dibuja una tímida sonrisa y continúa poniendo cafés.


En la esquina del fondo Lucía consulta su móvil. Su cara evidencia un fin de semana movido e incluso cierta preocupación. “Manuela, tenemos que hablar”. “¿Algo urgente?”, responde la dueña de la Taberna. “No… bueno si, esta tarde después de comer que andarás más tranquila me paso y te cuento”. Manuela esboza una sonrisa cómplice, la que siempre ha unido a Lucía con el local. Ramiro absorbe el último trago de café y se despide airoso de Manuela, y de Lucía, con un escueto “¿todo bien?, no te había visto”. Lucía asiente con la cabeza.


Lucía tiene un cierto don camaleónico desde que hace unos meses se separara de su marido. De día se presenta como una joven apuesta, discreta, tímida, seria, poco accesible a una conversación con alguien desconocido. De noche recupera la sonrisa, la discreción se torna en un don de gentes insaciable, la timidez queda anclada entre las paredes de su casa, la seriedad vive su momento más desenfrenado dando pie a conversaciones de lo más banales con su vecino o vecina de barra. Su look apuesto adopta matices de una joven impresionante. Su imagen se transforma. Cuellos altos, pantalones poco llamativos y una cazadora gris visten su día. Botas altas, minifaldas o pantalones ajustados, escotes amplios y ligeros disfrazan su noche.  Tenía claro que si su ex había preferido irse con otra, ella no se quedaría en casa llorando la ausencia. Se sentía fuerte, atractiva, llena de una confianza que se desvanecía cuando le resultaba imposible llegar a final de mes. Un trabajo de cuatro horas en la oficina no le da para piso, comida, facturas y alguna que otra juerga nocturna de vez en cuando.


Poco antes de las 16 horas Lucía regresa a La Taberna de Manuela. Se acerca a la barra mientras Manuela le indica que espere un segundo. Junto a Lucía descansa el Marca, con un aspecto de estar muy leído, o al menos, muy ojeado. Lucía pasa páginas hasta que ve una foto en la que Busquets pisa la cabeza de Pepe. Manuela se acerca: “Ya estoy. Tenías mala cara esta mañana”. “Has visto esta foto –dice Lucía señalando con el dedo- qué asco da el fútbol”. Manuela expresa un gesto de afirmación. “Pero dime, ¿te pasa algo?”. Lucía agacha la cabeza, piensa y reacciona. “No sé cómo decirlo…”. “Me estás asustando”, advierte Manuela. “El sábado por la noche me prostituí”. Manuela mira fijamente a Lucía, esperando a que su clienta preferida prosiga. “Conocí a un tipo en un bar que estaba solo. Es un argentino que lleva dos meses trabajando aquí y se va en dos semanas. Me preguntó algo y me hizo gracia su forma de hablar, ya sabes, melosos, enredadores… Total, que me quedé hablando con él y al rato me preguntó si quería otra copa. Le dije que si. Hacia las dos le dije que me marchaba, se habían ido ya mis amigas. Se quedó callado y sin cortarse me contó que dormía en un hotel y que si me apetecía echar otra copa en su habitación. No me preguntes porqué pero dudé un instante antes de aceptar. Y bueno, ya te imaginas lo que pasó allí, nos acostamos y nos quedamos dormidos. Cuando me desperté, poco antes de venir aquí ayer, me encontré 120 euros encima de mi ropa. Le pregunté que si era suyo y me dijo que no, que era mío".

-          ¿Y esto por qué?


-          Acéptalo


-          Que acepte 120 euros porqué, ¿por pasar la noche contigo?


-          Si. Te parecerá extraño, pero me siento mejor pagándote.


-          ¿Me estás llamando puta o me lo parece a mí?


-          Sé que no lo eres, pero me siento mejor si creo que lo eres.


"El caso –prosigue Lucía- que me vestí, metí los 120 euros en el bolso y salí de la habitación dando un portazo. Al principio era como si me obligara yo misma a sentirme mal, pero la verdad es que no y eso aún me hace sentirme peor. Tengo 33 mensajes suyos en el móvil proponiéndome pasar la noche con él y la verdad, no sé qué hacer”.  Ambas prolongan un buen rato la conversación hasta que Lucía sale de la taberna con el móvil en la mano y escribe. “Te gusta creer que soy una puta, ¿no?”. Él argentino responde un escueto si. “Muy bien –escribió Lucía- iré esta noche a tu hotel. Pero el precio sube”. “Pon tu el precio”, respondió el argentino. “300”. “A las 20.30 estaré en la habitación. Te espero”, zanjó el hombre.@RobertoOrío



Autor: Roberto Orío

Suscripción a la Newsletter Enviar