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{CULTURA / CINE}
El camino anterior a 'Spotlight'
Los periodistas del cine ganan otra vez el premio Óscar
No hay mayor escaparate en el mundillo de la cultura que los premios Óscar. Porque de las infinitas disciplinas, vertientes, tendencias o variedades culturales, el cine es la que más audiencia potencial reúne en todas sus vías y por todos sus representantes. Quizá un concurso de arquitectura destaque por su aspecto espiritual, un desfile de moda por lo vanguardista o incluso una gira musical por lo lucrativo, pero los recovecos del cine son tantos y tan repetidos que ganan la batalla industrial de la fama.
Y aquí hacer industria significa honrar el pasado amateur, asentar el presente profesional y encarrilar el futuro financiero. Las galas de premios deberían recordarlo y por ello en Estados Unidos aciertan (casi siempre) con sus Óscar, pues brinda el colofón soñado al ser la última y más importante de las ceremonias. La estatuilla a la mejor película es sin duda la mejor promoción, por lo que 'Spotlight' ha ocupado al ganarla el sitio más envidiable para cualquier artista.
Protagonizado por Michael Keaton y seguido de cerca por Mark Ruffalo, Rachel McAdams, Liev Schreiber, John Slattery, Brian d'Arcy James y Stanley Tucci, este film narra la historia real de una investigación digna del premio Pulitzer en 2003. Llevada a cabo por reputados miembros del Boston Globe, dicha investigación sacudió a la ciudad del periódico, más tarde al país entero y luego causó una enorme crisis en una de las instituciones más antiguas y seguidas del mundo.
Cuando el equipo de reporteros de la sección Spotlight ahonda en el abuso sexual por parte de sacerdotes, descubren en cada alegato el encubrimiento sistemático y que durante décadas hicieron las altas esferas de entidades religiosas, legales y gubernamentales de Boston. Desatando una ola de revelaciones a escala global, esta labor periodística fue premiada "por su valiente y amplia cobertura, un esfuerzo que atravesó lo secreto y agitó la reacción local, nacional e internacional y produjo cambios en la Iglesia Católica".
Tal descripción, que es de los propios jueces del Pulitzer, debió inspirar al director Tom McCarthy para escribir el guión de la película junto a Josh Singer. El resultado de ese original texto fue inmejorable, obteniendo ambos el Óscar y creando con 'Spotlight' un tenso drama que persigue uno de los escándalos más sonados de los últimos años. Su dirección incluso le valió a McCarthy para estar nominado en solitario, pero el mexicano Alejandro González Iñárritu fue el vencedor con 'El renacido'.
Pese a no ganar el trofeo, McCarthy ya se ha ubicado en un panorama de Hollywood siempre difícil para directores casi novatos como él. Porque 'Spotlight' era su quinto largometraje, algo que lo convertía en el menos prolífico de los candidatos y que evidenciaba su peculiar trayectoria. Había actuado frecuentemente y con notable crítica en series populares como 'Ley y orden', 'Ally McBeal', 'El abogado' y sobre todo 'The Wire'. En esta última había encarnado a un periodista despreciable durante la quinta temporada. De casta le viene al galgo.
Roles testimoniales o secundarios que no crearon una sólida carrera de intérprete, aunque sí forjaron una sutil idea aplicada después como director: el equipo por encima del individuo; es decir, el reparto coral por encima del protagonista. Eso para la pequeña pantalla queda de lujo y para el cine también puede resplandecer, bebiendo de las fuentes oportunas y juntando a un buen elenco. McCarthy lo ha hecho y pertenece ya por sus méritos a la socorrida Generación de la TV.
En el grupo de Sydney Pollack o Robert Redford
En un contexto democrático, el periodismo a veces quiere arte para compensar su actitud de perro guardián y medidor de opinión pública. Así ocurre para una específica hornada de cineastas estadounidenses, los de la citada Generación de la TV y cuyo compromiso exhiben sin tapujos. Referentes como Alan J. Pakula encajaron tal interés en 'El último testigo' (1974), en la insigne 'Todos los hombres del presidente' (1976) o en 'El informe Pelícano' (1993).
Y muchos más gurús han constituido esa tendencia. El actor y director Sydney Pollack forjó sus inicios en la briosa televisión americana de los años 50, descifrando las señas de 'Network, un mundo implacable' (Sidney Lumet, 1976) aunque añadiendo profundidad a sus inquietudes. Además de parecerse en el nombre de pila, ambos compartían una visión periodística de la sociedad y no dudaron en grabarla, creando un legado que el estiloso Robert Redford parece aprovechar con creces.
El film 'La verdad' (James Vanderbilt, 2015) es un reciente ejemplo de que Redford se ha comprometido con una causa, y esta vez pese a quedarse delante de las cámaras. En títulos anteriores como 'Leones por corderos' (2007) o 'Pacto de silencio' (2012) sí había optado por la dirección; ahí predicaba las enseñanzas de un Pollack que dio órdenes al propio Redford en 'El jinete eléctrico' (1979), donde la trama ensucia métodos de deontología profesional con una periodista (interpretada por Jane Fonda) buscando la historia de su vida.
