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{ENTREVISTAS}

'Conocernos intelectualmente no significa haber resuelto nuestras heridas'

Patricia Santos Peters es ESCRITORA, HISTORIADORA Y FOTOGRAFA

Escritora, historiadora y dramaturga, Patricia Santos Peters nació en Barcelona en 1987 y vive actualmente en el Pallars Sobirà, en el corazón de los Pirineos catalanes. Su trayectoria creativa transita entre la literatura, el teatro y la fotografía, con un interés constante por la memoria, el folclore y las contradicciones de la condición humana. En 2025 publicó 'La Magia de las Alturas: Cuentos de los Pirineos', una obra inspirada en las leyendas y el imaginario de estas montañas. En 2026 ha recibido el primer premio de relato breve en Alins y un accésit en el Concurso de Cuentos Gabriel Aresti de Bilbao por 'Las hijas del viento'. Actualmente trabaja en su novela 'Rius Albus' y en nuevos proyectos teatrales y ensayísticos. Para Patricia, escribir es mucho más que contar historias, es una manera de explorar el mundo, enfrentarse a sus sombras y tratar de comprender aquello que nos hace humanos./Javi Muro

SPOONFUL.- Patricia, escribes sobre los sentimientos humanos, investigas las historias de brujas de los Pirineos y encuentras en la fotografía otra manera de mirar el mundo. Son universos aparentemente distintos, pero quizá todos tengan algo en común. El deseo de mirar más allá de lo evidente. ¿Qué buscas cuando escribes, fotografías o investigas una historia? ¿Comprender el mundo o comprenderte un poco mejor a ti misma?

Ambas cosas están profundamente relacionadas. Desde pequeña he tenido la necesidad de cuestionar aquello que me rodea. Nunca me ha bastado con aceptar las cosas tal como se presentan. Siempre he sentido curiosidad por lo que permanece oculto, por aquello que no se dice, por las contradicciones del ser humano y por las historias que el tiempo ha ido sepultando. Cuando escribo, intento comprender la complejidad de nuestra naturaleza. Me interesa especialmente aquello que nos hace vulnerables: el miedo, el amor, la soledad, las heridas que arrastramos y nuestra manera, a veces tan absurda, de relacionarnos. No escribo porque tenga respuestas, más bien porque tengo demasiadas preguntas. Y algunas de ellas me incomodan. 

 

Con la fotografía me sucede algo parecido. Me permite detenerme ante aquello que normalmente pasa inadvertido. Una mirada, una ausencia, la luz que atraviesa un paisaje... Hay cosas que no necesitan palabras para contar una historia. Y cuando investigo sobre las mujeres acusadas de brujería en los Pirineos, no busco únicamente reconstruir unos acontecimientos históricos. Me interesa comprender qué llevó a una sociedad a convertir el miedo y la ignorancia en persecución.

 

Como historiadora, me fascina descubrir cuánto de aquel pensamiento continúa presente en nuestra manera de juzgar lo diferente. Supongo que, en el fondo, todas estas disciplinas nacen de una misma inquietud, intentar comprender qué significa ser humano. Y sería absurdo negar que, mientras investigo, fotografío o escribo sobre los demás, también estoy intentando descifrarme a mí misma. Aunque debo reconocer que, cuanto más aprendo sobre el mundo, más preguntas tengo. Quizá sea precisamente eso lo que me mantiene escribiendo.

 

S. Te defines como escritora de novela y poesía sobre los sentimientos humanos. ¿En qué momento descubriste que la escritura era una forma de explorar aquello que a veces resulta difícil explicar con palabras, de viva voz?

Ante todo, me considero escritora. No me gusta limitarme a un género literario concreto, porque la novela, la poesía, el ensayo o el relato son distintas formas de expresar aquello que necesito contar. Para mí, escribir es tan necesario como respirar. No concibo mi existencia sin la escritura, porque forma parte de mi manera de vivir, de observar y de comprender el mundo. 

 

Empecé a escribir alrededor de los diez años. Durante mi infancia me costaba relacionarme con mis compañeros de escuela. Tenía la sensación de percibir el mundo de una manera distinta, como si hubiera aspectos de la vida que a los demás les resultaban naturales y que yo necesitaba cuestionar. Me hacía muchas preguntas sobre el comportamiento humano, sobre las relaciones entre las personas y sobre determinadas cosas que considerábamos normales simplemente porque siempre habían sido así. No era una cuestión de sentirme mejor ni peor que los demás, sencillamente me costaba encontrar mi lugar.

 

La lectura fue una gran compañera durante aquellos años. Los libros y los cómics me permitían descubrir otros universos, otras maneras de pensar y de interpretar la existencia. Y poco a poco empecé a escribir mis propios cuentos y reflexiones. Creo que encontré en la escritura un espacio donde podía expresarme sin necesidad de encajar en aquello que se esperaba de mí. 

 

Con los años he comprendido que existen sentimientos para los que el lenguaje cotidiano se queda pequeño. Podemos decir que tenemos miedo, que amamos o que sufrimos, pero ¿qué significa realmente experimentar todo eso? ¿Por qué a veces hacemos daño precisamente a quienes queremos? ¿Por qué nos cuesta tanto comprendernos unos a otros?

