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{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}

Correr por los alrededores

Si hay un deporte que se ha puesto de moda en los últimos años ese es el running, o lo que hemos llamado toda la vida correr. Si hace un tiempo éramos unos locos los que salíamos a correr, aprovechando cualquier hora libre que teníamos, como seguimos haciendo, se ha producido un incremento exponencial de corredores. Parques y caminos son ocupados por centenares de personas, y cuando hay una media maratón o una carrera popular, cada vez se producen más inscripciones. Y el aumento de estas pruebas también es importante.


Ya lo decía Murakami en el maravilloso 'De qué hablamos cuando hablamos de correr', o ya se intuía lo que implicaba el correr en el imprescindible 'Nacidos para correr', de Christopher McDougall, donde evocaba la epopeya de los indios tarahumaras y la de los supercorredores de grandes distancias y de carreras en condiciones inhumanas. Sí, correr engancha, y mucho, no lo vamos a negar, aunque no creo que me encuentren en esas carreras ultramaratonianas.


Si tienes la suerte de residir en una ciudad para Logroño, te puedes sentir afortunado de contar con espacios para correr maravillosos. No hay grandes distancias que cubrir para acabar en el imprescindible La Grajera, con su perímetro del pantano, su vegetación y ese camino tan transitado; o recorrer los kilómetros del Parque del Ebro y del Parque de La Ribera, entre la ciudad y el río, en esas noches de invierno en las que el frío te corta; sin olvidar el Parque del Iregua, corto pero también bello. Y más lugares. Sin duda, estos son los tradicionales, los más concurridos, y los que más agradecidos son a la vista. Pero me quiero detener en otros: los caminos periurbanos.


Puede que, por cercanía o por gusto, decidas correr por esos caminos que parten de Logroño hacia otros municipios, viejas vías que llevan el nombre de la localidad a la que se dirigían. No son tan bonitos como los parques señalados, pero tienen algo. Son zonas periurbanas, que se han quedado entre el medio rural y el urbano, que con el crecimiento de las ciudades y de los municipios de los alrededores (Villamediana y Lardero en nuestro caso), están en una especie de tierra de nadie, por la que parece que en algunos momentos no ha pasado el tiempo.


Son caminos menos concurridos, algunos incluso se han acondicionado como senderos, pasan algunos coches, pocos; también hay corredores, pero no muchos; paseantes, parte de los cuales se dan la vuelta al llegar al puente de la autopista; y ciclistas, sí, estos sí que abundan, especialmente los fines de semana. Obviamente, no son caminos para ir de noche, no hay iluminación, más allá de las casas que permanecen habitadas. A mí me gusta correr por estos caminos, y observo, observo cómo esos lugares, esas casas, fincas, granjas, huertos, campos de cultivo, se han quedado en una tierra de nadie, conformando un collage heterogéneo. No son ciudad, pero tampoco son medio rural, si es que este último sigue existiendo. Las viviendas que continúan cumpliendo esta función estaban hace tiempo muy lejos de la ciudad, no era algo cercano. Sin embargo, ahora casi les va invadiendo, como le ocurrió a muchas otras casas y huertas que fueron desapareciendo por la expansión urbana. Llaman la atención algunas de las que se mantienen, su estructura de una planta, o como mucho dos; incluso parte de ellas tienen nombres en sus puertas, que evocan otras épocas. Están entre mis favoritas.


Luego hay explotaciones agrícolas y ganaderas, pocas ya. Estas son más impersonales, muchas son naves y pabellones con techos de uralita, grises. Y los campos de cultivo, las huertas y las plantaciones de frutales, que en algunos casos han visto como crecían alambradas a su alrededor porque era habitual el robo de sus frutos. En algunos huertos han aparecido carteles hechos a mano en los que se señala que se venden productos, y apuntan un móvil al que llamar. Estrategias de supervivencia en épocas de crisis. Imágenes de otros tiempos para nuevos escenarios que nos devuelven al pasado.


Sigues corriendo y vas viendo todas estas edificaciones y signos de vida, además de encontrarte con viejos edificios que han cambiado de uso, con nuevas y modernas instalaciones que albergan servicios, y al fondo unifamiliares, a los que también puedes llegar, pero que te llaman menos la atención. También hay muestras a lo lejos de cuando la antigua Carretera de Soria tenía esos chalets que eran iconos de un estatus allá por las décadas de 1960 y 1970. La Carretera de Soria nos sigue ofreciendo un muestrario de estos ejemplos, algunos ya abandonados, otros conservados, pero también símbolos de una época, con su frontón y su piscina.

 

Pero, en lo que más me fijo, lo que más me gusta, son los restos, las ruinas de lo que hubo o fue. De repente aparece un muro, o unos pilares, también las columnas de lo que fue un finca, o una casa cerrada y con sus puertas y ventanas tapiadas, o una antigua fábrica o pabellón. También hay campos abandonados, los menos. Huellas y testimonios de otros tiempos, otras épocas en los que las distancias eran más grandes.


La masa de corredores copa los parques, pero yo cruzo la circunvalación y me dirijo a esos viejos caminos que me llevan a otros pueblos, a otros paisajes tan cercanos y a veces tan lejanos, a otros momentos, y observo esos testigos de nuestro pasar. Son lugares con heridas, en forma de caminos, carreteras y autopistas, pero siguen estando ahí, algunos parece que anclados en ese pasado./Sergio Andrés



Autor: Sergio Andrés

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