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{ENTREVISTAS}

'Creo que tenemos derecho, al menos, a la ciudad caminable, la urbe no puede ser hostil tiene que ser segura y acogedora'

Adriana Herreros es la autora de 'Andar por Andar' y cree en mitigar el desplazamiento en coche

Adriana Herreros nació en Logroño, aunque lleva buena parte de su vida viviendo en Madrid. Es periodista y experta en comunicación estratégica y corporativa, licenciada en Sociología y Ciencias Políticas. Su trabajo cruza la reflexión sobre las ciudades, el feminismo, el arte y la tecnología, con especial atención a la manera en que habitamos y recorremos los espacios urbanos. A través de blog Campo Visual, explora la relación entre las personas y su entorno, así como el valor de caminar sin una finalidad productiva. En septiembre de 2025 publicó 'Andar por andar,' un ensayo que reivindica el paseo como una experiencia de libertad, descubrimiento y resistencia frente a la aceleración cotidiana.

 

Y es que vivimos obsesionados con medirlo todo, incluso el tiempo que dedicamos a caminar. Frente a la prisa y la productividad, Adriana Herreros reivindica en 'Andar por andar', publicado por Debate, el placer de pasear sin rumbo ni propósito. Una invitación a recuperar la curiosidad, descubrir la memoria que habita en nuestras calles y pensar cómo queremos que sean las ciudades que vivimos. Porque caminar también es una forma de mirar, de sentir y, quizá, de aprender a vivir más despacio./Javi Muro

S.-Vivimos rodeados de aplicaciones que nos dicen cuántos pasos damos, cuánto tardamos y hasta si hemos dormido bien. Hemos convertido el paseo en otra tarea que cumplir. ¿En qué momento caminar dejó de ser una forma de disfrutar de la vida para convertirse en una casilla más de nuestra agenda?

Sí, pareciera que, en este momento actual, nuestra actividad diaria —también nuestro tiempo de ocio— ha de ser irremediablemente medible, cuantificable. Competitiva y productiva. Tenemos que revelarnos contra esa necesidad de medirlo todo en términos de eficiencia, de economía de mercado. Para mí, lo improductivo es digno y loable. Actividades tan estimables como errar, vagar, decrecer, parar y pasear, por supuesto, son actividades íntegras, y en muchos momentos vitales, las más necesarias. 

 

S.- En 'Andar por andar' reivindicas el paseo improductivo, el que no sirve aparentemente para nada. Pero ¿cómo se aprende a no hacer nada en una sociedad que nos hace sentir culpables cuando descansamos? ¿También hay que aprender a pasear?

Al hilo también de lo que comentábamos antes, yo siempre añado que pasear, vagabundear sin motivo aparente no sirve de mucho en términos económicos, no producen nada: tan solo algunas experiencias muy estimables, ciertas llegadas deseadas y los mejores estados de ánimo. Y esto no está nada de mal.

 

Sí, es complicado sentirse bien sin hacer nada de nada. Estamos condicionados a sentirnos regular. Hay multitud de consignas que nos sacuden a diario e intentan captar y anular nuestra atención con el rendimiento y la productividad. Pero sí creo que hay otras maneras de hacer las cosas. Es posible una manera menos competitiva y más humilde de caminar por la vida. De vivir tranquilamente. 

 

S.- Las ciudades están llenas de lugares que guardan recuerdos. La esquina de un primer beso, la calle por la que regresábamos del colegio, el banco donde recibimos una mala noticia. ¿Cuánto de nuestra biografía permanece escrito en las calles? ¿Podemos seguir viviendo en una ciudad cuando los lugares que nos vinculaban a ella han desaparecido?

Toda nuestra biografía está escrita, grabada en un mapa vital a pie de acera. Por eso las ciudades son tan relevantes en nuestra conformación personal y como ciudadanos. Las calles, los barrios guardan retazos, ecos de todas nuestras experiencias. Hablan de nosotros y de todos los que fueron y serán. 

 

Sí, creo que podemos seguir viviendo en una ciudad, aunque muchos de esos lugares, que son nuestra memoria, desaparezcan o se transformen. Siempre podremos idear y diseñar nuevos lugares acogedores, reflejo del entramado de la sociedad del momento, inclusivos, accesibles, ricos. Nuevos espacios de encuentro e intercambio que nos representen. Manteniendo al vecindario vinculado, implicado de nuevo. Las ciudades son entes vivos en perpetua transformación. Sus características demográficas evolucionan, mutan –en el contexto actual, caen las tasas de natalidad, la población envejece, surgen diferentes movimientos de población y procesos migratorios–, y los usos urbanos han de adecuarse a tales cambios de forma consensuada.

