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{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}
Máldito hombre del tiempo
A pesar del hombre del tiempo, tenía un frío insoportable. Los escalofríos invadían mis huesos a la misma velocidad con la que el meteorólogo aseguraba que el famoso anticiclón de las Azores se disponía a cubrir el norte de la península con soles y agradables temperaturas. Yo vivía al norte. Bueno, mi apartamento no disponía de vista a la playa, pero comparado con otros puntos geográficos se encontraba bastante al norte.
Todo es relativo –seguro que los valores climatológicos también-, por lo menos así era cuando te despertabas aún un tanto entumecido e inconsciente de ‘güisqui’ y con la sensación de haber tirado una noche más. Tenía el difuso recuerdo de haber reído –a carcajadas, a gusto-, pero eso tampoco resultaba extraño un viernes por la noche, después e haber disfrutado de los amigos y de unas copas. También haber llorado, pero no el motivo.
Ahora tenía frío, estaba helado, pero estaba seguro de que al arrojarme sobre la cama, ya de madrugada, era calor lo que sentía. Quizá durante el letargo había sucedido algún extraño fenómeno climatológico que escapaba a toda explicación científica. Eso era; seguro. O quizá alguien o algo me había trasladado desde algún paraje del sur hasta el norte, donde hacía frío; por mucho que el hombre del tiempo se empeñara en colocar luminosos astros sobre el mapa. Parecía convencido de los que decía, pero él no estaba tiritando, sino calentito bajo los focos del plató de televisión. No es lo mismo.
De haber tenido fuerzas, me habría acercado a la ventana. Seguro que desde allí, a través del cristal, comprobaría si continuaba viviendo en el mismo lugar en el que me había acostado unas horas antes. Un nuevo escalofrío colaboró a transformar el frío en incertidumbre. Y si afuera, más allá del infinito que dibujaba el alfeizar, ya no estuvieran ni la plaza con la fuente, ni la estatua del general. Y si tras la ventana ahora sólo hubiera montañas heladas, muñecos de nieve, y niños con bufandas y gorros de borla.
Pestañeé. Era un ejercicio aprendido en los cómics, servía para volver a la realidad; más bien para comprobar que lo que estabas viendo u oyendo era real. En aquella ocasión el gesto era inútil. Poco importaba como fuera el exterior, si permanecía tumbado continuarían siendo conjeturas. Y poco importaba mi ubicación real, lo inalterable era la temperatura. Aun así pestañeé. Un leve serpenteo entre las sábanas me ayudó a recuperar cierta noción de materialidad. Estaba congelado, pero existía, era palpable.
Lo cierto es que la habitación, las reproducciones de Lichenstein, el color de las paredes y los pocos muebles –un ropero que imitaba estilos decorativos de mayor empaque que su verdadero origen, adquirido en un mercadillo, y una mesilla de teca mejicana- que la completaban, se correspondían con la imagen que retenía del dormitorio de mi piso. Así que, si recapacitaba con un poco de lógica, las dudas sobre mi ubicación en el mapa tampoco debían intranquilizarme demasiado.
A pesar de todo, el frío no desaparecía, aunque el relevo en la pantalla del experto climático por una colección de anuncios había caldeado un tanto el ambiente. La publicidad alivió mis temblores.
El televisor continuaba encendido, seguro que no había dejado de parpadear a lo largo de toda la noche. A veces, al regresar a casa cuando comenzaba a amanecer, acostumbraba a encender la tele mientras echaba algo al estómago. Anoche no recordaba haberlo hecho, pero eso tampoco significaba nada.
Es curioso como los lugares comunes que escupe la televisión son capaces de relajarte y enviarte, a pesar de que físicamente estés deshecho, a una duermevela placentera. El secreto radicaba en localizar la postura correcta, el resto queda en manos del ritmo cansino de la sangre tras una larga noche de juerga. No fallaba. Aunque quisieras levantarte no es posible. La película más absurda –habituales en la sobremesa- o la más interesante, ya fuera la comedia más divertida o la historia más cruenta, obtenían idéntica respuesta en el mismo tiempo. Primero, una dolorosa tirantez en los párpados al tratar de permanecer despierto. Después, una vez comprobada la imposibilidad de mantener un pulso victorioso con el peso de las pestañas, una pérdida paulatina de visión, acompañada de un adormecimiento invencible. No hacía ni un cuarto de hora desde que el hombre del tiempo me había despertado con su imaginario ‘buen tiempo’, cuando el proceso de alergatamiento daba sus primeros pasos; la experiencia me recordaba que era inútil hacerme el fuerte, en breves instantes me rendiría y con toda probabilidad no volvería a estar consciente hasta la noche. Entonces repetiría una y otra vez que no volvería a salir.
La película era de las absurdas y el nirvana ya había iniciado su proceso de captación, cuando se abrió la puerta del baño. En la pantalla un tío vestido de amarillo aseguraba que el virus mortal había viajado en el organismo de un mono capturado en un safari en África; mientras, Lucía me daba los buenos días.
- Ahora tengo que marcharme; creo que no me dejo nada.
Un beso y una sonrisa.
Pestañeé… No había duda, aquella tarde iba a ser diferente. Despierto como nunca, pude comprobar que el hombre de amarillo tenía más amigos que vestían como él, y el mono –en un acto de generosidad casi humano- había compartido el virus con todo el reino animal.
Lo que no alcancé a comprender es por qué el hombre del tiempo no me avisó, cuando me despertó, de que Lucía había dormido en casa. A quién le importa el tiempo que hace./J.M.
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