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{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}

El primer reportaje

La Taberna de Manuela

Ramiro acudió a por su gintonic pasadas las 23 horas de aquel miércoles 26 de marzo de 2014. Y Manuela se lo sirvió nada más verle entrar por la puerta de la Taberna, tal y como le había indicado Ramiro. “Hoy no te he traído el reportaje en exclusiva, quiero que lo veas mañana en el periódico. Además, el tema va en portada”, explicó un cansado pero feliz Ramiro. “No importa –dijo Manuela- me alegro mucho por ti”.


Al día siguiente, Manuela abre la taberna cerca ya de las siete de la mañana. Enciende las luces, la cafetera y recoge los periódicos. En la portada del ‘Reportajeados’ se lee. “Mafias alrededor del cultivo”. Y un subtítulo en el que se alude a “Grupos organizados integrados fundamentalmente por portugueses controlan el trabajo temporero del campo. Los captores (1)”.


“Puede ser cualquier calle tenue de cualquier ciudad o pueblo de las cercanías de Oporto, superada la zona de Tras Os Montes. Puede ser cualquier barrio degradado de esos municipios donde las mermas económicas llegaron mucho antes que al lado español de la frontera. O quizá, unas mermas que jamás abandonaron estos enclaves.


Una joven esbelta, de cabello rubio, da la bienvenida a los coches de lujo en una de estas calles. Dibuja un saludo cargado de sensualidad y provocación destinado a esos vehículos que jamás osarían circular por esta calle sino mantuvieran un interés alejado de los cánones de la legalidad. Otra joven, de pelo moreno y más menuda, despide a los mismos coches de lujo en un último intento de detener los motores y salvar una jornada a base de juegos íntimos.


Entre ambas esquinas, el tiempo pasa sumergido en la inercia, en la rutina. La esperanza y los sueños dejaron hace tiempo de buscar un horizonte en el que reflejarse. La chatarra y el trapicheo de tabaco, alcohol y droga son los únicos pilares en los que sustentar la economía de unas familias que habitualmente son rechazadas en cualquier otro trabajo por el hecho de vivir en ese barrio. Y muchas veces, ese trapicheo no da para nada más que para hacerse con la dosis diaria de alcohol y droga destinada al consumo propio.


Las mafias de temporeros conocen la realidad de estos hombres que viven anclados en la miseria y en un desánimo que solo despierta cuando la jornada sale redonda y pueden inyectarse una dosis de alegría pasajera. Estos grupos organizados saben que en este barrio, cualquier oferta de una vida mínimamente mejor será bienvenida, será aceptada sin reproches.


Hasta esta calle se acercan coches de lujo en busca de compañía femenina, en busca de bolsitas de ilusión, pero también de una mano de obra que saldrá muy barata y que se empleará en los campos de cultivo al otro lado de la frontera.


La imagen de un coche de lujo conducido por un hombre bien vestido y amable genera confianza. La propuesta de un trabajo renumerado, supone ya abrir los ojos a una vida diferente, a la esperanza de ganar un dinero con el que mantenerse y mantener a familias enteras sumergidas en una pobreza de la que es muy difícil escapar.


Con todo, el papel de los ‘captores’, los encargados de que la mano de obra no falte en las tierras de cultivo españolas, no se presenta demasiado complicado teniendo en cuenta el perfil de trabajador que buscan. El candidato ideal es un hombre de mediana edad, por la zona en la que viven, conocedor del trabajo del campo, adicto a drogas y alcohol, sumergido en la pobreza e incluso en ocasiones, con taras físicas y mentales, tal y como consta en los informes de la Guardia Civil.


Una vez que el educado ‘captor’ ha logrado su objetivo, conduce al ingenuo temporero a una casa aislada fuera ya de la rutina y de la inercia del barrio. Una casa sin demasiados alardes pero con detalles que invitan a pensar en el lujo. Una casa gestionada por una mujer de cierta edad, que según las sospechas inducidas por la investigación, podría ser la cabeza de estas mafias en Portugal.


Allí permanecen los nuevos temporeros unos días, hasta que arranca el viaje hacia España. En ese momento, cuando las furgonetas superan la frontera, surgen los primeros síntomas para la sospecha. Las palabras amables y educadas se tornan en un tono tosco, imperativo. El captor reclama las tarjetas de identidad a los temporeros con la excusa de agilizar el papeleo de contratos y pagos. La cordialidad deja paso a la orden, imponiendo poco a poco la política del miedo, con ligeras amenazas que palian cualquier intento de reproche. Son conducidos hasta sus nuevos hogares, casas en muchos casos destartaladas y pabellones y lonjas habilitadas mínimamente para pasar noches en condiciones insalubres.


Es el papel de los ‘captores’, la primera piedra de una organización jerárquica, estructurada y basada en el engaño, las amenazas, la extorsión, la estafa e incluso las palizas públicas a todo aquel que se atreviese a desobedecer un régimen definido en los informas de la investigación como de esclavitud”./@RobOrío desde 'Reportajeados'



Autor: Roberto Orío

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