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{CULTURA / LIBROS}
El último maldito

Si mientras ves ‘Solaris’, la película dirigida por Steven Soderberg en 2002, escuchas unos versos que dicen algo así como “Aunque los amantes desaparezcan, el amor perdurará y la muerte no tendrá señorío”, quizá te preguntes quién es su autor. La búsqueda de refencias te remitirá frente a un personaje especial. Descubrirás a un bohemio y bebedor persistente. De voz cautivante, Dylan Thomas ha quedado registrado en la historia de la literatura como la figura poética que fue capaz de renovar y rehabilitar la literatura norteamericana de la primera mitad del siglo pasado y de inspirar –nunca lo sabremos a ciencia cierta- el nombre de uno de los más grandes cantautores de la historia de la música.
Hoy quizá, Thomas hubiera sido un ídolo rock. Entonces ya y a su manera, fue capaz de atraer al público juvenil a sus recitales poéticos -algo impensable a priori-, y capturar su atención de tal manera que lograba mantenerlos inmóviles junto al receptor radiofónico, cuando hablaba en la BBC.
Dylan Thomas nació en Gales, en la ciudad de Swansea, y fue al parecer un niño precoz capaz de declamar las obras de Shakespeare. Un joven talento que no pasó desapercibido para su padre, escritor frustrado que vio en su hijo un sinfín de posibilidades. Su capacidad le llevó a abandonar pronto la escuela y comenzar a trabajar como periodista en el South Walles Evening Post. Entre noticias y reportajes, la vena literaria de Dylan Thomas ya pedía paso.
En la redacción del periódico dejó constancia de su debilidad por generar escándalos varios. Su críticas teatrales generaron un reguero de víctimas entre las principales estrellas de la escena del momento y, por supuesto, los consiguientes desencuentros entre el papel y la costelación de actores. También comenzó a regalar su pluma en poéticos obituarios, siempre antes de concluir la jornada laboral en el Antelope Hotel o el Marmaid Hotel. Locales en los que inició su relación con el alcohol y con las historias del mar que relataban los marineros ingleses que amarraban frente a las mismas barras que él.
Thomas dejó el periódico y se enroló en una compañía teatral mientras tejía su verdadera vocación. Escribió teatro, cuentos, guiones para cine y radio, pero, principalmente, poesía. Su obra no es excesivamente amplia, pero en cambio, los críticos coinciden en calificarla de excelente, de una “calidad inusitada”.
Tras abandonar su ciudad natal apuntó sus pasos hacia Londres, donde comienzó a publicar sus primeros poemas en New English Weekly, algunos de los cuales como ‘And death shall have no dominion’ se convertirían con el tiempo en reconocidas obras maestras.
No fue hasta 1934 cuando publicó su primer libro ‘Eighteen Poems’. Contaba ya con fama y prestigio como poeta y como amigo inseparable de un buen whisky. Quienes han estudiado su obra y su época aseguran que su éxito radicó en el contraste; en el lirismo y musicalidad de sus poemas frente a las composiciones de sus contemporáneos, mucho más preocupados por los temas sociales o las formas modernas de experimentación. En los poemas de Thomas aparecen influencias celtas, bíblicas y símbolos sexuales; nada que ver con los versos escritos por otros autores que viajaban en paralelo a Dylan.
Londres es ya su ciudad. Allí Thomas ha generado en torno a su obra un grupo de lectores fieles. Tras publicar su segundo libro ‘Twenty-Five Poems’ reafirma la devoción de los críticos por su trabajo. Pero un tipo especial también puede caer en tópicos y como todo artista con gran talento su situación económica no atravesaba un gran momento. Desesperado ante la pobreza de la que no consigue escapar cae definitivamente en el alcoholismo, desde donde no consigue hallar la brillantez necesaria para regresar a la poesía que le ha condecorado con la insignia del prestigio.
En plena Segunda Guerra Mundial, Thomas quiere alistarse, pero es declarado no apto y situado en el último grupo de personas susceptibles de ser llamadas a filas. Es en ese momento cuando inicia su carrera radiofónica como guionista y locutor. De nuevo su talento impregna su trabajo. Del mismo modo que sucederá poco después cuando su capacidad narrativa se alíe con el cine.
Terminada la guerra, Dylan Thomas publica la que está considerada su gran obra ‘Death and Entrances’ y se traslada a los Estados Unidos. Falleció en noviembre de 1953, mientras trabajaba en la adaptación para un guión de una obra de Igor Stravinski. A su llegada al hospital St. Vicent de Nueva York, los rumores hablan de hemorragia cerebral, asalto violento, e incluso de que había logrado beber hasta morir. La autopsia apuntaba a la falta de oxígeno en el cerebro... Según cuentan, sus últimas palabras fueron: “He bebido dieciocho vasos de whisky, creo que es todo un récord”.
También hay quien dice que Robert Zimmerman tomó su nombre, Bod Dylan, del poeta al que tanto admiraba. A Dylan, A Dylan Thomas, lo rebautizaron como ‘el maldito’, apelativo que se ha convertido en un lugar común que define a los poetas noctámbulos, borrachos, de vida disipada, pero indiscutiblemente geniales./Javi Muro
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