 

Son cuestiones que me interesan profundamente y que intento explorar a través de mis textos. Tampoco considero que escribir sea únicamente una forma de desahogo emocional. Para mí implica observar, investigar, cuestionar y tratar de comprender al ser humano con todas sus contradicciones. Me interesa tanto aquello que sentimos como lo que hacemos con esos sentimientos. Y hay algo que me resulta curioso, muchas de las preguntas que me hacía cuando era niña siguen acompañándome. Quizá no he cambiado tanto en ese sentido. Sigo observando el mundo con la misma curiosidad, aunque ahora dispongo de más herramientas para interpretarlo. Supongo que escribir también consiste en eso, en aceptar que no siempre encontraremos respuestas, pero que merece la pena seguir haciéndonos preguntas.

 

S. ¿Qué te interesa más como escritora?

Lo que más me interesa es explorar la complejidad del ser humano, sus contradicciones, sus miedos y aquello que muchas veces callamos. Me fascina comprender por qué sentimos lo que sentimos y por qué actuamos de determinadas maneras. También me interesa rescatar historias olvidadas, cuestionar lo que damos por sentado y explorar esa frontera tan difusa entre la realidad y lo que creemos conocer. No escribo para ofrecer respuestas, sino para despertar preguntas, incluso aquellas que pueden resultar incómodas.

 

S. La literatura lleva siglos intentando explicar el amor, el desamor, la soledad o el miedo a perder a alguien. ¿Crees que seguimos sintiendo las mismas cosas que hace siglos o que también hemos cambiado nuestra manera de amar?

Creo que seguimos sintiendo lo mismo que hace siglos. El amor, el miedo al abandono, los celos, el deseo o la soledad forman parte de nuestra condición humana. Basta leer a Shakespeare, a Safo o a Dostoievski para reconocer emociones que continúan siendo nuestras. Lo que ha cambiado, a mi parecer, es nuestra manera de relacionarnos con ellas. Vivimos en una sociedad donde todo sucede con una rapidez extraordinaria, incluso los vínculos afectivos. Tenemos más facilidades que nunca para comunicarnos y, paradójicamente, parece que cada vez nos cuesta más hacerlo con sinceridad. Nos da miedo mostrarnos vulnerables, comprometernos o afrontar conversaciones incómodas. A veces resulta más sencillo desaparecer de la vida de alguien que explicarle lo que sentimos.

 

También creo que hemos confundido la libertad de elegir con la necesidad de tener siempre nuevas posibilidades. Y amar implica precisamente aceptar que el otro es un ser humano, no una figura idealizada que debe satisfacer todas nuestras expectativas. No pienso que antes se amara mejor. La historia está llena de relaciones condicionadas por las convenciones sociales, la desigualdad y la falta de libertad, especialmente para las mujeres. Hemos avanzado mucho en ese sentido, aunque todavía nos queda aprender a relacionarnos desde una mayor responsabilidad emocional.

 

Quizá el amor no haya cambiado tanto. Seguimos deseando que alguien nos comprenda, nos quiera y decida quedarse. Lo que me pregunto es si, entre tanta prisa y tantas posibilidades, estamos perdiendo la paciencia necesaria para conocernos de verdad.

 

S. ¿Escribes desde la experiencia personal, desde la observación de los demás o desde ese territorio intermedio en el que la imaginación termina revelando verdades que no sabíamos que conocíamos?

Escribo desde los tres lugares, porque me resulta difícil separarlos. Mis experiencias personales inevitablemente influyen en mi manera de interpretar el mundo, pero también soy una gran observadora de las personas. Me interesan sus gestos, sus silencios, las contradicciones entre lo que dicen y lo que realmente hacen. A veces una conversación aparentemente insignificante puede despertar en mí toda una historia. La imaginación entra precisamente ahí, cuando empiezo a preguntarme qué hay detrás de aquello que observo. Me gusta construir personajes que tengan sus propias contradicciones, incluso cuando sus decisiones me resultan difíciles de comprender. No necesito haber vivido una experiencia para intentar entenderla y escribir sobre ella.

 

También creo que la ficción nos permite acercarnos a ciertas verdades con una libertad que no siempre encontramos en la vida cotidiana. A veces inventamos una historia y acabamos descubriendo algo sobre nosotros mismos que ni siquiera sabíamos que llevábamos dentro. Esa es una de las cosas que más me fascinan de escribir: empezar con una idea y terminar en un lugar completamente inesperado.

S. En tus textos reflexionas sobre las personas que, cuando una relación empieza a profundizar, deciden alejarse. ¿Por qué crees que alguien puede desear intensamente el amor y, al mismo tiempo, sentir miedo cuando lo encuentra?

Amar implica exponernos, aceptar que otra persona puede conocernos en nuestra vulnerabilidad y que no tenemos ningún control absoluto sobre lo que sucederá. Y eso puede resultar aterrador para alguien que ha sufrido anteriormente.

 

Shakespeare, por quien siento una profunda admiración, comprendió extraordinariamente bien estas contradicciones. En Mucho ruido y pocas nueces, Beatriz y Benedicto esconden sus sentimientos detrás de la ironía y el orgullo. Me fascina cómo Shakespeare consigue mostrarnos que, en ocasiones, aquello que parece indiferencia es una forma de protegerse del amor.

