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{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}
Casco Antiguo, el barrio sin lunes
Hubo un tiempo -no hace tanto, aunque en política los años cotizan como siglos- en que el Casco Antiguo de Logroño pensaba como un lugar para vivir. Se hablaba de rehabilitar y revitalizar, de trabajar para que tuviera vida a lo largo de todo el día. Con sus ruidos, sí, con sus problemas, sus vecinos y sus soluciones a medio hacer, como todas las cosas que están vivas. Era un barrio, que es una palabra que implica algo más que calles históricas. Implica panaderías donde te conocen, farmacias abiertas cuando duele algo y esa red invisible de gente que se saluda sin necesidad de agenda.
Hoy el Casco Antiguo de Logroño se parece más a un apartamento de alquiler temporal que ha decidido independizarse del resto de la ciudad.
Al parecer los pisos turísticos ya igualan a la cifra de habitantes. La frase debería estudiarse en los colegios como ejemplo para descubrir cómo una ciudad puede convertirse en su propia maqueta. Hay tantos visitantes durmiendo por días como vecinos durmiendo por años. Es como si en una familia hubiera tantos invitados como miembros y, poco a poco, los dueños de la casa empezaran a pedir permiso para ir a la cocina.
El fenómeno tiene algo de éxito mal entendido. El barrio funciona, sí. Está lleno, sí. Hay movimiento, consumo, vida aparente, pero es una vida de paso, una vida que no se queda, que no se empadrona, que no discute en la comunidad de vecinos porque no le da tiempo. Es un barrio sin lunes.
Los servicios básicos, mientras tanto, han ido desapareciendo con la discreción de quien no quiere molestar. Porque abrir una ferretería o una papelería en el Casco Antiguo hoy es casi un acto de fe, como plantar un árbol en una autopista. Todo está orientado al turista: bares, restaurantes, tiendas que venden una idea de la ciudad más que la ciudad misma. Si uno busca una mercería, probablemente acabe encontrando una degustación.
El resultado es un parque temático. Ni siquiera muy bonito, ni muy cuidado, muy iluminado sí. Un lugar donde todo está pensado para ser fotografiado y compartido, pero no para ser vivido. Como esas casas piloto de las inmobiliarias, perfectas, pero sin vida dentro.
Y en medio de todo esto, aparece la figura del alcalde, que tiene una relación con el Casco Antiguo digna de estudio sentimental. Porque hubo un tiempo en que, siendo concejal del área, hablaba del barrio con entusiasmo, cuando convocaba a la prensa para contarle todo lo que estaba haciendo para recuperarlo. El Casco Antiguo era entonces su proyecto, su causa. Quizá lo que le había tocado. Al parecer, se rompió el amor.
Ahora, ya como alcalde, esa relación parece haber entrado en una fase más… contemplativa. Como esas relaciones largas en las que uno recuerda con cariño lo que fue, pero evita implicarse en lo que está pasando. El barrio se llena de turistas, se vacía de vecinos y el discurso oficial suena a viejo álbum de fotos.
No es que el turismo sea el problema. El turismo, bien gestionado, es una oportunidad. El problema es cuando el turismo deja de convivir con la vida y pasa a sustituirla. Cuando el visitante ocupa el lugar del vecino y el barrio se convierte en un decorado que se monta y desmonta cada fin de semana.
Porque una ciudad sin vecinos es como un teatro sin actores. Puede tener el mejor escenario, la mejor iluminación, el mejor cartel… pero no hay función. Quizá la pregunta no es cuántos turistas caben en el Casco Antiguo, sino cuántos vecinos pueden quedarse sin sentirse de paso en su propia casa. Y esa es una pregunta incómoda, porque obliga a elegir entre el beneficio inmediato y el equilibrio a largo plazo.
El Casco Antiguo no necesita más éxito. Necesita más vida. De la que paga recibos, de la que baja la basura, de la que se queja, de la que vuelve cada noche. De la que no se va en tres días dejando una reseña de cinco estrellas. Porque los barrios no se sostienen con valoraciones. Se sostienen con vecinos. Y eso, a diferencia de un piso turístico, no se alquila por noches./Javi Muro
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