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{CULTURA / CINE}

Gorila gigante se enamora de chica rubia

1933, el rodaje de King Kong

¿A quién le interesa una película que trata de un simio de 15,5 metros de altura que se enamora de una chica de 1,50? Esa era la pregunta que se hacían allá por 1931 los productores de los grandes estudios cinematográficos. En un principio –como ha sucedido en más de una ocasión en la historia del cine- nadie confiaba en el futuro King Kong, después más de uno se arrepiente.

Dice Peter Bart en su libro ‘El Secreto de los Films que Triunfaron’ que la características comunes entre ‘Easy Rider’, ‘Casablanca’, ‘Sonrisas y lágrimas’ ‘Psicosis’, ‘Tiempos Modernos’ o ‘El proyecto de la Bruja de Blair’ son el discurso personal de sus creadores; personas con carácer que se hacen escuchar a pesar de las intromisiones de los productores y ejecutivos de los estudios; la sensibilidad que guía la narración; un fuerte toque emocional y mucho espectáculo… “esa magia que logra captar la atracción del público”. El rodaje de King Kong tuvo un poco de cada uno de esos ingredientes e incluso mucho algunos.
La historia del simio gigante nace de la imaginación de Merian C, Cooper, viajero, aventurero, con fama de playboy. Cooper fue piloto de combate durante la Primera Guerra Mundial; fue derribado y hecho prisionero, permaneció durante dos años en un campo de concentración. Al parecer no podía permanecer quieto durante mucho tiempo. Tras su experiencia bélica quedó prendado del periodismo y ejerció de reportero en el New York Times. Era el año 1921. Pero las columnas del periódico no parecían saciar suficientemente su anhelo de emociones fuertes. Cuando descubrió los documentales cinematográficos a través de ‘Nanuk el esquimal’, ya no quería hacer otra cosa.

Así que contacto con el más famoso aventurero y documentalista del momento. Este era Franck Bunch, cuya fama residía en que en vez de traer en su regreso tan sólo la piel de los animales exóticos que descubría, los traía vivos y los vendía a zoológicos. Esos viajes y esos sorprendentes seres vivos encendieron la imaginación de Cooper. Viajó al Golfo Pérsico, Etiopía y el Congo con un solo objetivo, quería grabar al gran gorila.


Mientras, en Nueva York, en la intersección de la Quinta Avenida y la calle 34, continuaban con la construcción del Empire State Building, un edificio que ya se elevaba hasta los 381 metros, en el piso 102, aunque su altura total llegaba -y llega- a los 443 metros o 1.453 pies y 8 pulgadas. En la imaginación de Cooper ya se esbozaba una de las imágenes míticas del cine, junto al vestido de Marylin, el final de ‘Con faldas y a lo loco’, la persecución a Cary Grant en ‘Con la muerte en los talones’ o el discurso de Charles Foster Kane.


Cooper inicia las primeras líneas del guión en 1931 y comienza a vender la idea en busca de financiación; nadie parece interesarse, más bien todo lo contrario. Pero un golpe de suerte, como suele ocurrir con los proyectos en los que nadie cree y poco después son éxitos incuestionables, le estaba esperando en forma de relevo directivo. Concretamente el que se produjo en la compañía RKO, que se encontraba económicamente contra las cuerdas, a un solo paso de la bancarrota.


David O Selznick tomó las riendas del estudio y, aunque no veía con el mismo entusiasmo que Cooper la historia de un simio que se colgaba de una joven, le ofreció trabajo como guionista.


La nueva RKO trabajaba en una película con animales prehistóricos (Creation) y Cooper no pudo evitar escribir un informe tratando de llevar el ascua a su sardina; es decir, insistiendo en que mejor un gran mono que muchos pequeños animalitos.

Peter Bart apunta en su libro el argumento de aquella nota que transformó el destino de ‘King Kong’. Venía a decir algo así como: “El secreto de las producciones de este tipo es crear algo sensacional, algo con carácter; animales que sean auténticos personajes  sensacionales, igual que si fueran personas, y convertirlos en una feroz amenaza. Lo más importante es que uno de los animales sea uno de los personajes principales de la historia”. Y sugirió, como no podía ser de otro modo, “un gorila gigante prehistórico, una criatura de pesadilla, terrorífica y dramática”.
No se sabe a ciencia cierta si fue la determinación de Cooper o la desesperación financiera en la que se encontraba la RKO, pero David O. Selznick cedió y comenzó el rodaje de ‘King Kong’, a pesar de algunas dudas que aún revoloteaban sobre los sombreros de los directivos del estudio. Titubeos que desaparecieron al presentarles el resultado del rodaje de la escena en que Kong sacude el tronco sobre el que caminan unos hombres y los lanza al vacío. La indecisión se disfrazó entonces en entusiasmo y la falta de crédito en un Monopoly a estrenar, el dinero comenzó a brotar.


La película se rueda con la técnica de la stop motion –desplazando los modelos en miniatura y rodando fotograma a fotograma para conseguir la sensación de movimiento- y variando el tamaño de Kong, según las necesidades.

Tras el no de la actriz Jan Harlow, la prueba del grito de pánico la supera Fay Wrai, convirtiéndose en la protagonista; la rubia que quería Cooper para el papel de Ann Darrow. Al mismo tiempo, mientras el rodaje avanza la intranquilidad regresa a los señores del dinero. "¿Cómo que Kong no aparece hasta la mitad de la película?" Los ejecutivos querían el impacto en la pantalla del gorila gigante desde el mismo momento en que desapareciera el título inicial. Tras un disputa nada sencilla entre efectismo y suspense, Cooper salió triunfante una vez más.

 

‘King Kong’ estaba terminada. Era 1933 y era el momento de pasar la prueba del algodón con un primer visionado público. Los espectadores que asistieron a la cata cinematografíca quedaron –según cuenta Peter Bart- asombrados. Demasiado pensó Cooper. Hasta el punto de quitar del metraje definitivo la escena en que unos insectos gigantes devoran a unos marineros al percibir que los espectadores quedaban tan impresionados que no paraban de hablar de esa secuencia y perdían el hilo narrativo.


La crítica se deshizo en halagos. “Una extrordinaria historia de amor y destrucción’.


Una historia que ha tenido secuelas, remakes (1976, Dino de Lurentis, con Jessica Lange y 2005, dirigida por Peter Jackson, con Naomi Watts) y secuelas de los remakes, pero sobre todo una escena que quedará para siempre en la retina de la historia del cine... Kong con la chica sobre el Empire State Building./Javi Muro

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    Making of King Kong

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