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{CULTURA / LIBROS}

Tras cruzar el río

por Ismael Orcero Marín

Traspiés daba siempre la misma zancada. Contaba cada una de sus pisadas, asegurándose de que el tramo entre el origen y el destino fuera siempre el correcto. Solía arrastrar un poco la pierna derecha al tercer paso, pero poco importaba porque, a ese lado del río, los caminos eran suyos y era él quien hacía y deshacía los andares de cualquier caminante. Ese día, con una melena de helecho en un tono amarillento, su delgada figura exhibía movimientos melancólicos, haciendo que esas extremidades nudosas que poseía sonaran a cascajo en cualquiera de sus zancadas.


Recordaba, entre sollozos contenidos, el camino que días antes había andado para después desandar a la vuelta. Recordaba cómo había borrado, con huellas propias, las de las pezuñas torpes y moribundas de Colmillón cuando le acompañó a morir donde se encontraban los árboles de mayor edad.


Una semana antes había comenzado el otoño y, en esta ocasión, mientras guiaba al ogro a que entregase su último aliento a la brisa de la mañana, sintió cómo, entre la polvareda que levantaba al caminar, no conseguía hacerse para su piel con el color pardo que mostraban las hojas secas. Durante mucho tiempo, había temido lo que estaba sucediendo. Finalmente, había llegado desde la otra orilla del río anticipándose al olor a pólvora y pelo quemado que desprendían las heridas de Colmillón, el de la herrumbre que salía de dentro de las minas.


-Señor –le había dicho Traspiés a Colmillón -. Señor, ahora que tú te marchas, ¿qué va a ser de nosotros?
Pero el ogro, que durante tantos años había reinado entre aquellos árboles, no articuló ninguna palabra entregado a unos instintos animales que, junto con los colmillos de jabalí que levantaban su labio superior, lo convertían en una bestia de turbia mirada y rocosa respiración.

 

Traspiés recordaba todo esto, haciendo y deshaciendo caminos y andares, arrastrando la pierna derecha al tercer paso mientras trataba de dibujar en su piel, también inútilmente, como había sucedido con las hojas caídas, los surcos que abrían la corteza de los árboles. Sumergido en estos quehaceres, escuchó algo que se acercaba. Sintió, junto con el olor a herrumbre de las minas, el del humo de un tubo de escape.

 

Rápidamente, se abrazó al tronco de un árbol, susurró un pensamiento y se cubrió con la corteza de éste.
Una furgoneta con dos hombres se paró en el arcén de la carretera que atravesaba el bosque. Los hombres bajaron, murmuraron algo mirando al suelo y luego volvieron a subir al vehículo para marcharse, dejando en el aire un ligero olor a pólvora y a otra cosa que Traspiés no acertó a identificar.


Esperando a que el ruido del motor se extinguiera, siguió abrazado un rato más al árbol,  pensando hacia dónde le llevaría esa pierna tonta que arrastraba cuando daba tres pasos.



Al contrario que otras veces, el viejo no se había levantado temprano. Había estado toda la noche dando vueltas en la cama, tratando de coger la postura ente sueños confusos que, a pesar de que había empezado a asomar el otoño, le habían hecho pasar un calor insufrible. En una persona de su edad, una mala noche era difícil de perdonar y el día se le había hecho largo y tedioso, llenando las horas con ideas tan raras como aquellos sueños que había tenido.


Había pasado la mayor parte de la mañana ocupado con tareas de poca importancia en la finca de su yerno, ése al que le habían cambiado su nombre por el de Patrón y que, destripando los montes, había llenado el valle con el olor a herrumbre del mineral.


De vez en cuando, dirigía la mirada más allá de la cerca, llevándose a cambio un escalofrío que le sacudía la espina dorsal como un latigazo. Suegro, eso son cosas de vieja. Si su hija, la pobre que en paz descanse, le oyera, le chumbaría a los perros. Tú de estas cosas no sabes. Aquí, no es como en el sitio de donde vienes. Aquí eso se sabe desde el momento en el que se nace. Mi hija sabía todas esas cosas y, si viviera, se lo enseñaría a mis nietos. Como usted diga, pero me va a asustar a los críos. No les vaya a ir con esos cuentos que ya sabe que la pequeña no es como su hermano. Es muy miedosa y se pasa las noches sin pegar ojo cuando usted le cuenta esas cosas.


Era ya tarde cuando aparecieron Patricio y Martín. Volvían en la furgoneta para ver al Patrón. Patricio, fiel a Martín. Martín, más callado, fiel a Patricio. Buenos hombres a pesar de lo que, allá en el pueblo, pudieran decir.


