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{CULTURA / LIBROS}

'Amor a tres bandas (o cuatro)'

Relato de Antonio Invernón

1 de junio

    Hoy me han hecho la propuesta más descabellada que he oído en mi vida, y no he podido negarme. La escribo en mi diario lo mejor que sé, porque cuando la lea al cabo de los años, espero no juzgar con demasiada severidad mi actual decisión.

    Pepi, mi compañera de trabajo, amiga, y a la que siempre he considerado como una hermana pequeña (yo tengo 60, ella 45) me ha pedido ayuda. Resulta que está tonteando con un compañero, que está casado (un cincuentón cuya mujer conocen en toda la oficina porque trabaja en otra sucursal, de nuestra empresa). Pepi no ha tenido nunca suerte con los hombres, la dejaron en el altar, ha tenido relaciones desaconsejables, y lleva cinco años con algo peor que tener relaciones desaconsejables: no tiene ninguna relación, y Pepi tiene mucha vida, mucha salud y chispa, me confiesa que gasta constantemente las pilas de su único amigo actual.


    Total, que me ha pedido ayuda, quiere que vayamos los tres juntos a desayunar, a comer, etc, para no levantar sospechas. Quiere que haga de lo que se conocía antiguamente como 'vela', pero con el efecto contrario: mi presencia permitirá que puedan hablar y enamorarse con tranquilidad, y sin el peligro de que nadie le vaya con ningún cuento a su mujer. No sé cómo funcionará esto pero, en fin, todo sea por Pepi.


    2 de junio

     Voy a desayunar con los dos. Hablan apasionadamente, no han llegado a lo físico, pero lo están preparando, están calentando motores, y de qué manera: “tus labios están hechos para ser besados” “ tus caderas son lo más mono que he visto” “tienes una pinta de macho que tira de espaldas”, y lindezas semejantes. Y se echan cada mirada que se podrían asar castañas, sólo con acercarlas a la zona que compartimos los tres. Yo no sé si ellos estarán calentándose adecuadamente para el futuro momentazo, pero a mí me tienen alterada. Voy a tener que volver a recurrir a mi marido, recién jubilado.



    5 de junio

    Ante el temor de ser descubiertos, y para disimular mejor, se les ha ocurrido que, en el desayuno, se comunicarán mirándome a mi, vamos, como si fuera conmigo la cosa. O sea, se dicen sus lindezas dirigidas a sus oídos respectivos, pero con mi semblante delante.


    Mi alteración sube exponencialmente. Oír a él, mientras me mira y me dice “quiero estrujarte los senos” es muy fuerte, aunque sé que no son mis tetas las que quiere manosear. Oírla a ella decir a mi cara “cuando te agarre de dónde tú ya sabes, no nos van a separar ni los bomberos” es mucho para mí, aunque sé que carezco de dicha zona de agarre. Total, aunque no me lo dicen a mí, tanto el uno como la otra me están poniendo a cien.


    8 de junio

    Ahora sí que me van a matar. Quieren ir a un hotel, entrando a través del restaurante, pero me necesitan, necesitan que vaya con ellos. Yo les digo que sí, pero que me quedaré en el restaurante. Me dicen que no se fían de que alguien entre, y me vean sola, cuando hemos dicho en el trabajo que vamos a comer todos juntos. Total, que mañana subimos, los tres.



    9 de junio

    He estado en la habitación con ellos, me he metido en el lavabo, pero se oían todo tipo de ruidos, exclamaciones, quejidos, algún grito (sabía que Pepi tenía chispa, pero no tanta), y Alfonso da cada suspiro que me vuelve loca. Además, por lo que he oído, son fuertemente imaginativos.


    10 de junio

    Tras acabar mis notas del diario de ayer, cogí por banda a mi Pedro, y le exigí el cumplimiento de las obligaciones maritales. No respondió mal, algo aburrido, pero fue un buen desfogue. Él no abandonó en ningún momento cierta cara de sorpresa.


    14 de junio

    Desayunamos. Oigo lo que él le va a hacer, en la hora de la comida, y la respuesta de ella, que no se va a quedar corta. Ya sé por qué se duchan previamente y después, necesitan buena higiene para hacer lo que hacen y tras hacerlo. A mí también me vendría bien una buena ducha fría.


    Mientras ellos están en la ducha (y han tardado bastante) yo estoy sentada en la cama. No pongo la tele, porque no oiría bien lo que hacen. Cuando salen, yo me voy al lavabo. Huele a intensidad. Cuando acaban, y han vuelto a tardar bastante y con mucho y variado ruido, yo vuelvo a la cama, ellos entran por turnos al lavabo, y charlo alternativamente con ellos. Están muy agradecidos, son muy amables. Se les ve cara de cansados.


