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{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}

Un buen día

La Taberna de Manuela

Un día entero en casa, removiendo la mente, buscando explicaciones, reconforta. Una ducha, tiempo de sofá y manta, una noche bien dormida, reconforta, aclara las ideas. Han sido tres días de una locura no esperada, de sobresaltos, de experiencias nuevas, en algún momento agradables, pero también humillantes. Lucía sale de casa camino de la Taberna, a por su café diario, con una sonrisa que ilumina un rostro marcado también por la tensión de los últimos días. Ha bloqueado el contacto de Luis y siente que es la mejor decisión que ha podido tomar. Se detiene un instante antes de entrar en la Taberna, suspira, se llena de fuerzas y accede al local mientras sonríe tímidamente a Manuela. “Te debo una explicación”. “No me debes nada”, responde Manuela, “pero me tenías preocupada. ¿Qué ha pasado?"Digamos –suelta Lucía- que no iré con Argentina en el Mundial”. “¿Pero estás bien?”. “Hoy si, Manuela, pero ayer lo pasé mal. Ya te contaré”.


Lucio está al fondo acompañado de café, bollo y prensa. Lee en ABC: “Busquets, de lío en lío”. “Por fin algún periódico dice algo sobre esto” mientras echa de menos la presencia de Ramiro, de los pocos que le siguen su conversación de taberna. A Lucio le gusta llevar razón, permite el diálogo, pero insiste hasta que el compañero que osa conversar con él admite sus argumentos, bien por cansancio, bien porque de vez en cuando sus palabras expresan algo coherente y lúcido o bien porque ofrece síntomas de evolucionar hasta el cabreo y si algo tiene instaurado Manuela es que ‘A enfadarse, a la calle. Aquí vendemos buen rollo’, tal y como reza un cartel en la columna de piedra que da la bienvenida a los clientes. De hecho, Manuela le ha propuesto varias veces a Lucio, más en broma que en serio, ser el relaciones públicas de la Taberna. Cada vez que los ojos de Lucio divisan la entrada al local de un hombre de mediana edad hacia arriba y que directamente busca un periódico que ojear en la barra, se dirige a él disimuladamente y analiza su comportamiento. En función de la respuesta verbal y gestual del nuevo cliente, Lucio se adentra en una conversación más profunda o se retira derrotado. Y para eso de entablar conversación, la prensa supone un recurso similar al tema del tiempo en el ascensor. Y Lucio lo sabe.


En la tele repiten una información de ayer del Telediario de TVE1 en la que dicen que “se alquilan habitaciones gratis a cambio de sexo” con el propietario. El Informativo sigue contando que han visto “una decena de anuncios similares”, incluso una periodista aparece en pantalla haciéndose pasar por una interesada llamando a uno de los anunciantes que sorprendentemente responde que “solo pide dos veces por semana, tampoco es mucho”. La información ofrece la excusa perfecta a Lucio para indignarse con él mismo. “Esta país se desmorona, ¿no cree?”, dirigiendo su mirada hacia un hombre de barba blanca, sombrero y gabardina de décadas atrás. “Este país nunca ha estado tan estable como para que se desmorone, vivía de una falsa sustentación, un falso pilar que jamás estuvo firme”. Manuela suspira medio asustada y piensa en las consecuencias de que Lucio haya encontrado la horma de su zapato. “¿O no ve usted –añade el hombre de barba blanca- lo que pasa en Cataluña. Eso ha sido un polvorín en estado de reposo, como los volcanes, mientras ha corrido el dinero. Ahora que la pasta afloja, ha prendido la mecha y entra en erupción”. Ambos conversan durante unos minutos. Por la cabeza de Lucio aparece la figura de un gran conversador y mejor ‘discutidor’, algo que no sabe bien si le gusta o le asusta. Y no ya por el significado de sus palabras, siempre debatibles y subjetivas, sino por la firmeza, la seguridad de su expresión. Le viene a la cabeza eso de que hay que rodearse de gente más inteligente y válida que uno mismo, pero en este caso esa frase no le termina de convencer. Su estatus de cabeza visible en las conversaciones, de líder en el debate de barra, labrado durante años en La Taberna de Manuela, podría caer en picado ante la aparición de un hombre que por su vestimenta, ha modernizado y adaptado a su edad el estilo propio del movimiento hippie. Sorprendido por la respuesta de aquel nuevo cliente, Lucio apuesta por cambiar de tema. “¿Y lo de Busquets, qué le parece?”. “Si se refiere usted a algún futbolista, no cuente conmigo. Estamos igual de indignados por la subida de la luz que porque se cobre por ver fútbol en la tele. Es buen ejemplo de la inteligencia humana”, ironiza el hombre de la gabardina. Manuela esboza una sarcástica sonrisa que Lucio observa de reojo mientras las venas de su cuello comienzan a hincharse, no ya por el comentario en sí, sino por el carácter tajante de la respuesta. Ramiro saluda en voz alta y Lucio ve en él el salvador de aquel momento embarazoso, ese, momento que puede hacer temblar los pilares de su castillo de conversación. “Ramiro, mira lo que dice este caballero, que nos preocupa la mismo la subida de la luz que el hecho de que cobren por ver fútbol en la tele”. Ramiro, saluda al hombre del sombrero y barba blanca y responde: “Tiene razón, Lucio”. Manuela pasa de la sonrisa a la carcajada mientras Ramiro le guiña el ojo. Lucio tiende la mano a aquel hombre y se excusa para huir de lo que él considera una encerrona.


Tengo buenas noticias Manuela, buenísimas. Esta noche cuando me veas entrar ponme directamente un gintonic, que hay que celebrarlo”, señala exultante Ramiro. “¿Y eso?”, responde Manuela. “Una reunión con el director del periódico en la que me ha dicho que confía en mi trabajo y que le proponga temas que se puedan desarrollar ampliamente. Tengo uno del que he ido recopilando información, se lo contaré esta tarde a ver qué le parece”. “Pues que vaya bien Ramiro, me alegro”.@RobertoOrío desde Reportajeados



Autor: Roberto Orío

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