 

Desde mi punto de vista, hay personas que desean enamorarse, pero confunden la posibilidad de volver a sufrir con la certeza de que volverán a hacerlo. Entonces levantan barreras, se alejan o incluso destruyen vínculos que podrían haber sido hermosos. Lo que más me interesa explorar en mis textos es precisamente esa contradicción. ¿Hasta qué punto nuestras heridas del pasado condicionan nuestra capacidad de amar en el presente? ¿Cuántas veces huimos de una persona cuando, en realidad, estamos huyendo de nuestros propios miedos?

 

Creo que el problema no es tener miedo a enamorarse. Todos podemos sentirlo. El problema aparece cuando convertimos ese miedo en una razón para herir a los demás.

 

S. ¿Qué nos lleva a repetir patrones amorosos que sabemos que nos hacen daño? ¿Buscamos inconscientemente algo conocido, aunque ese lugar conocido sea precisamente el que nos hace sufrir?

Creo que muchas veces confundimos lo familiar con lo seguro. Y es una contradicción terrible, porque aquello que conocemos no siempre es lo que nos hace bien. Podemos ser conscientes de que determinadas relaciones nos perjudican y, aun así, sentirnos atraídos por personas que reproducen las mismas dinámicas.

 

Freud abordó esta cuestión a través de lo que denominó compulsión de repetición. Me resulta fascinante pensar que, en ocasiones, volvemos inconscientemente a situaciones dolorosas como si intentáramos resolver algo que quedó pendiente en nuestro pasado. Aunque no creo que todas nuestras relaciones puedan explicarse únicamente desde el psicoanálisis, sí considero que nuestras experiencias afectivas condicionan profundamente nuestra manera de vincularnos.

 

También pienso que existe cierta tendencia a enamorarnos de lo que una persona podría llegar a ser, en lugar de aceptar lo que realmente es. Nos aferramos a una posibilidad, a una promesa, y terminamos justificando comportamientos que nos hacen daño. Yo misma me he cuestionado muchas veces por qué podemos comprender racionalmente una situación y, emocionalmente, actuar de una manera completamente distinta. Quizá porque conocernos intelectualmente no significa haber resuelto nuestras heridas.

 

Para mí, lo verdaderamente difícil no es identificar un patrón, sino atrevernos a romperlo. A veces estamos tan acostumbrados a luchar por el afecto que, cuando alguien nos ofrece tranquilidad, ni siquiera sabemos reconocerla como una forma de amor.

 

S. Hay una idea especialmente dolorosa en lo que planteas en algunos de tus textos. A veces, intentando comprender por qué alguien huye de nosotros, acabamos abandonándonos a nosotros mismos. ¿Cómo sucede ese desplazamiento? ¿En qué momento dejamos de preguntarnos qué necesitamos nosotros? 

Es un proceso tan gradual que apenas somos conscientes de ello. Cuando alguien que nos importa empieza a alejarse, nuestra primera reacción suele ser intentar comprender qué ha ocurrido. Repasamos conversaciones, buscamos señales, analizamos silencios y terminamos preguntándonos si hemos hecho algo mal. Poco a poco, toda nuestra atención se desplaza hacia esa persona y dejamos de escuchar lo que nosotros mismos estamos sintiendo. Lo más doloroso es que, en ese intento de comprender al otro, podemos llegar a justificar comportamientos que jamás aceptaríamos en otras circunstancias. Nos preocupamos tanto por sus miedos, sus heridas o sus dificultades emocionales que acabamos restando importancia a las nuestras. Y ahí es donde empieza el verdadero abandono.

 

Personalmente, considero que la empatía es una cualidad maravillosa, pero también necesita límites. Comprender que alguien tiene miedo a enamorarse no significa que debamos aceptar su indiferencia o su incapacidad para comunicarse. Hay una pregunta que me parece fundamental y que pocas veces nos hacemos cuando estamos emocionalmente implicados: ¿por qué estoy dedicando tanto esfuerzo a comprender a alguien que no está intentando comprenderme a mí?

 

Quizá empezamos a recuperarnos precisamente cuando dejamos de buscar explicaciones en quien se marcha y volvemos a preguntarnos cómo nos sentimos nosotros. Porque podemos querer mucho a una persona, pero ese amor nunca debería exigirnos renunciar a nosotros mismos.

 

S. Desde la psicología, la filosofía y la historia exploras estas contradicciones. ¿Qué te aporta cada disciplina? ¿Hay alguna idea, autor o corriente de pensamiento que haya cambiado tu manera de entender las relaciones afectivas?

Son tres disciplinas que me apasionan porque, aunque parten de perspectivas distintas, todas intentan comprender al ser humano. La historia me permite observar cómo hemos construido nuestras relaciones afectivas a lo largo de los siglos, cómo han influido la religión, la moral, las estructuras sociales y, especialmente, el papel que se ha impuesto a las mujeres. Como historiadora, me interesa cuestionar esa tendencia a pensar que nuestra manera actual de amar es universal, cuando en realidad está profundamente condicionada por el contexto histórico y cultural.

