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{DEPORTE / ATLETISMO}

Pogacar y Duplantis, la rutina de lo extraordinario

Hay deportistas que compiten contra sus rivales y otros que lo hacen contra la propia idea del límite. Tadej Pogačar y Armand Duplantis hace tiempo que entraron en esa segunda categoría, donde ganar ya no es suficiente y la ambición adopta formas más íntimas, casi caprichosas.

 

Pogačar acaba de conquistar la Milán-San Remo, esa carrera que no siempre gana el más fuerte sino el más oportuno, el más valiente o el más inconsciente. Le faltaba esa pieza en su colección de monumentos y ahora le queda la más improbable, la París-Roubaix, donde el talento no siempre basta y el cuerpo tiene que negociar con las piedras. Si lo consigue, no habrá completado solo un palmarés, habrá cerrado un círculo que muy pocos en la historia se han atrevido siquiera a dibujar.

 

Mientras tanto, Duplantis sigue haciendo algo aún más extraño, saltar como si la gravedad fuera una sugerencia. Otro oro mundial, otro día en la oficina, y la sensación persistente de que el récord del mundo de pértiga -que ya le pertenece- es apenas un número provisional. Cada vez que corre por la pista con la pértiga en la mano, no parece estar compitiendo contra otros atletas, sino afinando un gesto que todavía no ha alcanzado su forma definitiva.

 

Hay algo en común entre ambos que trasciende disciplinas. No es solo que ganen, es cómo se relacionan con la victoria. Ninguno parece satisfecho con repetir lo que ya sabe hacer. Pogačar no se conforma con el Tour, busca el adoquín. Duplantis no se conforma con ganar, quiere volar un centímetro más. En un tiempo donde el deporte muchas veces se vuelve conservador -defender, asegurar, no fallar-, ellos se permiten el lujo de explorar.

 

Y quizá por eso ya son leyendas, aunque sus carreras sigan en marcha. Porque han entendido algo que no siempre se ve desde fuera: que el verdadero rival no está al otro lado, sino un poco más arriba. O un poco más lejos. O, en el caso de Roubaix, enterrado bajo las piedras./Javi Muro.

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