 

S.- Has contado que caminar puede ayudarte a aliviar las preocupaciones y que, en ocasiones, has llegado a identificar lugares asociados a momentos de tristeza. ¿Qué tiene el movimiento que a veces nos permite gestionar mejor lo que sentimos? ¿Hay emociones que solo conseguimos comprender cuando dejamos de intentar comprenderlas?

El vagabundeo, un pie y después el siguiente, nos aligera de carga mental superflua, nos aleja del ruido incesante del ahora mismo, nos distiende, relaja, calma y nos incita a la reflexión. Una caminata agudiza la inclinación del ser humano por comprender. Un paseo nos alienta a profundizar. Sin duda, nos ordena y nos alivia de ciertas congojas. 

 

S.- Salir a caminar parece el gesto más democrático del mundo. Basta con tener piernas y abrir la puerta. Sin embargo, el miedo, la inseguridad, la discapacidad, la edad o la falta de tiempo condicionan quién puede disfrutar realmente de la calle. ¿Es el paseo un derecho universal o un privilegio que todavía se reparte de manera desigual?

Sí, caminar, desplazarnos a pie, debiera de formar parte de nuestra actividad cotidiana siempre que contemos con el privilegio del tiempo y de la salud. 

 

Yo creo que sí tenemos derecho, al menos, a la ciudad caminable. Es decir, a una ciudad inclusiva para todas y todos. Esto implica que se tomen medidas en el diseño urbano y en la movilidad para que la urbe sea segura y accesible a toda la ciudadanía. Que el dominio público sea acogedor, saludable, más seguro para el viandante y accesible para cualquier franja de edad. 

 

S.- Durante siglos, la presencia de una mujer sola en determinados espacios públicos ha despertado sospechas, censuras o directamente miedo. ¿Qué revela de nuestra sociedad el hecho de que una mujer todavía tenga que calcular por dónde vuelve a casa o a qué hora deja de pasear? ¿Cómo sería una ciudad diseñada desde la libertad de las mujeres y no desde su necesidad de protegerse?

Revela que vivimos todavía en sociedades donde no existe la igualdad plena, donde una mujer continúa siendo un sujeto secundario en el espacio público. Y esto ha condicionado y condiciona nuestro devenir ciudadano. De hecho, la historia de los derechos de las mujeres también es la historia de la conquista del espacio, del obvio derecho de todas ellas a la presencia física completa, sin miedo, en cada lugar. 

 

Una ciudad planificada y diseñada teniendo en cuenta la perspectiva de género, con un diseño urbano que incorpore de forma activa la voz de mujeres, niñas y minorías sexuales y de género implicaría más sensibilidades evaluando temas relevantes como la inseguridad, la iluminación de calles y aceras, el uso del transporte público, los roles de género en los espacios de ocio. Daría lugar a urbes más inclusivas, igualitarias y justas.

 

S.- En muchas ciudades, el peatón tiene que sortear vehículos, aceras estrechas, ruido, terrazas y superficies de asfalto que en verano parecen una sartén. ¿Hemos construido ciudades para vivir en ellas o para atravesarlas lo más deprisa posible? Si pudieras eliminar una sola cosa de nuestras calles para hacerlas más humanas, ¿qué desaparecería primero?

En este contexto de diseño urbano cochista, donde el coche es el sujeto principal de la movilidad en las ciudades, la urbe se muestra especialmente hostil para las vecinas. También ruidosa, contaminada, y con un espacio público secuestrado por la iniciativa privada

 

Para lograr ciudades pacificadas, más humanas, para alcanzar la prioridad peatonal yo equilibraría el uso del espacio público con políticas que mitiguen el protagonismo del tráfico de vehículos particulares. Eso es lo que haría primero por nuestras calles y barrios. 

 

S.- Defiendes la necesidad de reverdecer el paisaje urbano y recuperar espacios públicos más amables. Pero plantar árboles, crear sombra o ampliar aceras también exige decisiones políticas y prioridades presupuestarias. ¿Podemos medir la calidad de una ciudad por la facilidad con la que sus habitantes pueden caminar por ella sin sufrir el calor, el ruido o la contaminación?