Patricio bajó de la furgoneta. Su gesto tranquilo, unido a su envergadura, recordaba a uno de esos bueyes con los que se trabajaba la tierra hacía muchos años.


-Buenas tardes –saludó.

-Buenas tardes –saludó el viejo.

-¿Qué tal andamos? –dijo Patricio.

-Andamos y eso es suficiente –respondió–.Ya sabes que a mi edad, uno tiene que estar contento con poco. Y vosotros, ¿de dónde salís?

-Venimos del bosque. Seguimos buscando el cuerpo de ese bicho. A su yerno se le escapó vivo y no tenemos ni idea de dónde se habrá metido.

-Hay veces en que hay que dejar a esos animales tranquilos por si se te encabritan. Ya le he dicho a mi yerno que se esté quieto.

-¡Qué va! Ya se lo decía yo esta mañana al Martín. Ese jabalí era muy grande porque el jodío ha estado comiendo y casándose, allá dentro, donde no va ni Cristo. Por eso tiene el tamaño que tiene. Pero que la gente no se asuste que como ése sólo hay uno. Con las heridas que llevaba, ya debe haberse muerto o poco le faltará.


Mientras Patricio hablaba, Martín seguía sentado dentro de la furgoneta, liando un cigarro sin escuchar nada de lo que decía su compañero. Era un hombre delgado, serio y con ojos de pájaro que, refugiándose en su silencio, helaba la sangre a muchos con los que compartía jornada en la finca.


-Bueno, pues que haya suerte –concluyó el viejo-. Le diré a mi yerno que habéis pasado por aquí.

-Sí, el Martín y yo vamos a dar una vuelta más y ya nos vamos para casa. Don Enrique, el médico, también estaba el domingo y dice que antes de desollarlo quiere echarle un ojo. Que ni siquiera en los safaris ésos de África en los que ha estado ha visto un animal así. Pero el Martín y yo pensamos que como el tiro no fue suyo sino de su yerno, quiere darse el gusto de meterle mano antes que nadie.


Patricio se volvió a subir a la furgoneta y, tras despedirse, sacando la mano por la ventanilla, tomaron la carretera de nuevo hacia el bosque.


Viéndolos irse, al viejo le pareció que de ambos se desprendía un olor a tierra removida como la que se huele en los cementerios.


Haciendo y deshaciendo caminos, Traspiés se encontró con Anguilana. Estaba sumergida en el agua que pasaba bajo el puente viejo de piedra. Allí, las aguas eran más bravas, haciendo que las corrientes le agitaran, de forma divertida, aquellos cabellos transparentes que se parecían a los tentáculos de una medusa. Anguilana, entre risas, disfrutaba jugando con unos mosquitos de alas brillantes que revoloteaban por encima de su cabeza, mientras bajo el agua, hacía cambiar de color sus escamas.


-No me mires así –le dijo a Traspiés -. Sabes que vivo debajo de los puentes. Estoy como en casa.

-Me estabas esperando –respondió Traspiés.

-No es tan extraño, querido –dijo distraídamente, mientras se escurría los cabellos -. Éste al fin y al cabo, es un lugar de paso.

-Sí, pero yo no voy a ninguna parte.

-Bueno, antes puede que no. Sin embargo, ahora sí tienes un destino al que dirigirte. Nocturno me ha mandado a buscarte.

-No me interesa ver a Nocturno. Yo siempre camino de día. No me interesan sus noches.

-Desde que mataron a Colmillón, querido, la noche se ha vuelto perpetua.


Anguilana se sumergió en el agua y se acercó hasta la orilla donde se encontraba Traspiés. A pesar de que el agua también olía a herrumbre, sus cabellos aún desprendían el perfume del romero.


-¿Sabes? Te voy a echar de menos, mi amor –le dijo a Traspiés acariciándole el rostro con un gesto coqueto.
A través de esa caricia, en la piel de Traspiés, se dibujaron las formas de sus escamas, pero siendo éstas del color opaco del cieno que había en el fondo.

-Eres como un niño –le dijo retirando la mano-. Quizá, por eso, te vaya a echar tanto de menos.

-¿Te marchas?

-Sí, cariño. Me marcho al mar. Allí, mis escamas volverán a brillar. Allí, las aguas están perfumadas y no manchadas con las entrañas de las montañas.

-En esas aguas, los peces no te reconocerán.

-Mírame ahora, Traspiés. Yo soy el río y estos peces no nadan junto a mí.


