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{CULTURA / CINE}
Cine de los 50 contra la obsolescencia programada
Alec Guinness no es todavía Obi Wan-Kenobi ni va a luchar contra Darth Vader para salvaguardar la proliferación de jedis… Aquí todavía es un actor joven, que corre intentando despistar a la muchedumbre que lo persigue. La noche ha caído en esta ciudad británica gris y oscura, pero nuestro héroe se distingue claramente. Lleva un traje blanco, casi fosforescente. Imposible despistar a toda esa turba violenta que va tras él, que le grita y lo amenaza: curioso grupo heterogéneo de magnates de la industria textil y de obreros; de señores trajeados, entrados en carnes y en años, y de jóvenes soliviantados y revolucionarios. Empresarios y proletarios todos a una (casi parece una de las sospechosas consignas que nuestras clases políticas enarbolan para superar la crisis) ¿Qué habrá hecho Alec Guiness?
Os acabo de contar una de las secuencias (no temáis; el spoiler va a ser inofensivo) de 'El hombre del traje blanco', film británico de 1951 dirigido por Alexander Mackendrick, y que forma parte de la programación de la filmoteca Rafael Azcona de la Rioja este febrero. Y lo que sorprende de esta cinta es la absoluta pertinencia de una problemática en la que estamos más enredados que nunca: el consumo como engranaje insoslayable que dirige nuestro sistema de vida, sustento necesario tanto del precario trabajo del asalariado como de grandes fortunas, generador de desigualdades que concebimos como única forma de estar en el mundo.
El argumento es sencillo. El personaje encarnado por Alec Guinness se llama Sidney Stratton. Como la fonética de su nombre indica (straight on) es un científico recto y concienzudo que comienza sus andanzas en la industria textil a escondidas, convencido de que podrá sintetizar una fibra irrompible que, además, repela la suciedad. Lleva a cabo sus investigaciones ilegales consiguiendo trabajos temporales en fábricas de las que es despedido en cuanto descubren sus pretensiones, acabándose así, una vez tras otra, con todas las esperanzas que bullían en sus construcciones laberínticas de alambiques y tubos de ensayo, donde los misteriosos líquidos fluían, soltaban espuma y producían burbujitas al ritmo de un soniquete único (efecto de sonido que incluso Wes Anderson copiaría para su 'Fantástico Sr. Fox'). Hasta aquí una historia que recuerda la pretensión científica, plasmada en el cine desde casi sus orígenes, de trasgredir los límites de lo humano para, por medio de una investigación personal, casi siempre incomprendida y siempre con consecuencias que escapan al control del propio científico, seamos conscientes de nuestras limitaciones y volvamos a sentar cabeza tras haber experimentado el abismo del Prometeo que logra engañar a los dioses.
Pero 'El hombre del traje blanco' no es 'Frankenstein', ni 'El hombre invisible', ni 'El Dr. Jekyll' (ni Mr. Hyde). Sus pócimas y mejunjes están al servicio de algo mucho más prosaico: la ropa; y el tono de la cinta es humorístico. Basten como muestra las tomas brillantes —a ritmo de gag— que se configuran alrededor de las puertas; puertas que se cierran y se abren, que dejan ver, que empujan, que posibilitan o que bloquean… todo un festival de secuencias que nos llevan de la mano por las peripecias de los personajes.
El clímax de la cinta tiene que ver, como no podía ser menos, con la consecución de los objetivos de Sidney que, entusiasmado tras numerosísimos ensayos, ya proyecta su triunfo en una sociedad más justa, más limpia; sin parches ni remiendos. La fibra resultante, además, es blanca, blanquísima. Ya nos imaginamos a millones de personas resplandecientes, sin necesidad de comprar jamás ninguna otra prenda, permanentemente abrigados e impolutos, y rodeados de un aura lechosa, fosforescente, purísima. Pero aquí surge el conflicto. Si todo el mundo consigue su traje, ya no hará falta fabricar más. ¿Y qué pasará con las industrias? ¿Cómo podrían seguir amasando fortunas sus dueños y conseguir el pan de cada día sus empleados? ¿En qué labor invertirán su vida y sus lumbalgias las lavanderas?
Así pues, se nos obliga a asistir con una sonrisa a este estado de las cosas aberrante donde, a falta de alternativas solidarias y globales, para seguir cada uno con su pequeña vida alienada, debe apoyar a los que la posibilitan. ¡Qué haría Primark (y otras muchas empresas que proliferan como hongos a costa de salarios miserables) si un Sidney Stratton pudiese coronar sus pretensiones, o si cada uno de nosotros pensásemos un poco más “en blanco” cuando nos vamos a comprar otra camiseta que no necesitamos y que nos durará solo unos cuantas películas más…!/Cecilia Español
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