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{CULTURA / EXPOSICIONES}
Dalmati y Narvaiza, manos que cuentan
La Sala Amós Salvador acoge una retrospectiva de su obra en el centenario del nacimiento de Dalmati
Una atmosfera abrumadora te recibe al cruzar la puerta de la Sala de Exposiciones Amós Salvador de Logroño. Los volúmenes recios y poderosos de las esculturas y pinturas del dúo Dalmati-Narvaiza generan una energía que parece proceder de las fuentes originales, de los valores esenciales y de las gentes que trabajan duro para ganar el pan. Sus obras reflejan, en algunos casos, dramatismo. Son rostros tremendamente expresivos; muestran dolor y angustia, también furia, amor y confianza.
Al cumplirse cien años del nacimiento de Alejandro Rubio Dalmati -Galardón de las Bellas Artes Riojanas en el año 2000- Cultural Rioja rinde homenaje, a través de una retrospectiva a quien, junto a su mitad creativa –su sobrino-, Alejandro Narvaiza ofrecieó un estilo con una huella de artista único. Artistas –aunque la palabra no le guste a Narvaiza, prefiere hablar de artesanos- cotidianos por el nombre, pero quizá no tan reconocibles por su obra a pesar de disfrutar de la visión de extraordinarios ejemplos a diario al deambular por la ciudad. Y es que la estatua del Labrador, la escultura de los Donantes de Sangre, o la fuente de Los Ilustres enlazan el caminar del peatón por el centro de Logroño.
Unos Ilustres que en su versión pictórica han presidido la presentación de la muestra. Una exposición que Alejandro Narvaiza cataloga de didáctica; mientras pide disculpas porque lo suyo –dice- es pintar y no hablar. Se le entiende todo. Desde el proceso creativo que han seguido tío y sobrino a partir del momento en que enlazaron carrera allá por el año 1964, hasta las anécdotas, que hay unas cuantas. “Recuerdo –apunta- que teníamos pasaje para España y nos surgió la posibilidad de realizar una obra. No teníamos tiempo material y entonces… nos lo planteamos… ¿y si lo hacemos a medias?... Ahí surgió todo”.
Ahí surgió una relación creativa que se prolongó hasta el fallecimiento de Alejandro Rubio Dalmati en 2009. Entre tanto fueron años de creativdad imparable -sólo en la sala pueden contemplarse 160 obras- y tal como se lee en el catálogo que acompaña a la exposición, Rubio Dalmati supuso una renovación del arte riojano en un momento de estancamiento. “No se trata de una ruptura –indica el texto- sino de una maduración desde la figuración realista”.
Rubio Dalmati nació en Chile, en Chillán concretamente. Su padre era natural de la localidad riojana de Fuenmayor. Había partido hacia Sudamérica al comenzar las Primera Guerra Mundial. Finalizado el conflicto cesaron los motivos de su salida y regresó a España, a Logroño. La historia se repitió después, cuando el pintor y escultor tuvo que regresar a Chile durante la Guerra Civil española al convertirse en sospechoso de ser comunista. Tras varias ideas y venidas, en 1965 decidió quedarse a vivir en La Rioja.
Ya asentado en la tierra del vino y compartiendo rúbrica con su sobrino (en los años 70 crean la firma ARND) desarrollan una extraordinaria obra escultórica y pictórica. Alejandro Narvaiza recuerda como un momento de incertidumbre la decisión de dedicarse a esto del arte. “Me tocó elegir una carrera –sonríe- y decidí ser pintor; me metí en el ajo y hasta aquí". Sobre la forma de afrontar sus obras, Narvaiza alude reiteradamente a la espontaneidad. “Todas las obras eran conjuntas, de los dos. Empezábamos un cuadro cada uno, nos los intercambiábamos, no sabíamos donde había empezado uno y donde terminaba el otro, pero al final tenían el toque especial de cada uno de nosotros”. “Ahora –reconoce-, tras la muerte de mi tío, me cuesta mucho más”.
En la exposición de la Sala Amós Salvador puede intuirse el proceso. “Empezábamos por el dibujo –apunta Narvaiza- hasta que lo definíamos totalmente, hasta que lo terminábamos. Entonces, y sólo entonces, lo calcábamos y comenzábamos a pintar".
El catálogo te ofrece pistas para no perderte y las sigues te dejas llevar por los relatos que cuentan las pinturas y esculturas de Dalmati y Narvaiza llegarás a la expresividad de las manos de sus protagonistas. Manos que hablan, como las que contaba Rubio Dalmati que observaba cuando era un niño y contemplaba, desde abajo, desde su aún pequeña estatura, las conversaciones de los mayores, pláticas de dedos, puños y palmas; sobre todo de palmas abiertas porque la obra de Dalmati y Narvaiza habla de de eso, de unión, de los horrores de la guerra, de concordia y pacifismo./Javi Muro
*Sala Amos Salvador de Logroño, hasta el 3 de noviembre.











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