Esos vagos. A saber dónde estarán. Son de tu confianza, yerno. Claro que lo son. Precisamente por eso, sabe usted cómo acaban estas cosas. La confianza da asco. No han aparecido en todo el día. A saber en la cama de qué puta estarán. Porque sí, sabe usted, son muy devotos de la Virgen y buenos padres de familia, pero entre semana, no les faltan los coños y el aguardiente. Menuda escoria tengo conmigo.

 

Patricio y Martín no habían ido a trabajar. A veces, oliendo a alcohol y perfume barato, aparecían por la finca, bien entrada la mañana, justificando el retraso con algún asunto familiar que había surgido a última hora. El Patrón se mostraba indulgente porque la fidelidad se pagaba con fidelidad y no con látigo, según él mismo decía. Sin embargo, ese día no se les había visto en toda la jornada. Ayer pasaron por aquí. Dijeron que les habías mandado a cruzar el río a ver si daban con ese jabalí. Esa parte del bosque no es un buen lugar.

 

Tonterías. No empiece otra vez con sus brujas y sus locuras de viejo. Eso es un bosque, un puñado de árboles. Nada más. Con un poco de suerte, dentro de unos meses, podremos empezar con la extracción de mineral en aquella zona.


El teléfono sonó en el despacho del Patrón. Llamaban desde el cuartel de la Guardia Civil. Los habían encontrado con las tripas fuera en mitad del bosque.


Poco a poco, la tarde fue apagándose, haciendo que se sintiera el helor de la noche. Traspiés ya se había dado cuenta de que, en aquella parte del bosque, los árboles vivían apenas con un suspiro. La luz del sol, entre una maraña de ramas retorcidas, llegaba de forma furtiva. Se olía a humedad e incluso, a veces, a tierra removida como la que se huele en los cementerios. Tocó el tronco de uno de esos árboles y comprobó que el frío que sintió a través de la corteza de ese árbol enfermizo era el de una savia viscosa que apenas le daba calor.

 

Se encontraba en el reino de Nocturno. Con su aspecto de rapaz de la noche y envuelto en sus plumas negras, vivía entre las sombras de una noche sin firmamento. Traspiés, Anguilana y el resto vivían en la compañía de la vigilia. Nocturno, sin embargo, lo hacía en la soledad del sueño. Nocturno era oscuridad, frío y silencio. Para él, no había voces, sólo pensamientos. Por fin has aparecido.


-Anguilana me dio tu mensaje.


Nocturno se irguió y extendió sus alas de rapaz. Con ese gesto, la noche se hizo más noche a su alrededor. Sé que has estado ocupado. Acompañaste a Colmillón hasta su tumba para que no fuera un trofeo. Te lo agradezco.


-Sí, fue un bocado amargo –respondió Traspiés a la voz que sonaba en el interior de su cabeza-. Pero el ayer es ayer. Tras esta noche, habrá un nuevo día.

 

Nocturno abrió los ojos. Dos ojos de color ámbar que, por un momento, a Traspiés le recordaron más a los de un reptil que a los de una rapaz. Celebro que pienses así porque te he hecho venir para hablar del mañana, Traspiés.


-Sabes que estoy aquí para cuanto se me pida.

 

Traspiés tomó parte de la oscuridad que había a su alrededor, llevándose para su piel el negro que tintaba las plumas de Nocturno. Tú siempre tan divertido. Mejor así porque ya no es momento de lágrimas. Las alianzas se han roto y es necesario crear otras nuevas.


-¿Nuevas alianzas? –se sorprendió Traspiés-. ¿Con quién? Todos se marchan. Ellos ya no nos ven. No creen en lo que somos.


Nocturno se encogió para guardarse de su propio frío. Creerán. Todavía quedan algunos de los que firmaron el antiguo pacto. Ésos harán ver a los otros. Nocturno sacó, de debajo de un ala, algo envuelto en un trapo negro y se lo ofreció a Traspiés. Esto es lo que tenían dentro los dos que buscaban el cadáver de Colmillón. No había nada de valor en su interior. Traspiés sopesó el bulto. Olía a pólvora, a herrumbre y a aquello que, días antes, no había acertado a identificar en la carretera: tierra removida como la que se huele en los cementerios. Tras unos segundos, lo desenvolvió y, sin poder reprimir su horror, arrojó el contenido al suelo. Corazones vacíos, Traspiés. Corazones huecos, de carne muy frágil. Corazones donde no se puede guardar un alma.


