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{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}

INEM y bombas fétidas

Otra vez, Concha tiene que ir a fichar al INEM. Ya falta poco para que se le acabe la prestación por desempleo pero prefiere no pensar en ello demasiado. Está ahí, con su móvil nuevo. Se ha introducido en el mundo del Wathsapp. ¡Vaya rollo y qué indiscreto!, piensa. Está haciendo tiempo mientras le toca su turno.


Un hombre de unos 50 años está a su lado leyendo el periódico. Cada dos minutos aproximadamente resopla, desde el fondo de su alma. Concha le escucha pero está absorta en con su nuevo juguete. Le parece una tontería pero no puede dejar de mirarlo. De repente el hombre cierra el periódico, se levanta del asiento y con el índice de la mano derecha en alto exhorta:


Con más de 6.000.000 de españoles buscando empleo, con una corrupción a mansalva, con la infanta imputada, con Bárcenas y sus papeles, con los sueldos y los sobresueldos, con las preferentes, con los sindicatos en ERE, con la pretensión de relacionar con terrorismo a los manifestantes y a asociaciones de ayuda al ciudadano como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Con la que está cayendo, señoras y señores, la ministra de Empleo y el ministro de Economía tienen un Plan contra el fraude laboral. El gobierno ha emprendido una cruzada contra aquellos que no tienen nada, ni tan siquiera la posibilidad de cotizar a la Seguridad Social para cobrar en un futuro una pensión que nunca llegará. Y encima nos hablan de solidaridad con los que cumplen con la Administración”.


El hombre se sentó de nuevo y abrió el periódico por donde lo había dejado. El silencio se adueñó de la sala de espera y la gente fijó sus ojos en aquel hombre, incluso dejando de mirar el marcador que establece el turno, que es el mayor entretenimiento. Todo el mundo acaba con tortícolis en el INEM, pero ese es el menor de sus males. Lo cierto es que el marcador convierte a los parados en un trozo de carne en oferta esperando su turno para convencer al comprador que va a la carnicería.


Concha se quedó perpleja. El guardia jurado fue rápidamente al escuchar el discurso pero al ver que el hombre se sentaba no pudo ni llamarle la atención. ¡Qué le iba a decir, si tenía más razón que un santo! Después de unos minutos, todo volvió a la normalidad. La gente hacía puñetas, miraba el marcador, hablaba por teléfono, cuidaba a los niños que traían en el carrito, miraban el tablón con los cursos y las ofertas de empleo… Y el hombre comenzó a resoplar de nuevo. Esta vez Concha prestó más atención y sí, resoplaba cada vez más profundamente y en menor intervalo de tiempo. Aquello no pintaba bien.


Y luego encima nos dicen que no queremos trabajar. Señoras y señores, 2.000 personas han colapsado un pueblo de Valencia pensando que ofrecían trabajo en Ikea cuando simplemente era un taller de empleo organizado por el Ayuntamiento”. Y el hombre se volvió a sentar y a desplegar el periódico sobre sus piernas por la página donde se había quedado.


A petición de una de las señoritas que atienden en las mesas, el guardia jurado se acercó al hombre. “Por favor, caballero, comprendo su indignación pero procure no levantar la voz porque molesta al resto de la gente que está aquí esperando igual que usted y que está en una situación igual o peor que la suya”.


A mí no me molesta”, dijo Concha. “A mí tampoco”, dijo Kizito. Y así, como en la película de ‘El Club de los Poetas Muertos’, se fue levantando todo el mundo para decir en alto que aquel hombre que resoplaba tanto no molestaba en absoluto, que era la voz de todos ellos pero que nadie se atrevía a decirlo en alto. “Lo sé, señores, pero cálmense, por favor”. La gente refunfuñando volvió a hacer lo que estaba haciendo, nada.


El guardia jurado estaba con todos ellos, pero no podía manifestarlo, así que decidió tomarse la justicia por su mano. Cuando salió de su trabajo fue a ‘El País de Nunca Jamás’. A aquella tienda de disfraces que ha resistido a lo largo de los años, donde iba de niño a comprar petardos y sigue yendo para amenizar la Nochevieja después de las uvas. A aquel lugar donde todavía venden cigarros que explotan, azucarillos con mosca, almohadillas para el asiento con ruido de pedorreta… Compró una caja de bombas fétidas y al día siguiente, en la hora del café, pasó por todos los bancos y cajas que se encontró. Fue uno a uno abriendo la puerta y lanzando hacia su interior una bomba fétida hasta que terminó la caja.


Regresó a su puesto de trabajo con una sonrisilla traviesa en su cara y de vez en cuando pensaba qué habría pasado: ¿Habrán tenido que abrir las puertas para ventilar saltándose las medidas de seguridad? ¿Habrán tenido que cerrar por unas horas? Y no pudo evitar lanzar una carcajada. Todo el mundo le miró con cara estupefacta. ¡No estaba el horno para bollos!. Lo que él nunca sabrá, pero nosotros sí, es que ni en un solo banco ni caja se dijo ni se hizo nada. Simplemente, hicieron como que aquel olor ponzoñoso, ese hedor a pescado podrido y a cloaca no hubiera existido nunca./Montse Catalán desde el blog 'Mundo mundano'



Autor: Montse Catalán

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