 

La psicología me ayuda a profundizar en aquello que no siempre somos capaces de explicar racionalmente: nuestros miedos, las heridas emocionales y las contradicciones entre lo que deseamos y lo que hacemos. Freud me interesa por sus reflexiones sobre el inconsciente y la compulsión de repetición. También Carl Gustav Jung, especialmente su concepto de la sombra, esa parte de nosotros mismos que nos cuesta reconocer y que puede influir en nuestras relaciones. Me fascina pensar hasta qué punto proyectamos en los demás aquello que todavía no hemos comprendido de nosotros mismos.

 

En filosofía siento una especial fascinación por Søren Kierkegaard. Su manera de abordar la angustia, la libertad y la responsabilidad de elegir me parece extraordinariamente vigente. A veces deseamos algo profundamente, pero cuando tenemos la posibilidad de alcanzarlo nos paraliza el miedo a las consecuencias de nuestra propia elección. También me interesan Simone de Beauvoir, por sus reflexiones sobre la libertad y la construcción de la identidad femenina, y Erich Fromm, especialmente 'El arte de amar', donde plantea que amar no consiste únicamente en sentir, sino también en aprender a hacerlo.

 

Si algo me han enseñado estas lecturas es que sentir amor no significa necesariamente saber amar. Podemos experimentar sentimientos muy intensos y, al mismo tiempo, ser incapaces de construir una relación sana. Y esa contradicción me parece profundamente humana.

 

No considero que ninguna de estas disciplinas tenga todas las respuestas. De hecho, desconfío bastante de quienes pretenden explicar el comportamiento humano mediante fórmulas universales. Cuanto más leo y estudio, más consciente soy de nuestra complejidad. Y quizá sea precisamente esa imposibilidad de comprendernos por completo lo que hace que nunca pierda el interés por seguir investigando y escribiendo.

 

S.- Vivimos en una época en la que abundan los discursos sobre el amor propio, los límites y la responsabilidad emocional. Sin embargo, parece que seguimos teniendo enormes dificultades para construir relaciones satisfactorias. ¿Estamos aprendiendo a querernos mejor o simplemente hemos encontrado nuevas palabras para explicar los mismos problemas? Demasiados profetas en las redes sociales.

Tengo la sensación de que vivimos rodeados de demasiados profetas en las redes sociales. Todo el mundo parece tener una teoría sobre cómo debemos amar, cuándo debemos marcharnos, qué comportamientos son tóxicos o cómo alcanzar una supuesta estabilidad emocional. Y me pregunto hasta qué punto estamos reflexionando realmente sobre estas cuestiones o simplemente repitiendo discursos que hemos leído en alguna publicación de Instagram. No quiero restar importancia al amor propio, a los límites o a la responsabilidad afectiva. Son conceptos necesarios y me parece positivo que podamos hablar abiertamente de ellos. Lo que me preocupa es la superficialidad con la que a veces los utilizamos. Hemos aprendido un vocabulario psicológico extraordinario, pero eso no significa que hayamos desarrollado una mayor capacidad para comprendernos.

 

Me resulta especialmente contradictorio que defendamos tanto la responsabilidad emocional mientras normalizamos desaparecer de la vida de alguien sin ofrecer una explicación. O que confundamos establecer límites con evitar cualquier situación que nos incomode. Las relaciones humanas requieren diálogo, paciencia y aceptar que no siempre tendremos la razón.

 

También observo cierta tendencia a convertir cualquier decepción amorosa en un diagnóstico sobre la otra persona. Parece que todos nuestros antiguos compañeros sentimentales son narcisistas, manipuladores o emocionalmente inaccesibles. Y aunque existen relaciones verdaderamente dañinas, deberíamos ser más prudentes antes de utilizar términos clínicos para explicar cualquier conflicto afectivo. Personalmente, prefiero las preguntas incómodas a las respuestas prefabricadas. Aprender a querernos también implica reconocer nuestras propias contradicciones, aceptar que podemos equivocarnos y asumir la responsabilidad de nuestros actos.

 

Quizá no nos falten tantos consejos sobre cómo amar. Quizá nos falte algo mucho más sencillo y, a la vez, mucho más difícil: aprender a escucharnos de verdad, sin necesitar que un desconocido en las redes sociales nos diga constantemente lo que debemos sentir.

 

S.- Investigas el folclore de las brujas en los Pirineos. ¿Qué te llevó hasta ese universo? ¿Qué encontraste en esas historias que te hizo querer seguir investigando?

Mi interés por la brujería nació durante la carrera de historia. Estudiábamos periodos y realidades muy distintas, pero cuando llegué a los procesos de brujería hubo algo que despertó especialmente mi curiosidad. Y cuando empecé a acercarme a lo ocurrido en los Pirineos, todavía más. Descubrí un campo inmenso en el que aún quedan historias por recuperar, documentos por estudiar y muchas preguntas que hacerse. Lo curioso es que, años después, ese interés académico terminó cruzándose con mi propia vida. Conocí los Pirineos durante unas vacaciones de verano y me enamoré del territorio. Cada vez que regresaba sentía una conexión más fuerte con el paisaje, con sus pueblos, sus bosques y también con toda la memoria que permanece en ellos. Hasta que decidí quedarme a vivir aquí.

