8429

{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}

Mi equipo murió

A todos nos han preguntado muchas veces por nuestro equipo de fútbol y la respuesta no debería tener ninguna complicación. Lo difícil es verse obligado a responder que no, que la realidad es que tu equipo ya no existe, ni las ilusiones, filiaciones y momentos compartidos en torno a él, pero que nos queda el recuerdo de emociones y sufrimientos y sobre todo nos embarga la nostalgia cuando recordamos aquellas tardes de domingo, aquellas noches de sábado, aquellos partidos de Copa. Se nos llena la boca al hablar de aquel tiempo en el que participamos de la historia de un fútbol que hoy nos cuesta reconocer. Éramos del Club Deportivo Logroñés, un club cuya historia no fue (todavía se hace raro hablar en pasado) más trágica que otras pero que, en su caso, culminó con su definitiva desaparición en el año 2009.


Con la perspectiva que dan los años, quienes disfrutamos de aquello podemos considerarnos unos afortunados; fuimos testigos y actores de una época desaparecida y de un fútbol de cuyo pasajero privilegio aún no éramos conscientes. Asistíamos entregados a la época más gloriosa de nuestro equipo y disfrutábamos de partidos que pocos años antes no hubiéramos soñado.


La historia de nuestro equipo está ligada a una fecha concreta: el 14 de junio de 1987. Aquel día lluvioso el Logroñés ascendía a Primera División por vez primera en una Historia que arrancó en un Logroño y una Rioja de posguerra que comenzaba a crecer como ciudad gracias al éxodo rural. Se podrían utilizar varios eufemismos para definir a una entidad que básicamente era calificada como equipo modesto, humilde o, lo que es lo mismo, del montón; morador habitual de categorías como Tercera, Segunda y Segunda B, cuando se creó, y que pronto sería reconocido, entre otras cosas, por su campo de fútbol (aún no estadio), el viejo Las Gaunas.


Calificado eufemísticamente como “coqueto” o “vetusto”, Las Gaunas era un desafío arquitectónico, kafkiano y desordenado en el que cada grada representaba el momento determinado en que había sido ampliado en función de las necesidades. Una metáfora interesante de la ciudad. El ascenso también obligaría a construir un graderío con nuevas e inverosímiles tribunas pero, inalterable y majestuosa frente a todas ellas se alzaba una mole de cemento y techos de uralita: La General. Ocupando un lateral del campo donde se congregaba de pie la mayor parte de la afición, soportando de frente el sol de las cinco de la tarde, se concentraba entre humo de tabaco y efluvios de pacharán la masa ruidosa y festiva, las charangas y algunas de las peñas que le imprimían el carácter por el que la entonces inocente afición del Logroñés sería reconocida en el resto del país esos primeros años en la élite. Como en otros campos de fútbol, en Las Gaunas se veía representada la estratificación social. Ya en aquellos años la reivindicación de un campo nuevo era un clamor, aunque este no llegó hasta el año 2002.

 

Pero nada de aquello importaba aquel 14 de junio de 1987, el día del punto de inflexión. Aún no nos creíamos que nos iban a visitar el Real Madrid, el Barcelona, el Atlético de Madrid o el Athletic de Bilbao, que comenzaba una época que marcaría a una serie de generaciones de logroñeses y riojanos. Los viejos aficionados se frotaban los ojos, nuestra pequeña región tendría su hueco semanal en los telediarios, en ‘Estudio Estadio’ y en las radios. Aquel día un montón de banderas de La Rioja ondearon en las celebraciones en el estadio y por las calles.
Vestíamos como el Athletic de Bilbao y jugábamos al “estilo del norte”, es decir, duro, en un campo que se embarraba más a menudo de lo natural, sin concesiones a la sutileza. Teníamos jugadores difíciles de comparar con el modelo actual, pero que generación tras generación se hicieron con un hueco de la memoria colectiva de un equipo pequeño, humilde, de una ciudad “de provincias” (ya capital autonómica) y de una región olvidada.


Por eso aquel 14 de junio de 1987 lo cambió todo. Desempolvamos un orgullo deportivo que hasta entonces solo paseábamos en el frontón y nos emocionamos. Niños, jóvenes y adultos éramos igualmente novatos ante lo que se nos avecinaba: nuestro equipo, aquél que los más veteranos habían acompañado a Tudela, Miranda, Calahorra o a tantos lugares cercanos, estaría en Primera. Empezábamos a soñar despiertos y nos decíamos que un año estaría bien. No podíamos competir, no éramos nadie, no teníamos grandes jugadores, y la primera vuelta daba esa impresión; apenas ganamos dos partidos y perdíamos muchos. Pero tras una espectacular segunda vuelta nos salvamos. El sueño seguiría.


Y comenzaron a escribirse las páginas más ilustres de nuestra historia. En las elecciones de 1988 Marcos Eguizábal se convirtió en presidente del Logroñés y comenzó su trayecto de héroe a villano para volver a ser héroe por el viejo procedimiento del “otros vendrán que bueno te harán”. Contrató a entrenadores como Irureta, Vidal o Aimar se trajo de Argentina a Ruggeri y Alzamendi e hizo otros fichajes importantes como Sarabia o Quique Setién. La  temporada 89/90 alcanzamos nuestra cima con el séptimo puesto de la mano de Romero. Luego vendrían las salvaciones agónicas de las 92/93 y 93/94, que fueron celebradas como auténticos triunfos, y el descenso con record negativo incluido del año siguiente. Aún regresaríamos a primera en el año 96, dirigidos por Juande Ramos, pero no fue más que rápida y cortés despedida que Eguizábal aprovechó para vender el Club a un grupo de empresarios riojanos que, enredados en la “guerra del fútbol” y la pugna por los derechos televisivos, supusieron el principio del fin de nuestros días de gloria.


Las deudas ya nos habían tocado de muerte, pese a lo cual el equipo sobrevivió unos años en Segunda hasta el descenso a Segunda B de la temporada 99/00, que se convertiría en descenso administrativo a Tercera y daría paso a situaciones lamentables en escenarios increíbles: creación de equipos “alternativos”, nuevos e improbables dueños e infructuosas mediaciones institucionales que iban eclipsando el discurrir del equipo por las categorías más modestas mientras se hacía tarde para la recuperación. Una parte de la afición se resistía a perder la ilusión, seguían creyendo en su camiseta y su escudo a la vez que las inasumibles deudas añadían clavos al ataúd. El estadio se seguía vaciando y las nuevas generaciones ya no echaban de menos el fútbol de los domingos por la tarde. En el año 2009, estando en Tercera División, llegaba el triste e inmerecido final de nuestro maltratado equipo.


Los posteriores intentos por impulsar un equipo en la ciudad no han dado resultado, incluso han contribuido a aumentar la zozobra con la creación de dos equipos clónicos, que intentaban aprovechar el tirón del histórico Logroñés con filosofías diferentes. Dos equipos que compiten en un nuevo Las Gaunas semivacío instalados en el pozo de la Segunda B y que cada verano reeditan el sainete de una fusión que nunca se produce.


El equipo de nuestra ciudad, nuestras victorias y derrotas, nuestras alegrías y decepciones, nuestro momento álgido después de los campos de tierra y el barro que conocieron nuestros padres y abuelos, y nuestro genial himno cuya letra tristemente no fue premonitoria; tras mucho chutar, querer no fue poder y su destino fue la desaparición./Sergio Andrés Cabello y Javier Castro Senosiai (*).

 

(*) Autores del estudio 'La pelota en La Rioja'



Autor:

Suscripción a la Newsletter Enviar