2149

{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}

Canguelo antes de empezar a correr

Mañana es el maratón; en San Sebastián de nuevo. Son las horas en las que comienzan a entrar los nervios y en las que aparecen por sorpresa los dolores que hasta ese momento no habías sentido e, incluso, un incipiente y repentino resfriado. Miedo escénico, que diría Valdano. Es el momento en que te gustaría estar ya en la salida y empezar a correr y evitar así la inevitable y repetitiva cantinela que da frenéticas vueltas en el coco: ¿Lo habré preparado suficiente?


La historia se repite –al menos en mi caso- desde la primera vez traté de completar los 42,125 kilómetros, allá por abril de 2010. Recuerdo meterme en la cama sin un solo síntoma de catarro y levantarme con una tos de fumador empedernido y un molesto pinchazo en la rodilla sólo atribuible a un imaginario reúma crónico. Canguelo, que diría David Vidal.


Creo recordar que a lo largo de los escasos diez minutos que debía recorrer camino de la fuente de Cibeles, desde donde comenzaba la prueba, las piernas me temblaban como si me hubiera transformado en un tentetieso. Sé que mañana sucederá lo mismo. Siquiera la música –que algo ayuda- consigue evadirme durante ese pequeño espacio de tiempo que supone acercarse a la salida. Lo único que funciona es empezar a correr.


Entonces sí, cuando empiezas a correr -Castellana arriba en aquel primer maratón-, todo se normaliza. Las pulsaciones –aunque parezca contradictorio- se relajan y, por supuesto la tos y el reúma crónico fantaseado desaparecen, sin secuela alguna.


Son las piernas y la sensación de fiesta que acompaña a cada inicio de un maratón lo que provocan una nueva sensación de felicidad. El ritmo que consigues poco a poco te va recordando que has pasado dos meses y medio preparando ese día. Así que corres. Sabes que va a ser duro, pero corres. Después, la carrera saldrá mejor o peor, habrás cumplido tu objetivo más exigente o el de cruzar la meta, pero cuando comienzas a dejar tus zancadas, más o más que menos elegantes, por el asfalto sabes que ese es el día que estabas esperando y que toca disfrutarlo junto a miles de corredores que comparten la misma celebración.


Y cuando cruzas la meta eres feliz y ya no te acuerdas de que al despertarte, unas horas antes, tenías la sensación de que todos los males habían decidido rodearte y  acabar contigo.


También, como cada año he recurrido a la motivación a través de la lectura de historias relacionadas con correr, corredores y locas aventuras de características similares. Así, para debutar en Madrid escogí a Murakami y ‘De que hablo cuando hablo de correr’ y me quedé con aquello de que “el dolor es inevitable, el sufrimiento lo eliges tu”. Unos meses después, camino de Nueva York fue la vida de Emil Zatopek (‘Correr’, de Echenov) la que devoró sobre el Atlántico. Al año siguiente, de nuevo en Madrid, recurrí a ‘El Ciclista’, de Tim Kabbé’, una apasionante crónica de una clásica ciclista para corredores amateurs, con todo los condicionantes de una historia épica. Rivalidades, puertos de alta montaña, lluvia, viento y muchos kilómetros por delante. En Vitoria, hace unos meses, dejé la motivación en manos de Chema Martínez –uno de los mejores maratonianos españoles- y su ‘Correr es vida’.


Ahora, estoy con ‘Nacidos para correr’, de  Christopher MacDougall, y las aventuras de los miembros de una tribu que habita en las Barrancas de Cobre (Méjico). Espero que el espíritu de los tarahumaras me empuje por las calles de Sanse./Javi Muro



Autor:

Suscripción a la Newsletter Enviar