Pero Pollack advertirá en 'Ausencia de malicia' (1981) mayor preocupación conforme a la responsabilidad social de los poderes públicos, el pujante rol de la prensa o su facilidad para los conflictos entre ambición y ética. Surge ahí la encrucijada, para una expresión que alude a la defensa legal de la práctica periodística en caso de desconocimiento de falsedad con lo publicado. Y ello sin importar la exactitud informativa, sino el amparo jurídico del que se dispone para sortear responsabilidades derivadas de la misma.
Cinismo yanqui que en esta película de Pollack se ve cuando la imprudencia de Megan Carter (Sally Field) provoca la desgracia a un presunto mafioso, encarnado por Paul Newman y elegido chivo expiatorio por una débil fiscalía ante los delitos de secuestro y asesinato de un sindicalista. Con una audiencia ávida por escándalos a costa de no respetar la presunción de inocencia, la actitud de esa periodista se disculpa en parte porque el impulsor sensacionalista lo caracteriza su editor, amén del agitado entorno de su redacción.
Una conducta que pone en tela de juicio a Ryszard Kapuscinski cuando dice que los cínicos no sirven para el oficio periodístico; pues la práctica enseña, a su modo, que los honrados tampoco llegan muy lejos. "Yo sé hacer dos cosas: hacer el bien o escribir una buena historia. El problema es que no sé hacerlas al mismo tiempo". Sacada de la propia película, esta cuña desgrana la bondad o maldad de los informadores. Porque a veces no tienen alternativa, deben olvidar sus sentimientos e ignorar las consecuencias de sus actos sobre los demás.
Aparece de golpe una moraleja: para ser periodista de éxito no existe la compasión. Y rizando el rizo, la nulidad de compasión no mancilla las reglas de credibilidad, a saber: confirmar la información con varias fuentes y escuchar el descargo que los implicados hagan en su defensa antes de publicar. Así uno se cubre de las eventuales críticas mientras la legislación lo respalda. Esto expone hasta qué punto las rutinas profesionales se enfrentan a los valores individuales.
Reflexionar y saltarse las normas
Un periodista atina si cumple los procedimientos para no contaminarse con sentimientos, aunque podemos hallar ambigüedades como la de 'Ausencia de malicia' o fidelidades como la de 'Spotlight'. Elegir entre tener corazón o ser reportero-papagayo obliga a cuestionarse esas normas que eximen de responsabilidad, pero que condenan a menospreciar la suerte ajena. Y si se considera acertado cumplir los estándares definidos para inmunizar el trabajo, ¿cómo puede alguien al mismo tiempo ostentar aspiraciones individuales?
Obligando al reportero a ser escéptico, ¿dónde queda la conciencia social que atrae a quienes defienden esta carrera universitaria? Parece que los valores son cada vez más irrelevantes y hace ya tiempo que las creencias o puntos de vista importan poco. Si alguien quiere su noticia publicada o en el aire, debe olvidarse de sí mismo y cumplir los controles que impone la empresa para garantizar al público un resultado objetivo, creíble y libre de toda distracción individual. O al menos así lo venden.
No importa ser de izquierdas o de derechas, negro o blanco, hombre o mujer. La historia debe seguir los patrones anglosajones diseñados y exportados durante casi 200 años. Todo acaba resumido en que una información cumpla las necesidades empresariales, junto al vicio laboral que eso conlleva. Si aún caben dudas, basta con averiguar las preferencias políticas de los periodistas y las de sus jefes. Sin embargo, eso no impide que coincidan en el mismo edificio ni elaboren el mismo producto. ¿Entonces qué es noticia, lo interesante que ocurre en el mundo o lo que a un mandamás se le antoja?
Esas relaciones corporativas inhiben lo más íntimo de un empleado y traspasan generaciones. Los becarios siguen las rígidas instrucciones a fin de contentar a los veteranos y de identificar las fuentes más atractivas, las filtraciones más rimbombantes o los atributos más llamativos. Es normativa consuetudinaria que debe cumplirse, que garantiza el cumplimiento de la hora de cierre y que acredita niveles aceptables de ecuanimidad.
A estas alturas flojea el dogma de la objetividad y las fuentes se ciñen a criterios precocinados para que digan justo lo que se espera. ¿Deberían los periódicos gritar su línea editorial? Quizá una declaración de intereses homologaría su selección de eventos y de noticias, cuyo condicionamiento es legítimo aunque luego resulte parcial. La pulcritud como redención para un oficio deprimido... Ése parece el desafío entre los nuevos componentes de la Generación de la TV. Y Tom McCarthy, más pulcro imposible en 'Spotlight'./Daniel Cabornero
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