 

Vivir en el Pallars me ha permitido mirar aquellas historias desde otro lugar. Ya no investigo un territorio lejano que aparece en un documento histórico: camino por los mismos pueblos, conozco los lugares y escucho relatos que todavía sobreviven en la memoria oral. Y cuanto más investigo, menos me interesa la imagen tópica de la bruja. Me interesan las personas que hubo detrás, especialmente las mujeres, quiénes eran, por qué fueron señaladas, qué miedos tenía aquella sociedad y qué mecanismos hicieron posible convertir a una vecina en una amenaza. La brujería me permite hablar del pasado, pero también de algo profundamente humano y todavía reconocible, nuestro miedo a aquello que no comprendemos.

S.- Las brujas forman parte de un imaginario en el que se mezclan el miedo, las creencias populares, la transmisión oral y la persecución de determinadas personas. ¿Qué nos cuentan esas historias sobre las sociedades que las construyeron y sobre aquello que cada época considera amenazante?

Las historias de brujería nos hablan mucho más de las sociedades que las construyeron que de las propias brujas. Como historiadora, me interesa comprender cómo una comunidad llega a convertir sus temores en una amenaza concreta y, especialmente, cómo termina señalando a determinadas personas como responsables de sus desgracias. En los Pirineos, las acusaciones de brujería estuvieron relacionadas con un universo de creencias populares, conflictos vecinales, enfermedades, malas cosechas y fenómenos naturales que no siempre encontraban una explicación. El miedo necesitaba un culpable y, con frecuencia, ese culpable tenía rostro de mujer. Aunque también hubo hombres acusados, las mujeres fueron las principales víctimas de aquellas persecuciones.

 

Precisamente, en algunos de mis ensayos publicados en Substack, como 'El demonio como amante' o 'El Boc de Biterna', profundizo en ese universo simbólico donde se entremezclan la religión, la sexualidad, el miedo y las creencias populares. Me fascina estudiar cómo se construyó la figura del demonio como seductor, cómo se interpretaba la relación entre las mujeres y lo diabólico, o cómo determinados lugares y figuras del folclore acabaron vinculándose al imaginario del aquelarre. 'El Boc de Biterna', por ejemplo, nos permite adentrarnos en una tradición particularmente interesante de la brujería catalana y pirenaica.

 

También me interesa cuestionar esa imagen romántica que actualmente tenemos de las brujas. No todas eran curanderas, mujeres sabias o figuras rebeldes que desafiaban conscientemente las normas sociales. Muchas fueron personas corrientes atrapadas en conflictos, sospechas y acusaciones que podían acabar destruyendo sus vidas. La realidad histórica es bastante más compleja que el mito. Y hay una cuestión que siempre me acompaña cuando investigo. ¿Hemos dejado realmente de perseguir aquello que nos resulta diferente? Evidentemente, las circunstancias han cambiado, pero seguimos construyendo prejuicios y señalando a quienes se apartan de lo que consideramos normal.

 

Quizá lo que más me inquieta de estas historias no es la creencia en la existencia de las brujas, sino la facilidad con la que una sociedad puede llegar a convencerse de que perseguir a otro ser humano está justificado.

 

S.- ¿Qué relación encuentras entre la figura de la bruja y la experiencia de las mujeres que se salen de lo esperado, que incomodan o que se niegan a ocupar el lugar que otros les han asignado?

Hay algo que siempre me ha resultado fascinante y, al mismo tiempo, profundamente injusto: la facilidad con la que una mujer puede pasar de ser admirada a ser cuestionada cuando deja de comportarse como los demás esperan. Durante siglos, la identidad femenina estuvo condicionada por lo que una mujer debía ser: esposa, madre, obediente, discreta y, preferiblemente, silenciosa. Me interesa especialmente cómo hemos construido culturalmente la imagen de la mujer incómoda. En la literatura y en el arte encontramos numerosos ejemplos de mujeres cuya inteligencia, sexualidad o independencia se presentan como una amenaza. Incluso la vejez adquiere significados distintos según el género. El hombre anciano suele representar al sabio; la mujer anciana, en cambio, ha sido convertida demasiadas veces en una figura siniestra. Y aquí es donde encuentro una conexión simbólica con la bruja. No porque todas las mujeres acusadas de brujería fueran inconformistas, algo que históricamente sería incorrecto afirmar, sino porque su figura ha terminado encarnando aquello que una sociedad teme de una feminidad que no puede controlar. 

 

Personalmente, me incomoda esa necesidad constante de clasificar a las mujeres. Si somos sensibles, somos débiles; si mostramos carácter, somos difíciles; si somos independientes, intimidamos; y si expresamos abiertamente nuestros deseos, todavía hay quien considera que estamos transgrediendo alguna norma invisible.

 

Afortunadamente, hemos conquistado libertades fundamentales, pero eso no significa que hayan desaparecido todas las expectativas que pesan sobre nosotras.

 

Quizá lo verdaderamente revolucionario no sea convertir a la bruja en un símbolo de poder, sino llegar a vivir en una sociedad donde ninguna mujer tenga que justificar constantemente su manera de ser, de pensar o de existir.

