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{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}
La peonza
Isaac está jugando con su nueva peonza. La lanza y se queda mirándola ensimismado mientras da vueltas. Para él, La Tierra gira a esa velocidad. La tira entre la gente, que va de aquí para allá, e Isaac no entiende cómo no se fijan en la belleza de su giro. Y la recoge con la cuerda, la vuelve a enrollar y la vuelve a lanzar, esta vez encima de un tablón que sirve de mesa para apoyar todas las herramientas. Ha hecho un hueco previamente para no entorpecer su trayectoria. Y la persigue obsesionado con su mirada para recogerla en la palma de su mano y dice: “¡Mira cómo baila en mi mano, papá!”. Pero su padre no le hace caso. Está a otras cosas.
Su padre está junto con otros vecinos recogiendo escombros. Entre todos ya han retirado 50 toneladas. Es un trabajo duro, más si cabe al ver el estado del edificio, una casa abandonada que fue okupada hace 17 años para transformarla en un centro social en el que los vecinos organizaban charlas, cine y otras actividades. Un verdadero ejemplo de autogestión en el que no es necesario el poder, ese al que le entregamos libertades individuales a cambio de seguridad y orden.
Todo comenzó hace unos días. Isaac le dijo a Pablo que le cambiaba su bonita peonza por la suya. La peonza de Isaac era llamativa, de un verde que al girar se convertía en un torbellino de naturaleza salvaje y vehemente. Pero tenía un fallo, estaba rajada. La peonza de Pablo era negra, pero estaba nueva. Los dos amigos estaban negociando el trueque a la salida del colegio, a las puertas del centro social, cuando vino aquella excavadora. Desde que era pequeño, Isaac había sentido fascinación por las excavadoras y allí estaba él, parado, frente a la excavadora, como aquella imagen del rebelde desconocido frente a los tanques en la Plaza de Tiananmen. Pablo le agarró del brazo, lo apartó y se fueron corriendo.
Cuando Isaac llegó a casa le comentó a su padre que Pablo le había cambiado la peonza. Ahora tenía una menos bonita, pero no estaba rota. Su padre le dijo que aquello no estaba bien, que aunque le hubiera advertido que estaba rajada, era una estafa y le ordenó que se la devolviera. “¿Por qué?”, preguntó Isaac. “Porque un trueque siempre tiene que ser en igualdad de condiciones”.
El padre de Isaac estaba escuchando un tumulto en las calles del barrio desde hacía rato y abrió la ventana para asomarse. Atónito exaltó: “Pero… ¿qué está pasando en el centro social?”. Isaac le contestó: “No sé, pero casi me atropella una excavadora”. “Quédate aquí y no abras a nadie”, le dijo su padre mientras salía zumbando.
Isaac lo tenía claro. Iba a disfrutar de aquella peonza las últimas horas que le quedaban hasta que tuviera que devolverla. Y allí estuvo jugando, lanzándola, recogiéndola, enrollándola y volviéndola a tirar al suelo, cautivado con su danza. El parqué estaba hecho un desastre, pero su padre nunca se quejó.
El padre de Isaac entró por la puerta horas después, abatido, parecía que venía de la guerra. “Vamos a hacer la cena. Huevos con patatas”. Siempre cenaban lo mismo. Mientras su padre cocinaba, Isaac ponía la mesa. “No quiero que vayas al centro social sin mí, ¿de acuerdo?”, le dijo su padre mientras mojaba el pan en la yema del huevo. “¿Por qué?”, preguntó Isaac. “Hay problemas. Quieren echar a la gente y echar abajo el edificio. Es peligroso”. “Pero… ¿Por qué?”, reiteró el niño mientras se comía la clara del huevo. Él siempre dejaba la yema para el final. Y su padre, sin contestarle, desplegó su largo brazo y con un rápido movimiento mojó un trozo de pan en su yema. “¡Jo, papá!”, dijo chillando y a punto estuvo de llorar. “No hagas pucheros que no es para tanto. No puedes perder ojo de lo que es tuyo”.
Pasaron los días. Isaac salía del colegio y se iba directamente a casa para jugar con la peonza de Pablo. Todavía no se la había cambiado porque su padre no se había dado cuenta. Estaba a otras cosas. Llegaba cada noche del centro social molido e Isaac, cuando lo veía, pensaba: “Parece que hoy tampoco ha ganado la batalla”.
Y llegó el día en el que Isaac volvió al centro social y, cómo no, estaba jugando con la peonza de Pablo. Su padre estaba recogiendo escombros. Entre todos los vecinos del barrio intentaban reconstruir aquel refugio para pensamientos, ideas, charlas, en definitiva, sueños. Unos sueños que partían del pueblo y para el pueblo, sin intervención divina ni política. Estaban intentando recomponer los pedacitos de un proyecto que habían fabricado durante 17 años, con el que todos habían crecido.
Isaac era ajeno a todo aquello. Estaba absorto con el rápido giro de aquella peonza nueva y su baile sinuoso. Estaba perfeccionando la técnica de que girara en su mano. Llevaba varios días ensayando. La peonza que tenía antes, como estaba rajada, se inclinaba y enseguida desvanecía en el intento. Retiró los utensilios del tablón que hacía de mesa improvisada y lanzó la peonza. Esperó el momento justo y la posó en la palma de su mano. Al menos estuvo bailando durante un minuto. Fue un momento estelar que sólo pudo apreciar Pablo, que se acercó rápidamente y le dijo: “Yo también quiero, ¿me enseñas?”. “Claro, pero prométeme que me volverás a cambiar la peonza. Aunque esté rota, quiero la mía”./Montse Catalán desde 'Mundo mundano'
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