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{CULTURA / CINE}

Un atraco para convencer a todos

'Cien años de perdón' medita sobre la España actual con acento argentino

 

Los españoles tenemos cierta debilidad por el acento argentino. Da igual que nos estén robando la cartera, ligando con nuestra pareja o metiendo una goleada en la final de la Champions League; nada suena tan grave si es un argentino quien lo lleva a cabo. Así que el director catalán Daniel Calparsoro y el guionista asturiano Jorge Guerricaechevarría hicieron bien en crear personajes argentinos para 'Cien años de perdón', y además con un gallego de por medio.


Ese gallego es el reputado Luis Tosar, nacido en Lugo y cuyo papel en esta película ejerce como bisagra entre las mentalidades de un lado y otro del Atlántico. Un inmenso océano separa a España de un país con el que comparte idioma, pero con el que no coincide a la hora de medir tiempos ni consecuencias. Mientras que El Gallego se muestra impetuoso y tajante, El Uruguayo (interpretado por el bonaerense Rodrigo de la Serna) exhibe mayor aguante y tesón.


Parece buena combinación, sobre todo para un grupo de seis hombres armados que asaltan la sede central de un banco en Valencia durante una mañana muy lluviosa. Lo que iba a ser un robo limpio y fácil pronto se complica cuando la directora de la sucursal desvela un secreto oculto en una de las cajas de seguridad. Los ánimos se encienden entre los líderes de la banda y la sospecha se extiende dentro y fuera del banco, hasta llegar a poner en jaque al Gobierno del país.

 

'Cien años de perdón' es el típico film que, si se grabara al amparo de Hollywood, cualquier espectador se tragaría sin pestañear. Pero fijo que aún caben reticentes al tratarse de una producción hispana. Y no debería, pues los 104 minutos de su metraje son la prueba (otra más) de que el cine de acción no tiene patria. Incluso resultan breves por la intensidad con la que discurre una trama sin puntos de confusión. Lo que hay es lo que ves; y, a partir de ahí, toca apañárselas.
Los dos líderes de la banda pronto se dan cuenta y ejecutan su sencillo plan conforme estaba previsto. Entrar de sopetón, robar el máximo número posible de cajas de seguridad y huir por una estación de metro abandonada; una misión aparentemente sin fisuras... hasta que la incesante lluvia entra en juego. El factor meteorológico sorprende a los seis encapuchados, quienes no pueden escapar según lo programado y ponen su paciencia al límite con la Policía en camino.


Especular con la España de hoy en día

 

El ambiente se caldea entre El Gallego y El Uruguayo, que mutuamente se achacan fallos de una operación que poco a poco se va al traste. Pero la intriga no se queda con ellos y con su tropa, ya que fuera del banco inquietan los detalles de un atraco a varias escalas. La élite del Gobierno puede verse afectada por el contenido de una caja de seguridad, lo cual obliga al jefe de gabinete de la Presidencia (encarnado por Raúl Arévalo) a tomar medidas con extrema cautela.
La información de dicha caja, a riesgo de ser comprometedora, entonces se convierte en el evidente mcguffin de la película. La presión de los cuerpos de seguridad, liderados por un negociador recio, duro y sin escrúpulos (Jose Coronado), es cada vez más insistente y menos halagüeña para los que están en el interior de la sucursal bancaria. Un vaivén de instrucciones gubernamental contrasta con el vaivén de ideas que los atracadores mezclan para salir airosos.


Las altas esferas nunca son de fiar y por eso El Gallego, El Uruguayo y compañía deciden usar todas las artimañas de su imaginación. Comienza de esta forma una persecución cuyo propósito será huir, en sentido literal o figurado, sin gastar la baza más importante: el misterioso contenido de la caja. Dichosa cajita que pone contra las cuerdas la amistad y el compañerismo entre ladrones (sí, se ve que existe), amén de exprimir la hipocresía de un Gobierno en crisis.


Toda la gente, inocente o culpable, debe arriesgarse con audacia para sobrevivir y para llevar a la pantalla una reflexión de la España actual. Porque entre tanto pacto frustrado y tanta sesión de investidura, es gratificante comprobar que al final los políticos también son vulnerables. Solo hace falta averiguar cuál es la tuerca que un ciudadano tiene que apretar para que la cúpula gubernamental le haga caso. A veces el mejor botín es acaparar la atención./Daniel Cabornero

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