 

S.- En el folclore pirenaico conviven lo cotidiano y lo extraordinario, la naturaleza y lo sobrenatural. ¿Qué importancia tienen el paisaje, la memoria y la tradición oral en tu investigación? ¿Cómo distingues entre la documentación histórica y la imaginación que alimenta una leyenda?

Para mí, el paisaje pirenaico es mucho más que un escenario. Es una parte fundamental de la memoria de quienes han habitado estas montañas durante siglos. Los bosques, los ríos, las cuevas o los caminos conservan historias que han pasado de generación en generación y que forman parte de la identidad cultural del territorio. Desde que vivo en el Pallars Sobirà, mi relación con ese paisaje se ha vuelto mucho más íntima. Hay algo profundamente evocador en caminar por un lugar y pensar que, siglos atrás, alguien pudo contemplarlo con una interpretación completamente distinta de la nuestra.

 

La tradición oral me interesa especialmente porque permite acercarnos a la manera en que nuestros antepasados comprendían el mundo. Muchas leyendas nacieron de la necesidad de explicar fenómenos naturales, transmitir advertencias o dar sentido a aquello que resultaba desconocido. Pienso, por ejemplo, en las dones d'aigua, vinculadas a fuentes y espacios acuáticos, o en los simiots, criaturas que forman parte del imaginario de estas montañas. Son relatos que nos permiten descubrir cómo se relacionaban las comunidades con su entorno.

 

En mis investigaciones procuro distinguir entre la documentación y la leyenda. Un proceso judicial, un documento de archivo o cualquier testimonio escrito debe interpretarse teniendo en cuenta su contexto y sus posibles contradicciones. La tradición oral, en cambio, tiene sus propios mecanismos de transmisión y transformación. No podemos tratar una leyenda como si fuera una prueba de que determinados acontecimientos sucedieron realmente. Lo interesante es que ambas pueden dialogar. La documentación nos ayuda a reconstruir hechos y la tradición oral nos acerca a los temores, las creencias y la imaginación colectiva de una comunidad.

 

Y después está mi faceta de escritora, que me permite entrar en ese territorio donde la realidad y la ficción se encuentran. Me gusta imaginar qué pudo sentir una persona que atravesaba un bosque de noche cuando todavía se creía que determinadas criaturas habitaban entre los árboles. No necesito demostrar que aquellas criaturas existieron para encontrar valor en sus historias. Me interesa comprender por qué nuestros antepasados necesitaron imaginarlas y qué nos cuentan sobre su manera de vivir. Al fin y al cabo, las leyendas también son una forma de memoria, aunque no debamos confundirlas con la historia documentada.

 

S.- ¿Hay algún relato, personaje o historia de brujería pirenaica que te haya sorprendido especialmente por lo que revela sobre la condición humana? ¿Y alguno que te gustaría rescatar del olvido?

Hay un caso que me ha impresionado especialmente: el de Margarida Rogall, una mujer de Mont-ros, en la Vall Fosca, que fue ejecutada por brujería en el castillo de Sort. Su historia me lleva a pensar en algo que a menudo olvidamos cuando estudiamos estos procesos. Detrás de los nombres que aparecen en los documentos había personas que tenían una vida cotidiana, relaciones, preocupaciones y una historia propia antes de convertirse en acusadas.

 

Me inquieta especialmente pensar en el momento en que una persona deja de ser reconocida por quién es y pasa a ser definida únicamente por lo que otros dicen de ella. La fuerza de un rumor, una enemistad o una sospecha podía adquirir consecuencias terribles. Y eso revela una de las facetas más oscuras de nuestra condición humana: nuestra capacidad para convencernos de que una injusticia es necesaria cuando el miedo se convierte en una creencia compartida.

 

En cuanto a las historias que me gustaría rescatar, siento especial interés por aquellas mujeres de las que apenas conocemos nada más allá de su nombre y de las acusaciones que recibieron. Me gustaría saber cómo vivían, qué pensaban, qué relaciones tenían con sus vecinos o qué sueños pudieron tener. Muchas veces los documentos nos permiten conocer la persecución, pero apenas nos dejan escuchar la voz de quienes la sufrieron. Quizá por eso me interesa tanto investigar y escribir sobre ellas. No pretendo inventarles una vida y presentarla como una verdad histórica, pero sí recuperar su humanidad. Porque hay algo profundamente triste en que una mujer haya existido durante décadas y que, siglos después, lo único que conservemos de ella sea que alguien la llamó bruja.

 

S.- Dices que la fotografía forma parte de tu universo. ¿Qué puedes contar con una imagen que no conseguirías expresar con un poema o una novela?

La fotografía tiene algo que me conmueve especialmente: su capacidad para detener un instante que jamás volverá a repetirse. Cuando escribo, puedo construir una atmósfera, explorar los pensamientos de un personaje o detenerme durante páginas en una emoción. La fotografía, en cambio, me obliga a observar y a decidir qué merece permanecer dentro del encuadre.

 

Me interesa mucho lo que una imagen sugiere sin necesidad de explicarlo. Una mirada, unas manos envejecidas, una habitación vacía o la luz atravesando un paisaje pueden contener una historia entera. Y lo más interesante es que cada persona que contempla esa fotografía puede interpretarla de una manera distinta.