    15 de junio

    Ayer, tras escribir mi diario, cogí por banda otra vez a mi jubilado, al grito de “hazme sentir sucia” (que no comprendió muy bien al principio), le entré en más detalles y le propuse hacer algo que siempre le había negado. El muy cerdo para esto sí que tiene memoria “pero, cariño, si yo esto mismo te lo propuse hace 35 años, sin resultado, y te comenté las ventajas en orden a no tener problemas de descendencia demasiado pronto”. Es que siempre ha sido muy lógico, el muy guarro. Lo hicimos, no estuvo mal, realmente un poco sucio, pero efectivo. Lo repetiremos.

 

    Bueno, realmente yo quise repetirlo esa misma noche pero, cuando salí del baño, mi jubilado ya estaba roncando. Un ejemplo más de que nunca ha estado ahí cuando le he necesitado.


    23 de junio

    En el desayuno él le ha recitado a Pepi unas poesías que le ha escrito, algunas muy tiernas, dulces, sensibles, románticas, otras un poco subiditas de tono.


    En “la comida” por llamarlo de alguna manera, yo como un bocadillo sentada en la bañera (más bien lo devoro, llevada por la pasión de lo que oigo), ellos se comen uno al otro, y esto parece literal, puesto que están adelgazando a ojos vista, Pepi está perdiendo algún kilillo que le sobraba y se está poniendo de muerte). Alfonso está echando una cara de lascivia, que no le sienta nada mal. Le descubro, en algún momento, mirándome las tetas. Sonríe pícaramente cuando se siente descubierto. La verdad es que es muy mono.


    Ayer mi jubilado me dijo que menos mal que ya no trabaja, así puede quedarse hasta tarde en la cama, y recuperar fuerzas, que estos temas ya los tenía olvidados, tras unos cuantos años de abstinencia. La verdad es que estas paredes no estaban acostumbradas a que pasen ciertas cosas, bueno, ni las paredes, ni la cama, ni el mármol de la cocina, ni la mesa del comedor, ni la ducha…. En estos cinco días hemos hecho guarradas en todos los sitios de la casa. Ya sólo nos falta probarlo en algún sitio público. Todo se andará.


    24 de junio

    En cuanto he llegado a casa he preguntado al jubilado por qué nunca me ha escrito poesía. Me contesta que él es de ciencias puras, y contabilidad. Ya que sabe tanto de números, me lanzo a por él y terminamos corriéndonos practicando un socorrida y famosa cifra. Tras el numerito me dice que le estoy agotando, pero que es la mejor época que hemos pasado, y ésta su mejor noche, sin lugar a dudas. Yo hubiera repetido, pero él se durmió apaciblemente y aquí estoy, escribiendo este diario.


    25 de junio

    Resulta que su mujer se ha fugado con el jardinero, y ya no tienen que disimular. Pepi se va hoy a vivir con Alfonso, y nos quieren invitar mañana, a mi marido y a mí, a cenar.


    Esta noche volveré a buscar los límites de mi jubilado. Sin piedad. Me viene diciendo que está muy cansado, pero, en todas las ocasiones tras una primera expresión de sorpresa, no se niega a nada. Es que siempre ha sido un sátiro.


    30 de junio

    Escribo esto desde casa de Alfonso. La cena fue magníficamente. Bebimos mucho lo que, junto con la hora avanzada, y el calor de la noche hizo que, al sentarnos en el sofá, mi marido se durmiera profundamente. De un tiempo para acá se siente muy cansado.

 

    Para no molestarle, la pareja me subió al piso de arriba y, como no tienen todavía la casa acondicionada, me metieron en su cama, que es muy grande.


    Una cosa llevó a la otra: “siempre he pensado que no estás nada mal”, “pero qué agradecidos que te estamos”, “te quiero con locura, eres mi mejor amiga”. Exaltaciones varias llevadas de la mano de una buena cantidad de licor, seguida de algunos porros. Total, que nos acostamos los tres juntos… y pasé la mejor noche de mi vida. Esta sí que ha sido mi mejor noche, y no ninguna de las que mencionó Pedro. En menos de un mes he cambiado mucho.


    En resumen: que me dijeron que me quedara una temporada con ellos y aquí llevo cinco días ya, en los cuales no he podido hacer ninguna entrada en el diario, porque he estado muy ocupada, Pepi, Alfonso, y varias maquinitas que poseía cada uno de estos dos imaginativos individuos, y que ahora son su patrimonio común, me tienen absorbida. Mi marido no sabe muy bien lo que pasa, pero se siente contento; menos exigido, ha vuelto a sus sudokus, lo que es una buena ocupación para un contable. En una temporadita volveré a casa, más relajada y más delgada.


    24 de julio

    He vuelto a casa. Ellos no querían, pero yo no podía seguir ese ritmo. Continuamos desayunando juntos y comiendo juntos, pero yo ahora no molesto a mi jubilado, porque ya no ocupo el sitio alternativo en la habitación del hotel: si estoy en el baño es porque estamos los tres, si estoy en la cama, también estamos los tres. Desde luego, en esta vida se sabe cómo empiezan las cosas, pero nunca cómo pueden acabar./Antonio Invernón

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