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{ARTÍCULOS DE OPINIÓN}
Armstrong y la última pájara
El recuerdo de las imágenes de Lance Armstrong está enlazado con el calor, el ventilador y la siesta. Con la falta de emoción. También con esa octava posición que ocupaba en el pelotón en las aproximaciones a los puertos decisivos, justo por delante de Tyler Hamilton, Floyd Landis o Roberto Heras, los escuderos del penúltimo arreón según temporadas. Antes, el ‘US Postal’ o el ‘Discovery Chanel’ –sus equipos- habían elevado el ritmo de la carrera hasta tal punto que el pelotón había quedado reducido a menos de la mitad de sus integrantes.
Al otear las estribaciones del puerto, Lance –o quizá fuera Bruynell desde el coche- ordenaba un nuevo acelerón. Al cumplir el primer kilómetro de ascensión, cuando se retiraba exhausto el último compañero de los que le precedían, a Lance sólo le aguantaban su escudero de turno y un par de rivales. Entonces, Heras, Landis o Hamilton incrementaban un poco más el ritmo justo un instante antes de que Armstrong multiplicara la cadencia del molinillo con el que pedaleaba y comenzara la marcha en solitario hacia la meta.
La primera vez que el equipo de Armstrong realizó esa táctica resultó admirable y sorprendente. Habían sido capaces de trasladar el trenecito de los sprinters de Cipollini a la alta montaña. La enésima vez resultó aburrido por presumible, por la de falta de batalla y… por sospechosa. ¿Sólo los compañeros de Armstrong pueden aguantar ese ritmo? Nadie más. Bueno sí, Ulrich, Basso y Beloki –todos ellos relacionados de una u otra manera con el dopaje- se permitían el lujo de retorcerse sobre la bicicleta para aguantar unos metros más tras la rueda del americano antes de ceder.
En el confesionario de de Oprah, Armstrong ha reconocido que todo era mentira y ha dejado una frase para la historia del Deporte. “No, in my opinión” (en mi opinión, no), la respuesta a la pregunta ¿Crees qué es posible ganar siete Tours de forma consecutiva sin doparse?. “No, in my opinión”.
Pero Lance ya caía mal mientras pedaleaba y ganaba. Le sucede a todos los deportistas cuya principal cualidad es la arrogancia –véase Mourinho, el equipo yanqui de baloncesto o Ibraimovic. El tejano acumulaba temporada tras temporada acusaciones de prácticas extradeportivas. Muchas de ellas procedían de excompañeros de equipo. Ahora sabemos que sus respuestas –algunas fueron televisadas- fueron propias del Chicago de los años 20. Lance convocó la omertá y la práctica totalidad del pelotón ciclista de aquellas décadas la aceptó.
Fueron los años del ciclismo sin pájaras, sin desfallecimientos. Un ciclismo de ciencia ficción, sección a la que una biblioteca de Sidney ha trasladado los libros escritos por Armstrong. Y es que aquellos ciclistas –vamos a confiar un poco, al menos un poco, en los de ahora- se creían caballeros jedi en la guerra de las galaxias y Lance era Darth Vader. La diferencia con Star Wars radica en que en la historia del ciclismo la mayoría se había rendido al Lado Oscuro y muy pocos se mantenían fieles al Imperio. Ahora Armstrong dice que esos pocos eran los héroes, pero entonces, cuando competía con ellos, su única preocupación era perseguirlos, marginarlos, hacerles la vida imposible. Eliminarlos del pelotón. Literal.
David Millar lo explica perfectamente. Aunque te dopes tienes que entrenar como siempre; eso sí, lo que consigues es eliminar la incertidumbre de cómo estarás el día de la carrera. Estarás bien, lo sabes. Y también sabes que gracias al doping –sea EPO o transfusiones sanguíneas- podrás aguantar más tiempo a más alta velocidad. Las probabilidades de sufrir una pájara, digamos, se minimizan.
Pocos como Millar –David, no Robert Millar al que se la liaron Pello y Perico- para detallar los beneficios de caer en el Lado Oscuro. Ahora, arrepentido ha conseguido quizá su mayor logro deportivo: demostrar que se puede ganar limpio una etapa del Tour. La cuestión es que también quizá el ciclismo del 2012 se encuentre bastante más limpio que el de aquella década maldita para el deporte de los pedales que parecía haber comenzado en 1998 con el caso Festina, pero que Bjarne Riis –actual director deportivo del equipo Saxo Bank- se encargó de adelantar dos años más, hasta 1996, al reconocer el consumo de EPO durante su victoria en el Tour de Francia de ese año.
Así que es posible que durante la pasada ronda gala, cuando David Millar obtuvo de nuevo una victoria parcial –era su cuarta etapa y según él mismo, la segunda limpio- corriera en igual de condiciones con el resto del pelotón. Es decir, como debe ser, y no tendría nada de especial. Habría ganado un buen ciclista con un gran talento.
Los más sorprendente es que todo el mundo cercano al ciclismo sabía lo que estaba sucediendo y, no lo vamos a negar, lo aficionados también no imaginábamos algo. Y es que cuando desde muy jovencito has pasado las sobremesas frente a la tele (tres y cuatro horas disfrutando de cada etapa del Giro, Vuelta y Tour y también de las clásicas de un día), echabas de menos últimamente –por lo menos hasta hace unos años- una circunstancia que formaba parte de las carreras, especialmente de las etapas de alta montaña que encadenaban puertos de segunda, primera y categoría especial. Las pájaras, echabas de menos al hombre del mazo. Hubo un tiempo en que las pájaras desaparecieron. Es cierto que Amstrong dejaba atrás a Ulrich, a Beloki o incluso a Pantani; pero no es menos cierto que éstos rara vez desfallecían; ponían su ritmo y llegaba a meta con más o menos tiempo perdido.
Ya sé que en esto del ciclismo poner la mano en el fuego por alguien tiene más peligro que creerse una promesa de un político, pero hubo un tiempo en el que ya no había ciclistas que perdían minutadas como Gorospe frente a Hinault en la Vuelta de 1983 camino de Avila, o como Perico Delgado en el Tour de ese mismo año en la etapa de Morzine, cuando se dejó 25 minutos; o Gianni Bugno en La Marmolada en el Giro de 1993, después de haber atacado para tratar a conseguir el líder; o Stephane Heulot en 1996 cuando no podía dar ni una pedalada más para defender el maillot amarillo frente al Riis.
Quizá fueron las últimas pájaras. Pero lo que estaba pasando entre 1996 y 2005, año de la última victoria de Lance Armstrong, ha quedado claro que lo sabía todo el mundo y miraron para otro lado. Ahora, curiosamente, el hombre del mazo ha golpeado al americano y lo ha hecho cuando menos lo esperaba, por sorpresa, como siempre ha pasado en el ciclismo./Javi Muro
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