 

Recuerdo que durante mis estudios de fotografía realicé un proyecto sobre mi familia a través de los monumentos del parque de la Ciutadella de Barcelona. Aquella experiencia me hizo reflexionar sobre la memoria, las ausencias y nuestra manera de relacionarnos con los lugares. Comprendí que no siempre necesitamos retratar directamente a una persona para hablar de ella.

 

También desarrollé otro proyecto fotográfico, junto a una amiga que participó como modelo y en el que yo misma aparecía, inspirado en el accionismo vienés. Trabajamos con la pintura corporal y una línea negra que atravesaba y dividía el cuerpo, como representación simbólica de las heridas emocionales que arrastramos. Me interesaba explorar esa frontera entre lo visible y lo invisible, entre la piel que mostramos y aquello que permanece oculto en nuestro interior. No pretendía reproducir la violencia física de aquel movimiento artístico, sino utilizar su lenguaje visual para plantear una pregunta: ¿cómo podemos representar una herida que no se ve, pero que condiciona nuestra manera de vivir y relacionarnos?

 

La literatura me permite adentrarme en aquello que no vemos; la fotografía, en cambio, me invita a descubrir todo lo que puede esconderse en lo visible. No considero que una disciplina sea capaz de expresar más que la otra. Simplemente tienen lenguajes distintos.

 

Y hay algo que agradezco especialmente de la fotografía, me enseña a guardar silencio. Cuando escribo, las palabras no dejan de acompañarme. Cuando fotografío, puedo limitarme a mirar. Y a veces eso es suficiente.

S.- La fotografía captura un instante, mientras que la literatura puede reconstruir todo lo que ha sucedido antes y después. ¿Te interesa más lo que aparece en una imagen o lo que queda fuera del encuadre?

Me interesa especialmente aquello que queda fuera del encuadre. Una fotografía muestra un instante, pero también despierta preguntas sobre lo que no vemos. ¿Qué sucedió antes? ¿Qué siente realmente esa persona? ¿Qué historia se esconde detrás de una mirada o de una ausencia? Me gusta pensar que una imagen nunca termina en sus propios límites. Como escritora, tiendo a imaginar las historias que permanecen ocultas; como fotógrafa, disfruto dejando que sea quien observa quien las descubra. A veces, lo que una imagen calla tiene más fuerza que aquello que muestra.


S.- ¿Hay una mirada común entre tus fotografías y tus textos? ¿Buscas en ambos lenguajes las mismas emociones, los mismos silencios o las mismas contradicciones?

Sí, hay una mirada común, aunque no siempre busque conscientemente las mismas emociones. Tanto cuando escribo como cuando fotografío me interesa aquello que suele pasar inadvertido: los pequeños gestos, las ausencias, la fragilidad humana y las contradicciones que forman parte de nuestra existencia.

 

Roland Barthes, en 'La cámara lúcida', habla del punctum, ese detalle de una fotografía que nos conmueve de una manera profundamente personal, casi como una herida. Es una idea con la que me identifico mucho. A veces una imagen aparentemente sencilla puede despertarnos un recuerdo o una emoción que ni siquiera sabíamos que conservábamos.

 

Con la literatura me sucede algo parecido. No siempre son los grandes acontecimientos los que más me interesan, sino esos momentos cotidianos que revelan algo esencial de una persona. Un silencio durante una conversación, una despedida que parecía insignificante o una mirada que no sabemos interpretar.

 

Quizá lo que une ambas disciplinas es mi interés por aquello que sentimos, pero que no siempre somos capaces de expresar. Me gusta dejar espacio para que el lector o el espectador encuentre también una parte de su propia historia.

 

S.- Has elegido Substack como espacio para compartir tu universo creativo. ¿Qué te permite esta plataforma que no encuentras en otros espacios digitales? ¿Buscas lectores, conversación, comunidad o un lugar donde escribir sin las exigencias de otros formatos? 

Lo que más valoro de Substack es la libertad que me ofrece para escribir sin las exigencias de otros formatos digitales. En las redes sociales parece que todo tiene que ser inmediato, breve y capaz de captar la atención en cuestión de segundos. Yo necesito justamente lo contrario: tiempo, espacio y la posibilidad de desarrollar una idea sin preocuparme constantemente por su extensión. Además, encuentro que Substack tiene un formato mucho más elegante, cercano a una revista literaria, donde puedo combinar mis ensayos, reflexiones, investigaciones históricas y fotografías. Me permite explayarme, profundizar en los temas que me interesan y compartir mi universo creativo sin tener que adaptarlo a las exigencias de un algoritmo.

 

También valoro mucho el intercambio con los lectores. Me gusta que alguien termine de leer un texto y sienta la necesidad de reflexionar, cuestionarlo o compartir su propia experiencia. Para mí, la literatura también es una forma de conversación.

 

Y, por supuesto, ¡también espero que me descubran muchos más lectores! -se ríe- No voy a hacerme la misteriosa diciendo que escribo únicamente para mí. Me encanta escribir, pero también me hace ilusión saber que mis palabras pueden llegar a personas que ni siquiera conozco. Al fin y al cabo, ¿qué escritora no desea que la lean?

