2717
{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}
Seis grados de separación
La Taberna de Manuela
Amanece en La Taberna de Manuela. Los primeros clientes se posicionan en la barra. Lucio dibuja una sonrisa permanente. Parece que aquel hombre de sombrero y gabardina de décadas atrás era un cliente ocasional. En la tele hablan de una nueva oleada de inmigrantes que desde primera hora intentan saltar la valla a gritos de “España, España…Libertad”. ABC habla del avión no accidentado en Canarias y que recorrió informativos y redes sociales como la espuma hasta que minutos después fue desmentido. Falsa alarma, una noticia que no fue noticia. Junto a ella, el mismo periódico publica un reportaje titulado ‘Noticias en internet que han sido bulos’ en el que se recuerda que “Fidel Castro, Murdoch o Morgan Freeman fueron dados por muertos en Twitter”.
Pero la mente de Lucio está en otro sitio, en una de esas paranoias que él mismo se monta tras escuchar algo en un sitio cualquiera y a lo que otorga una relevante importancia pasajera. Se acerca a Lucía, como siempre, sentada junto a la barra e inmersa en su móvil. “¿Lucía, has visto ‘Seis grados de separación’?”. La joven ladea la cabeza y responde: “¿Los que debieran separarte de mí?”. Lucio sonríe y vuelve al ataque. “Es una ‘peli’ muy interesante”, y sin dar opción continúa. “Es una teoría que dice que cualquier persona puede estar conectada a otra persona por medio de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios”. Lucía le atiende perpleja, pero Lucio continúa: “A ver, tu tienes cien amigos, tus cien amigos tienen cada uno otros cien y así sucesivamente. Al final, en el último nivel, has podido contactar con 1.000.000.000.000 de personas”. “Es verdad –señala Lucía mientras termina su café- búscame a Bradd Pitt y dile que le espero esta noche en mi casa”.
Aquella noche en su casa, más bien en su portal no apareció Bradd Pitt, pero si Luis, aquel argentino educado y extraño que satisfacía sus deseos más carnales a base de billetera. “¿Qué quieres?”, espetó Lucía con un tono tosco. “Me adelantan la vuelta a casa y había pensado que igual podíamos cenar a modo de despedida”, suplicó Luis. “Después una copa –prosiguió Lucía- que si echamos la última en tu habitación, nos acostamos, y ¿cuánto me pagarás esta vez? ¿Por qué lo haces, es algún tipo de fetichismo?, no lo entiendo”. “De eso quería hablar contigo. Déjame invitarte a cenar”.
Lucía accede. Luis es un hombre amable, educado, muy extraño, pero en el fondo se siente atraída hacia él. Quizá no más que una atracción física movida por la necesidad de rehacer su vida tras la huida de su marido. O quizá, por recordar aquellas aventuras de adolescente en las que un sábado noche se transformaba en una magia y una pasión que se tornaba en debate interno el domingo para ir esfumándose entre la rutina de una nueva semana.
“¿Y bien Luis?, tú dirás”. “La verdad, no sé cómo explicarlo”. “Precisamente con la verdad”, responde Lucía en un tono serio. “Mira, estoy casado. Mi mujer está en Argentina, no la veo desde hace un par de meses”, explica Luis. “Bueno, además de que eres un cabrón, eso no explica que me pagues como si fuera una puta”, interrumpe Lucía. “Lo sé –prosigue Luis- pero es como si al pagarte limpiara mi culpabilidad, es como si la infidelidad fuera solo sexual, sin sentimientos, por eso te dije que quería creer que eras puta”. Lucía se toma un tiempo antes de decir nada. Da un sorbo a la copa de vino blanco, evita cruzar la mirada con Luis. “Mira guapo, además de un cabronazo, eres bobo. Ya le dije a Manuela que me costaría mucho ir con Argentina en el Mundial”.
Lucía da un último trago al vino. “Este blanquito está rico, guarda un poco y se lo llevas a tu mujer, ah, y le dices que le has echado mucho de menos y que sentimentalmente no le has sido infiel, eso sí, que la has metido un par de veces pagando, pero sólo por necesidad biológica, ella lo entenderá”. Lucía se levanta de la mesa haciendo chirriar la silla contra el suelo, se pone su abrigo y sin despedidas y sin cena, sale del restaurante y se dirige a su casa. A medio camino cambia de dirección hacia la Taberna de Manuela. Entra al local, repleto de gente un viernes por la noche y pide un gintonic. “Cárgamelo bien Manuela”. “Tú me dirás hasta dónde”, responde la dueña de la Taberna. “Ahí”, señala Lucía mientras apostilla. “¿Te has planteado alguna vez enamorarte de una mujer?”. “Muchas veces Lucía, de hecho te deseo con todas mis fuerzas”, responde Manuela esbozando una sarcástica sonrisa que contagia a Lucía.
La joven llama a Lucio con un gesto. Éste abandona el debate en el que se encuentra inmerso con un par de amigos del barrio y se acerca a Lucía. “Quieres saber más de la teoría de los enlaces ¿no?”. “Pues mira, si”, responde. “Empecemos la cadena. Hay que buscar a la mujer de un argentino de cuarenta años, guapo, elegante, bastante gilipollas y mediocre en la cama. Cuando la encuentres hay que decirle que su marido es un putero”. Ramiro no aparece ese día por la Taberna, entregado a la oportunidad que el director del periódico le ha brindado./@RobertoOrío desde 'Reportajeados'.
LO MÁS LEIDO
Suscripción a la Newsletter 