Traspiés siguió mirando aquellos dos corazones que aún rezumaban la sangre de sus propietarios. Con sus artes de rapaz, Nocturno los había sorprendido al anochecer, dándoles el único consuelo de un grito ahogado en mitad de una pesadilla. Quiero que guíes mis pasos. Conoces la otra orilla del río y los caminos que por allí culebrean.


-¿Por qué? –respondió Traspiés-. Allí no hay nada que hacer. Ni siquiera tenemos asuntos que nos ocupen en esta orilla. Tenemos que buscar un futuro.


Quizá se estuviera dejando arrastrar  por el pesimismo de otros que, como Anguilana, llevaban consigo y que les había hecho emigrar hacia destinos inciertos. Sin embargo, días atrás, yendo de aquí para allá, se había dado cuenta de que no tenía ningún lugar al que dirigir sus zancadas. Tú mismo te has respondido. Se llevaron nuestro presente y nosotros nos llevaremos su futuro. Así, recurrirán a nosotros para poder tener un porvenir.


El alba comenzaba a asomar entre las ramas de los árboles, haciendo que Nocturno se recogiera bajo sus alas para iniciar su sueño. Te veré al anochecer. No te vayas muy lejos.


-Aquí estaré –respondió Traspiés a la voz que había entre sus pensamientos.


La luz del día acabó llegando. Sin embargo, a Traspiés le dio la sensación de que la noche no se había acabado.


Don Enrique, el médico, sabía de esos asuntos. Él suele contar que, cuando estuvo en las misiones, había matado el tiempo cazando fieras. Una bestia es una bestia, Patrón. Hágame caso y ya verá como mañana, al amanecer, lo tendrá usted aquí para desollarlo. Don Enrique decía que, si estaba herido, iría buscando la sombra y que estando los árboles pelados por el otoño, no había otra sombra que la noche. El día le obligaría a gastar mucho aliento y eso, teniendo ya plomo y pólvora revolviéndole las entrañas, era un lujo que no se podía permitir. No obstante, había que llevar cuidado. Esa bestia ya había demostrado que aún le quedaba algo de coraje para conservar su vida. No debían acercarse mucho porque podrían acabar teniendo la misma suerte que esos dos desgraciados a los que había destripado en el bosque.


Sabiendo todo esto, se habían marchado con el atardecer. El Patrón había armado a varios de sus hombres para acorralar a ese demonio. Porque así era como comenzaban a llamar a aquel bicho. ¿Ve lo que le decía, suegro? Esas ideas que tienen usted y muchos de su quinta nos van a buscar la ruina. Que si los espíritus, que si aquella orilla del río, que si esto, que si lo otro. Esto no puede ser, suegro. De este pueblo, ahora que estoy yo aquí, se espera mucho y no se puede detener el progreso por un jabalí.


El viejo se había quedado con los críos porque él ya no estaba para correr detrás de ningún bicho. Su yerno había mandado al servicio a dormir pronto puesto que, por la mañana, tendrían que tener listo un buen desayuno para todos los que hubieran ido de caza con el Patrón. Esa noche no les había contado ningún cuento a los niños, pero sí que había dejado una luz encendida en el dormitorio de la pequeña.

 

En el porche, se sirvió una copa de coñac y se lió un cigarro. A pesar de que el otoño se había metido desde hacía unos días, aún se podían ver algunas luciérnagas revoloteando por los setos que había a la entrada de la finca. Pero esa noche no aparecieron. Era una noche oscura y silenciosa. Era una noche sin firmamento.

 

Comprendió que él estaba allí. Nocturno, pasó por su lado y dejó su voz entre sus pensamientos. No te engañaré, viejo. Será lento y muy doloroso. El aire se hizo tan pesado que tuvo que sentarse. Era el plomo de la pena por lo que la rapaz había venido a buscar. Nocturno entró en la casa. En los dormitorios de los críos hubo ruidos de muebles volcándose y gritos de terror bajo la marea de trapo que formaban las sábanas. Hubo olor a sangre brotando, a miedo sudado y a tierra removida como la que se huele en los cementerios.

 

Traspiés se sentó frente al viejo. Clavando su mirada en sus ojos encharcados de lágrimas mudas, su piel tomó las marcas de las arrugas con que la tristeza estaba tatuando su rostro. Pero, al menos, no lloraría solo. Ésa había sido la primera visita de aquella noche. Después, hasta el alba, irían de casa en casa, de cama en cama y, a veces, hasta de cuna en cuna./Ismael Orcero Marín. Revista Fábula.
 
 


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