 

S.- En las redes sociales mostramos continuamente fragmentos de nuestra vida, pero eso no significa necesariamente que nos conozcamos mejor. ¿Crees que hemos confundido la exposición de los sentimientos con la capacidad de comprenderlos?

Sí, y me parece una de las grandes contradicciones de nuestra época. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de mostrar lo que sentimos y, aun así, eso no significa que sepamos comprenderlo. A veces confundimos expresar una emoción con haber reflexionado sobre ella. Publicamos una frase sobre el amor, la soledad o una decepción sentimental y parece que, por el simple hecho de compartirla, ya hemos entendido lo que nos sucede.

 

Yo misma reconozco que comparto bastante contenido en mis historias de Instagram. No voy a negar algo que hago habitualmente -se ríe.  Pero intento utilizar ese espacio como una prolongación de mi universo personal y creativo. Comparto lo que escribo, lo que leo, la música que escucho, mis fotografías y también pensamientos o cuestiones que me inquietan. Me gusta que quienes me siguen puedan conocer un poco más mi manera de interpretar el mundo, aunque soy consciente de que lo que mostramos en las redes siempre es una parte de nosotros, nunca nuestra totalidad.

 

También me preocupa esa necesidad de convertir cualquier experiencia íntima en contenido. Hay emociones que necesitan tiempo, silencio e incluso cierta distancia para poder comprenderlas. No todo lo que sentimos tiene que ser compartido inmediatamente.

 

Para mí, la diferencia está en la intención. Una cosa es utilizar las redes como un espacio de expresión y conversación, y otra muy distinta es buscar constantemente una validación externa de lo que somos o sentimos.

 

Al final, podemos conocer los gustos musicales, las lecturas o los pensamientos de una persona a través de sus publicaciones y seguir sin saber prácticamente nada de ella. Porque conocer a alguien requiere algo que ninguna pantalla puede sustituir por completo: tiempo, atención y una verdadera disposición a escuchar.


S.- ¿Qué has aprendido sobre el amor escribiendo sobre él? ¿Hay alguna certeza que tenías y que la escritura te haya obligado a cuestionar?

Escribir sobre el amor me ha obligado a enfrentarme a mis propias contradicciones. Durante mucho tiempo pensé que amar profundamente significaba comprenderlo todo, tener paciencia, permanecer incluso cuando algo empezaba a doler. Creía que, si conseguía entender las heridas de la otra persona, sus miedos y sus silencios, quizá encontraría una explicación a determinados comportamientos. Con los años, y después de algunas experiencias que me han marcado profundamente, he tenido que cuestionar esa idea.

 

He aprendido que podemos amar sinceramente a alguien y, aun así, tener que alejarnos. Que comprender el sufrimiento de una persona no nos obliga a aceptar el daño que pueda causarnos. Y que hay relaciones en las que dedicamos tanto esfuerzo a intentar salvar al otro que terminamos olvidándonos de nosotros mismos. Reconocerlo no ha sido sencillo, especialmente porque siempre he sentido una gran necesidad de comprender el comportamiento humano.

 

También he descubierto que la intensidad no siempre es sinónimo de amor. A veces confundimos la incertidumbre con la pasión, la espera con la esperanza y el sufrimiento con la profundidad de nuestros sentimientos. Yo misma he tenido que preguntarme por qué determinadas ausencias podían ocupar tanto espacio en mi vida y por qué me resultaba más fácil comprender los miedos ajenos que escuchar los míos.

 

La escritura me ha permitido observar todo eso con cierta distancia. No porque haya dejado de sentir, sino porque he aprendido a hacerme preguntas que antes evitaba. Y hay algo que todavía me cuesta reconocer: después de determinadas experiencias, enamorarse puede dar miedo. A mí también me lo da. Sería absurdo escribir sobre la vulnerabilidad humana y fingir que estoy por encima de ella.

 

A pesar de todo, no he perdido la capacidad de ilusionarme ni la confianza en que puedan existir relaciones construidas desde el respeto, la complicidad y la libertad. Lo que ha cambiado es mi manera de entenderlas. Ya no me interesa un amor que necesite grandes promesas para demostrar su existencia. Prefiero la coherencia de los pequeños gestos, las conversaciones incómodas que alguien decide afrontar y la tranquilidad de poder ser una misma sin sentir que eso va a provocar una huida.

 

Y quizá esa sea la mayor certeza que he encontrado escribiendo sobre el amor: no tengo todas las respuestas, ni pretendo tenerlas. Sigo siendo aquella niña que intentaba comprender un mundo que a menudo le resultaba extraño. Solo que ahora sé que no necesito descifrar cada silencio ni encontrar una explicación para cada despedida. He pasado muchos años intentando comprender por qué algunas personas se marchan. Hoy me interesa mucho más comprender por qué, en ocasiones, estaba dispuesta a abandonarme a mí misma para conseguir que se quedaran. Porque al final, la historia de amor más importante que me queda por escribir no es la de alguien que decide quedarse conmigo, sino la de una mujer que ha aprendido a no marcharse nunca más de sí misma.

 

 

 



Autor: Javier Muro

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