Sí, de hecho desde diferentes organizaciones internacionales ecologistas se plantea, en los últimos años, la regla empírica 3-30-300, para el diseño y gestión del bosque urbano y la ecologización de la ciudad. Esto es: que todas las personas puedan ver al menos tres árboles desde su ventana, vivir en un barrio con al menos un 30 % de cobertura vegetal y no estar a más de 300 metros de espacios verdes urbanos de gran calidad. 

 

Como se ha podido constatar en los últimos años, las ciudades con más espacios verdes tienen menor probabilidad de muertes por calor extremo: en concreto, un aumento del 20% en los espacios verdes podría reducir el riesgo de mortalidad relacionada con el aumento de las temperaturas en un 9%.

 

S.- En tu libro el paseo se cruza con la literatura, el pensamiento y las artes plásticas. Hay artistas que han convertido sus propios desplazamientos en obras y escritores que han encontrado andando algunas de sus mejores ideas. ¿Qué sucede durante un paseo para que la experiencia cotidiana pueda convertirse en creación? ¿Se puede considerar el caminar una forma de mirar artísticamente el mundo?

Caminar no deja de ser trazar, delinear, dibujar a gran escala el mundo. Así que sí, caminar puede implicar en muchas ocasiones mirar estéticamente lo que nos rodea. Y muchos artistas han caminado: no solo por una necesidad física de estímulos o para desahogarse, sino también como parte o resultado de su propio proceso creativo.

 

S.- En el libro aparece la huella afectiva de tu abuelo Román y ese aprendizaje de mirar y nombrar las cosas durante el camino. ¿Cuánto de nuestra manera de observar el mundo procede de las personas que nos enseñaron a caminar? Y ahora que eres tú quien escribe sobre los paseos, ¿sientes que de alguna manera continúas aquellas conversaciones?

En general, yo sí creo que la curiosidad se aprende, o al menos, se guía y se cultiva. Que nuestra historia como individuos es la historia de innumerables caminatas bípedas guiadas por la curiosidad perpetua. Y esa curiosidad perenne nos lleva a hacernos preguntas, a aprender a mirar, a seguir ciertos caminos y abandonar otros. A mí me gusta pensar que este ensayo breve ha generado cierta curiosidad por las actividades sencillas, humildes, gratuitas que están a nuestro alcance, y por emprender alguna que otra caminata en soledad o en la mejor compañía. Eso estaría muy bien. 

 

S.- Tu proyecto Campo Visual -corrígeme si me equivoco- nació de la observación de los paseos y acabó dando lugar al libro. Pero escribir requiere ordenar, seleccionar y convertir la experiencia en palabras, mientras que caminar sin rumbo parece consistir precisamente en dejarse llevar. ¿Cómo se escribe sobre algo cuyo encanto reside, en buena medida, en que no tenga un propósito? ¿Hay paseos que prefieres no convertir nunca en literatura?

Bueno, yo también comencé a escribir sin propósito alguno, no creas. Solo por la necesidad de ordenar algunas medio certezas y de explicarme a mí misma. Luego ya vino cierta necesidad de investigar y contar sobre la magia que yo sí siento que tiene lugar cuando paseas, en el camino. Hay paseos pequeñitos, rituales que igual solo tienen valor personal para mí. Eso sí es verdad. 

 

S.- Imagina que mañana desaparecen los teléfonos móviles, los relojes inteligentes, los mapas digitales y todas las aplicaciones que nos ayudan a organizar el tiempo. Solo tienes una tarde libre y puedes salir por la puerta sin dar explicaciones a nadie. ¿Hacia dónde caminaría Adriana Herreros? ¿Qué buscaría, qué evitaría y qué tendría que suceder para regresar a casa pensando que ha sido una tarde perfecta?

Tengo la suerte de tener un parque grande cerca de casa que acostumbro a recorrer a diario. Yo camino sin mapas, sin apps, perdiéndome algunas veces, o siguiendo casi siempre la senda más larga pero más frondosa. 

 

Mi paseo ideal sería siempre el paseo diario. Porque eso significa que cuento con el privilegio del tiempo para dedicarlo a vagar a mi antojo. Soy consciente de que el tiempo y la salud, como te decía antes, son imprescindibles en cada caminata. Son una suerte y un privilegio. 

 

Si te refieres más a mi paseo perfecto siempre es el garbeo ensimismado junto a la ribera de algún río, como a la vera de nuestro parque del Ebro. Soy muy de río, de pasear entre sauces, entre chopos, siguiendo los caminos del agua.

 

*Fotografía cedida por Adriana Herreros.



Autor: Javier Muro

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