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{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}

Bolt, el extraterrestre simpático

 

Dijo Charles Dickens que existen grandes hombres que hacen sentirse pequeños a todos los demás, pero que la verdadera grandeza consiste en hacer que todos se sientan grandes. El domingo, en Londres, en la tierra del autor de ‘Grandes esperanzas’, un hombre corrió los cien metros en 9,63 –la final olímpica más rápida de la historia con siete atletas por debajo de 10 segundos-y de alguna manera, ese hombre consiguió hacernos partícipes a todos de su increíble proeza.


Algunos lo llaman admiración, también hay quien habla de devoción y adoración por el mejor; y otros, la mayoría, sienten además empatía con el atleta jamaicano. No siempre maridan bien tantos adjetivos; hay muchos ‘mejores’ a los que nos gusta ver perder, disfrutamos con su derrota. No es el caso.


Quizá la clave, el porqué todos somos sus ‘colegas’, resida en que –siempre con la precaución de lo poco que le conocemos más allá de la recta de los ‘cien’- parece un tío normal. Si no fuera atleta y el hombre más rápido que ha pisado la tierra y seguro que también Marte -ahora que la ‘Curiosity’ ha salvado con éxito los siete minutos del pánico- sus palabras de hace unos meses, al inicio del verano, en las que reconocía que había empezado a tomar verduras y a no pasarse con las alitas de pollo podrían colocarse en boca de cualquier ser humano que ante el reto de mostrar tipito en la playa pretendía reducir ‘volumen’.


Pero él –una vez superados hijos de Eolo y otros parentescos- no estaba en plena operación bikini; estaba preparándose para correr cien metros a una media de 35 kilómetros por hora, con un pico máximo de 44. Quizá, tras lograr su objetivo quizá si se vaya a la playa…


Frente a los ‘malos’ de otra época –porque en el deporte todos tenemos malos y buenos- como Ben Jhonson o hipermusculados con cara de pocos amigos, como Linford Christie, Dwain Chambers o Justin Gatlin (bronce el pasado domingo), el hombre más rápido de la historia se presenta más simpático que arrogante; más atlético que explosivo; más eficaz que potente.


Capaz de bromear un instante antes de situar los clavos de sus zapatillas sobre los tacos de salida es lo opuesto de todos aquellos sprinters de hace unas décadas que, durante la presentación de las grandes finales y ante la cámara, gritaban, mostraban bíceps e incluso los dientes; parecían querer morderte, nada simpáticos. Quizá en la intimidad eran tan buenos chicos, quizá más allá de la pista fueran como tan afables y cordiales como una reunión de todos los  personajes de Hugh Grant  y que su intención antes de escuchar la pistola fuera tan sólo intimidar al rival, pero olvidaban algo esencial, que los aficionados al deporte persiguen complicidades y es complicado hallarlas cuando alguien amenaza con darte una dentellada a través de la pantalla del televisor. El jamaicano de pies ligeros en cambio te invita a que le sigas, a que le acompañes...desde el sillón de casa, claro.


El hombre más rápido de la historia llega a la pista de calentamiento en un carrito de golf junto a su amigo y, ¡principal rival!, Yohan Blake. Caminan bromeando y riéndose, como si fueran a divertirse, aparentemente sin presión, van a disfrutar de algo que les gusta, que no les supone un problema sino alegría e ilusión… y eso se transmite, se transmite a través de la televisión y en el estadio. Quizá, el hombre que ha conquistado la medalla de oro en Londres piensa realmente que Blake es su amigo más querido, aunque sea el más peligroso de sus rivales; aunque le ‘traicione’ de vez en cuando ganándole alguna carrera; pero saben que ambos dependen uno del otro y se apoyan para entrenar y seguir mejorando. Caminan juntos y parecen felices no porque sea imprescindible demostrarlo, sino porque son amigos y a las citas importantes les gusta ir juntos. La imagen, tomada a distancia, les delata y confirma que no es necesario enseñar los dientes para correr rápido.


El atleta de Sherwood Content también es ambicioso, ¿Cómo no serlo? Todo deportista debe serlo y es consciente de que sus rivales del domingo le han ayudado, le han dado un empujón esencial para convertirse en leyenda; su deseo. Porque el jamaicano de oro sabe que cuanto mejor es el rival, cuanto más exigente es el camino, más importante es la victoria.


De otros triunfadores hemos conocido, ya con las medallas de oro colgadas del cuello, en qué consisten sus entrenamientos y con tan sólo leer el plan de una semana hemos llegado a la conclusión de que son gente de otro planeta; muy lejanos a nosotros, especialmente en su capacidad de esfuerzo. No ocurre así con el hombre más rápido de la historia, más bien al contrario. Sabemos más de las prácticas que no son habituales en un atleta de elite –como su afición por los McDonalds- que de sus sesiones de entreno, que son, sin ninguna dura, tan inalcanzables para cualquier mortal como las de sus colegas de éxitos olímpicos. Y cuando otros atletas, como el velocista español Ángel David García, revelan que le han visto pedir alitas de pollo en el restaurante de la Villa Olímpica de Pekín unas horas antes de competir y no platos medidos en gramos de hidratos de carbono, proteínas y grasas, no nos queda otro remedio que pensar ¡Que tío tan normal!


Más aún cuando al abandonar el tartán y comenzar el ziz zag laberíntico de escaleras y periodistas que le llevará hasta el vestuario, la mayor estrella del atletismo mundial se detiene televisión a televisión y atiende cada pregunta con respeto y aparente interés. ¡Que tío más normal!, repetimos, casi convencidos. Y resulta inevitable recordar otras escenas televisivas –más bien ‘no escenas- vividas esa misma mañana. Orgullos malentendidos, rencores, resquemores y miradas al infinito al cruzar frente a la prensa.


Otros han corrido rápido, muy rápido, en cada época ha habido un hijo del viento, pero nadie procediendo de otra galaxia ha sido capaz de transmitir con tanta sencillez la idea del deporte como diversión. Así fue también en la derrota; en la salida falsa que le costó la eliminación en la final del Mundial de Daegu. Con frustración lamentó su error, ¡faltaba más!, pero  abandonó los tacos con normalidad, con la seguridad de haber cometido un error grave, pero sin culpar al universo de conjura alguna. ¡Leches! –dijimos-, ¡Qué también saber perder!...


Usain Bolt, es el extraterrestre simpático, un tío majo y ya puede decir ‘Soy leyenda!

/Javi Muro



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