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{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}

Un banco y los amigos que siempre llegan

Yo no me había percatado. Fue Ana quien me advirtió de su presencia. Al parecer la escena se repetía a diario. Cada mañana, en el Paseo del Espolón, un hombre ocupa un banco con espacio para cuatro personas. Lo hace con la tranquilidad de quien posee un título de propiedad invisible. Se sienta en La Rosaleda, frente a la fuente de las ranitas, dejando las terrazas de las cafeterías a su espalda. 

 

Cuando alguien se acerca con intención de sentarse responde con suma educación que está esperando a unos amigos. El banco permanece medio vacío durante largos minutos. A veces durante una hora; hay mañanas que tan sólo lo ocupa él. En términos estrictamente de urbanismo moderno es un pequeño escándalo. En términos humanos, es una de las escenas más hermosas de la ciudad.

 

El tiempo, a determinada edad, deja de funcionar con la precisión de los relojes y adopta la flexibilidad de las conversaciones. Mientras espera a sus amigos, el anciano contempla el desfile humano del Espolón. Jubilados, madres y padres empujando carritos de bebé, adolescentes con auriculares, turistas que fotografían la estatua del Espartero. Y uno piensa que, en realidad, aquel hombre no está guardando un banco, defiende una costumbre. Porque ese hombre no está usurpando espacio público. Está reservando tiempo. Hay una diferencia importante. 

 

Es un tipo elegante. Lleva pantalones bien planchados, zapatos limpios y una chaqueta ligera incluso cuando el tiempo aconseja otra cosa. Pertenece a esa generación que entendía que salir a la calle exigía una cierta ceremonia. No baja al centro; comparece ante el día y la ciudad. 

 

Lo imagino levantándose temprano, afeitándose despacio, escogiendo la camisa adecuada, peinándose frente al espejo como quien se prepara para una cita importante. Y la cita lo es. A cierta edad, salir de casa no consiste en matar el tiempo; consiste en celebrarlo. Cada mañana es una pequeña victoria sobre los achaques, los medicamentos y los amigos que ya no están. Mientras nosotros corremos para llegar a algún sitio, él sale de casa simplemente para seguir perteneciendo al mundo.

Quizá la elección del banco como punto de reunión tenga que ver con el precio alcanzado por el café en las terrazas y la incapacidad de la pensión como jubilado para hacerle frente a diario. Quizá sólo sea una cuestión de libertad y de respirar el aire libre. O quizá, ambas cosas.

 

Lo cierto es que el Espolón pertenece tanto a estos jubilados como los árboles. Han visto pasar más alcaldes que nosotros, más reformas urbanas, más modas y más crisis. Cuando ellos eran jóvenes, ese mismo paseo ya era el salón de Logroño. Allí se cortejaba, se paseaba y se conversaba. La ciudad cambiaba de ropa, pero seguía reuniéndose en el mismo lugar. Hoy continúan haciéndolo. Sólo que ahora la reunión compite contra las terrazas, los teléfonos móviles y una sociedad que parece sospechar de cualquiera que permanezca quieto más de diez minutos.

 

Ana me señala a un grupo de personas que observan al hombre con irritación. La ciudad debería conceder a las personas mayores derechos sin tener que aparecer en ordenanza alguna. El derecho a caminar despacio. El derecho a detenerse en mitad de una conversación. El derecho a contar una historia cuyo final ya conocemos todos. El derecho a mirar una obra durante veinte minutos sin saber exactamente qué se está construyendo. Y también, por qué no, el derecho a guardar un banco en el Espolón para compartirlo con sus amigos.

 

Unos amigos que surgen despacio, como todas las cosas importantes. Uno viene desde Vara de Rey. Otro desde la Gran Vía. Otro más desde el Casco Antiguo. Se saludan, toman posesión del banco y comienzan a hablar de sus asuntos. El tiempo, el médico, los nietos, la política o el último vecino que se ha fallecido. Temas modestos que sostienen el mundo con más eficacia que muchos congresos internacionales.

 

Desde que Ana me mostró a aquel hombre, cada vez que contemplo a una persona mayor sentada en un banco reconozco una declaración de principios. Una forma elegante de recordarnos que la ciudad no está hecha sólo para circular, consumir y producir. También está hecha para quedarse, para reservar hueco para quienes aún tiene algo que contarse… aunque sea en el banco más cotizado de El Espolón./Javi Muro



Autor: Javier Muro

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