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{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}
Envidia de 'El ala oeste' y de los cuentos de hadas
Cada campaña electoral en Estados Unidos me conecta irremediablemente con ‘El Ala Oeste de la Casa Blanca’, la serie televisiva creada por Aaron Sorkin, que narra el desarrollo de la administración del ficticio presidente demócrata Joshia Bartlet (Martin Sheen) y del trabajo de su equipo en el ala oeste de la Casa Blanca, el área donde se localiza el despacho oval.
El Ala Oeste de la Casa Blanca describe a lo largo de siete temporadas el día a día del presidente de los Estados Unidos y de las personas más cercanas a su entorno. La serie detalla cómo es el funcionamiento y el engranaje del gabinete institucional del presidente, la toma de decisiones, las negociaciones a realizar con miembros de su partido y, sobre todo, con la oposición para sacar adelante algunas de las promesas electorales realizadas; también relata los obstáculos que van encontrando a lo largo de la Legislatura y la resolución de los conflictos internacionales que se van sucediendo a lo largo del tiempo.
Partimos de la base de que los personajes ideados por Sorkin son extremadamente inteligentes y brillantes –lo que no evita que en ocasiones se equivoquen- y que tal proporción de talento se plantea imposible entre la clase política española actual y, probablemente, de cualquier otro país. Al menos por el momento.
Sabemos que es ficción, pero eso no evita que al seguir episodio a episodio la serie sintamos algo de envidia. Pelusilla por la idealización de la política desde una perspectiva general. La visión de la política como una actividad positiva desde la que se pueden conseguir logros y avances sociales; ese es el tono, la atmósfera que rodea a la serie en su conjunto, incluso cuando en más de una ocasión el relato desciende al fango y las cloacas.
Celos también de la importancia que la serie concede a las intervenciones del presidente. Discursos trabajados y preparados a través de los cuales se pretende informar sobre aspectos importantes, anunciar medidas y leyes; en definitiva, mostrar el camino. No en vano, hay quien dice que la llave de Washinton -la real- es un buen discurso. “No voten por nosotros porque piensen que somos perfectos, ni por lo que seremos capaces de hacer por vosotros. Voten por la persona que representa sus ideales, sus esperanzas, sus sueños”, dice el candidato Matt Santos en la última temporada de la serie.
Aseguran que el éxito de la serie se sustentó en el realismo de los diálogos y de las situaciones planteadas. Una autenticidad que no ha pasado inadvertida por algunas universidades que a partir de la obra de Sorkin han planteado tratados de comunicación política institucional y cursos específicos para analizarla.
Y envidia también al seguir la ficción de Sorkin, de la idealización que la serie plantea sobre la relación entre los grandes partidos. Las negociaciones para conseguir los votos necesarios para sacar adelante una Ley o una iniciativa pueden llevarse a cabo con congresistas de la oposición si algunos representantes del propio partido no conceden su apoyo. No hay problema. En el mundo Sorkin la disciplina de partido no existe, ha sido sustituida por los intereses del Estado al que representa cada congresista. Ser miembro de un partido no te obliga a votar en contra de lo que piensas. Son momentos, cuando menos curiosos al confrontarlos al espejo.
Del mismo modo, tras visionar ‘El Ala Oeste’ echas de menos los debates reales entre políticos que se suceden durante la trama y no las pantomimas preparadas y cocinadas de antemano a las que estamos acostumbrados fuera de la pantalla. Aunque eso, por lo que parece, es tal cual; los candidatos confrontan ideas y proyectos frente a frente. Así, de verdad, cara a cara. Hemos vista a Rommey y Obama hacerlo; les hemos visto ganar y perder, sin guión. Y también, les hemos visto trabajar juntos ante una catastrofe natural y otros problemas; envidia también
Pero en el fondo, quizá, el verdadero éxito de ‘El Ala Oeste de la Casa Blanca’ resida simplemente en que es una historia bien contada, que no un cuento de hadas… ¿no?/Lucas Alcalde.
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