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{CULTURA / LIBROS}

William Jaques, 'Tome Raider', EL HOMBRE QUE ROBABA LIBROS DE UN MILLON DE LIBRAS

Las bibliotecas de Reino Unido fueron su particular objetivo

Había libros que habían sobrevivido a guerras, revoluciones y siglos de historia. Ejemplares que guardaban las ideas de Isaac Newton, Galileo Galilei o Adam Smith. Libros que parecían a salvo tras los muros de algunas de las bibliotecas más prestigiosas del Reino Unido. Hasta que apareció William Jacques.

 

Su nombre quizá no resulte familiar fuera del mundo del coleccionismo bibliográfico y la crónica de sucesos, pero su apodo sí tiene algo de personaje de película: Tome Raider, un juego de palabras que evoca aventuras arqueológicas y saqueos. Solo que, en su caso, el tesoro no estaba enterrado en una tumba egipcia, sino ordenado en las estanterías de las bibliotecas.

 

Nacido en el norte de Inglaterra, William Simon Jacques estudió Economía en el Jesus College de la Universidad de Cambridge, donde se graduó en 1990. Trabajó como contable y conocía el universo de los libros antiguos, un mercado en el que la rareza, la antigüedad y la procedencia pueden convertir un volumen en una pieza de enorme valor.

Entre 1996 y 1999, Jacques sustrajo centenares de libros y folletos de tres instituciones de referencia: la Biblioteca de la Universidad de Cambridge, la London Library y la British Library. Según las informaciones publicadas durante el proceso judicial, el botín ascendió a 412 piezas, valoradas en aproximadamente 1,1 millones de libras.

 

No eran libros elegidos al azar. Entre las obras desaparecidas había ejemplares de Principia Mathematica, de Isaac Newton, trabajos de Galileo y una edición de La riqueza de las naciones, de Adam Smith. También figuraba una edición de 1798 del ensayo de Thomas Malthus sobre el principio de la población.

 

El valor de aquellas piezas no residía únicamente en lo que un coleccionista estuviera dispuesto a pagar por ellas. Eran documentos fundamentales para comprender la historia de la ciencia y del pensamiento económico. Su lugar natural era una colección pública, donde pudieran ser consultados y estudiados.

 

El detalle que lo cambió todo

La investigación comenzó a tomar forma en febrero de 1999. Un comprador adquirió en una subasta londinense un libro de William Stanley Jevons titulado Pure Logic and Quality. Había pagado 120 libras y, cuando recibió una oferta de 600, decidió consultar a un especialista en libros económicos.

 

El examen del ejemplar reveló algo sospechoso: unos agujeros habían sido reparados con papel, aparentemente para ocultar marcas que permitían identificar su procedencia. Los especialistas relacionaron el volumen con la London Library y alertaron sobre la posibilidad de que se estuvieran vendiendo libros robados.

A partir de ahí, las pesquisas condujeron a otras casas de subastas y comerciantes de Europa. Los investigadores reconstruyeron un recorrido que incluía operaciones en Londres y Alemania, mientras algunas obras aparecían depositadas en cajas de seguridad bancarias.

 

Cuando la policía interrogó a Jacques, este afirmó que se dedicaba a coleccionar y reparar libros. Pero el caso se estrechó. Tras las primeras investigaciones, transfirió una importante cantidad de dinero a cuentas en Cuba y huyó a La Habana. La escapada, sin embargo, duró poco: regresó al Reino Unido y acabó detenido.

 

En las cajas de seguridad que estaban a su nombre se encontraron alrededor de 60 ejemplares procedentes de las bibliotecas afectadas. Era una prueba más de la dimensión de una operación que había permanecido oculta durante años.

 

Cuatro años de prisión no fueron suficientes

En 2001, Jacques fue declarado culpable de 19 delitos de robo relacionados con 180 libros valorados en unas 860.000 libras. Al año siguiente admitió otros dos cargos. En mayo de 2002 fue condenado a cuatro años de prisión.

 

La sentencia no cerró la historia. Parte de los libros se recuperaron, incluidos ejemplares de especial relevancia de Galileo, Johannes Kepler y Newton, pero centenares de piezas no habían sido localizadas según las crónicas de la época. El caso dejó al descubierto la vulnerabilidad de unas instituciones que custodiaban patrimonio de enorme valor y que, hasta entonces, confiaban en buena medida en la condición de sus usuarios y en los procedimientos habituales de consulta.

 

Entre 2004 y 2007 frecuentó la biblioteca Lindley de la Royal Horticultural Society, en Londres, utilizando el nombre falso de Santoro. Allí desaparecieron trece volúmenes de una obra botánica del siglo XIX, Nouvelle Iconographie des Camellias, de Ambroise Verschaffelt, valorados en unas 40.000 libras.

Esta vez, los empleados comenzaron a sospechar al observar sus visitas recurrentes y su vestimenta prácticamente idéntica. Durante la investigación apareció también una lista con decenas de libros, sus ubicaciones y anotaciones sobre su valor. En 2010, Jacques fue condenado a otros tres años y medio de prisión.

 

Cuando robar un libro es robar una parte de la historia

La historia de William Jacques tiene todos los ingredientes de una crónica negra: inteligencia, engaño, dinero, identidades falsas y una huida internacional. Pero reducirla a la figura de un ladrón ingenioso sería pasar por alto lo esencial.

 

Un libro antiguo no es una mercancía cualquiera. Su importancia depende de su contenido, pero también de su historia material, de su procedencia y del lugar que ocupa dentro de una colección. Cuando se sustrae, se puede perder mucho más que un objeto valioso: se rompe la relación entre una obra y el archivo que permite comprenderla.

 

El caso también puso de manifiesto las dificultades para combatir este tipo de delitos. Las piezas robadas pueden circular por mercados especializados, cambiar de manos y reaparecer años después. Y cuando se alteran sus marcas de identificación, reconstruir su procedencia se convierte en una tarea compleja.

 

Quizá por eso el apodo de Tome Raider resulta tan llamativo. Evoca la aventura y la habilidad de quien encuentra un tesoro donde otros no lo ven. Pero, en esta historia, los tesoros no pertenecían al hombre que los sacó de las estanterías. Pertenecían a una memoria colectiva que las bibliotecas tenían la responsabilidad de conservar.

 

Y esa es la paradoja final de William Jacques: podía reconocer el valor extraordinario de aquellos libros, pero sus actos contribuyeron a privar a otros de la posibilidad de leerlos, estudiarlos y comprenderlos. Porque hay robos cuyo daño no se mide solamente en libras. Se mide en páginas desaparecidas de la historia./J.M.

 

*Fuente consultada: The Guardian.

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